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TRIBUNA

La juez Mercedes Alaya

Juan José Vijuesca
miércoles 23 de marzo de 2016, 20:04h

Sabido es que en todos los sitios cuecen habas, lo que sucede es que en este país, además, las cultivamos; por eso nada puede extrañarnos cuan infieles somos con nuestros mejores activos. Costumbre ésta que atesoramos por genética pura y que aplicamos una y otra vez sobre quienes nos hacen enamorarnos de ellos gracias a sus propios ejemplos ante la vida; lo que viene después es lo de casi siempre, la nada o el más absoluto e ingrato de los olvidos.

Doña Mercedes Alaya, a la sazón, la juez Alaya es uno de esos casos a tener en cuenta para la orfandad de valores éticos de muchos. Somos muy de resetear la memoria y así nos va. Como saben, ella instruyó durante años la causa sobre los ERE fraudulentos en Andalucía en un alarde de profesionalidad, que bien podría servir como referente dentro del colectivo judicial; sin embargo, por ser valerosa e independiente, y para muchos, además, ha resultado molesta porque veían en ella un oprobio que, como magistrada, incluso fuera glamurosa y con buen estilo, pues eso, al final lapidada por unos y estigmatizada por otros. Recibió exacerbadas críticas, dicho en tono suave, pues desde que ella empezara con la causa de los ERE, allá por el 2011, el acoso y derribo no paró a medida que avanzaba en sus investigaciones.

En lo personal ha recibido hasta la censura de otras féminas que la tildaban de top model y poco menos de exhibicionista. Frases de envidiosas alcahuetas que tuvieron refrendo en medios tan rigurosos en información, que más bien parecían glosas de la prensa del colorín. Estaba claro que, desde un principio, la sinuosa maniobra de desgaste formaba parte de una estrategia para dinamitar la íntegra labor de la juez Alaya sin importar de donde vinieran los ataques.

La magistrada acaba de manifestar “que lamenta el hecho de que en este país se haya consentidodurante tanto tiempo que la corrupción política exista, y además con el conocimiento casi notorio por parte de mucha gente” Razones no le faltan. Y luego viene la segunda: “El problema es que se averigüen los indicios del delito demasiado tarde o que se remonten a años ha, de manera que algo acaecido en 2001 se empiece a investigar en 2011” Un serio problema, sin duda.

Y ahora uno se pregunta cuánto tiempo llevaremos conviviendo con la corrupción en este país; más que nada por aquello de intentar creernos todo lo que nos cuentan los gestores de turno; porque entre las causas prescritas, las silenciadas, las que de la mitad la cuarta parte y del resto los que luego se lo reparten, pues por eso y por otras múltiples razones, no cabe otra que apoyar a Doña Mercedes Alaya y sentirnos orgullosos de ella, allá a donde vaya con su independencia, con su valor neutro de justicia y con su envidiable arrojo.

Por eso resulta triste que en este país, cuando alguien hace un trabajo ordenado, pulcro y orientado a enchironar a los allanadores de lo ajeno, nada hagamos al respecto, salvo pasar página y conciliar en olvidos con la misma facilidad que la de acostumbrarnos a convivir con los asaltadores de caminos que vacían las arcas del reino haciendo y deshaciendo a su antojo con la aquiescencia de los que se nutren de la impunidad recíproca.

En este país, tan rico en matices como necesitado en educación general básica. Tan rico en envidias, como escaso en humildad, pues eso, que tenemos lo que nos merecemos. Somos capaces de sacar a hombros al ganador o ganadora de cualquier reality, pero a la vez olvidarnos de quien nos protege con denuedo por el simple hecho de aplicar la justicia que tanto demandamos. Yo al menos me quedo con la diosa Temis, la deidad de la justicia encarnada del orden divino, del derecho y las buenas costumbres, representada llevando una balanza y una espada, con los ojos vendados, pero con su iconografía moderna portando un modelo de alta costura sobre percha justiciera y con el garbo de Doña Mercedes, aunque hoy sea objeto de envidias y fetichismos políticos por ser una mujer valiente que lejos de parecer juez, resulta que también lo es.

En fin, ya lo dijo Don Miguel de Cervantes: ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes!

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