España sabe mucho del terrorismo islámico. Eso dicen nuestros políticos. Tienen razón. Ya lo creo que tienen razón. Les sobra. Basta fijarse en los siglos de guerra de España contra el islam para saber de qué hablamos. Cervantes perdió un brazo luchando contra el islam y estuvo preso una temporada larga en Argel. Sí, sí, nuestro héroe nacional, el más importante novelista de todos los tiempos, también combatió al islam, pero ahora, de la noche a la mañana, algunos tienen las recetas perfectas para acabar con este terrible monstruo. Lamentable es el espectáculo que están dando estos listillos. Es menester recordar obviedades para que nadie se pase de listo en estas horas trágicas. Vale la pena escuchar a los que saben de lucha contra el terrorismo antes de decir sandeces. Es conveniente saber guardar silencio ante la fuerza terrorífica del Mal.
No se defiende bien, dicen algunos listos en sus periódicos, nuestra civilización occidental. Ellos tienen la solución al por mayor y al detalle: guerra al islam. Elemental. Sencillo. Fácil. En eso estamos, ¿o es que se creen estos gritones que el ministro del Interior belga no sabe que estamos en guerra? Bobos. Todos en Europa, salvo cuatro descerebrados comunistas españoles, sabemos que nos enfrentamos a uno de los monstruos más horrorosos de la historia. Nadie inteligente se engaña: estamos en guerra. El problema es cómo la podemos ganar. Saquen esos listos sus planes escritos en un par de folios y dénselos a los primeros ministros de Europa. Díganles, por favor, cómo terminar con el Estado Islámico que es, hoy por hoy, el único Estado del mundo que obtiene beneficios cuantiosos al cabo del año. Díganles, señores listillos, a la policía belga cómo acabar integrando en Europa a la tercera parte de su población que es musulmana. Díganle, amigos sabios, a nuestros dirigentes políticos cómo poner de acuerdo a dos líneas del islam que se están matando desde que nació esta religión. Díganles, en fin, cómo acabar con gente que se suicida por matarnos. Díganles… O mejor: cállense. Bocazas.
Estamos ante el Mal absoluto. Podemos criticar, en efecto, que no se defiende bien a nuestra civilización. Podemos objetar cien cosas a quienes tienen la obligación de defendernos. Podemos quejarnos, sí; pero, por Dios bendito, no pretendan decir cosas originales. Nadie sabe cómo podemos salir de este infierno. La gente está asustada y quien diga lo contrario, es imbécil. El problema es muy serio y no vale la crítica fácil. Nuestro enemigo nada tiene que ver con Occidente. He ahí el gran problema. No queda otra que aguantar frente al Mal. Silencio. No podemos hacer otra cosa. No es poco que todas las fuerzas políticas estén unidas contra el terrorismo, ni siquiera merece la pena nombrar a quienes no han firmado el pacto antiterrorista. Mientras tanto, habrá que replantearse el control de fronteras y darle más medios a quienes luchan directamente contra el terrorismo.