TIRO CON ARCO
Los fantasmas de Europa
domingo 27 de marzo de 2016, 20:11h
Actualizado el: 27 de marzo de 2016, 20:54h
En los tiempos del ‘boom’ inmobiliario, algunas voces del sector hipotecario esgrimían factores sociológicos para explicar el porqué de tantas moles de hormigón y de granito en el extrarradio de las ciudades. Los hogares cada vez se componen de menos miembros, decían. Aumentan las viviendas unipersonales, leemos, de vez en cuando. Se necesitan más casas para esta solitaria población.
Según calculaba el Instituto Nacional de Estadística en su última encuesta, con fecha de 2015, uno de cada cuatro hogares en España están habitados por una sola persona. Más de la mitad de las viviendas tienen dos o menos inquilinos. En buena medida, es un signo común de las sociedades avanzadas, ya que en países como Alemania, Francia o Reino Unido, el porcentaje de viviendas unipersonales es todavía mayor.
Un estudio de la Fundación de las Cajas de Ahorro de 2014 mostraba que, de 2003 a 2012, el número de matrimonios había bajado un 30% en España. Además, en ese tiempo, la edad media para contraer matrimonio había subido dos años y medio, hasta los 33 años en los varones y los 31 años en las mujeres.
Todo ello en un contexto de envejecimiento y descenso de la población. A partir de 2015 se habría cruzado una frontera demográfica, que marca una tendencia fúnebre, con mayor número de muertes que de nacimientos, y que según los estadísticos se prolongará durante los próximos cincuenta años, en los que España perderá 5,6 millones de habitantes.
En la Unión Europea, el reto demográfico no es menor: en el próximo medio siglo se reducirá ligeramente la población y, sobre todo, envejecerá. Este cambio en la demografía puede ocasionar profundos trastornos sociales y consecuencias en la protección social, la vivienda y el trabajo.
Cuando leo noticias sobre la evolución demográfica en Europa siempre pienso en las últimas novelas del escritor francés Michel Houellebecq, que dibujan al Viejo Continente envejecido, desindustrializado, aislado y nihilista; carente de vigor, e incapaz de alumbrar nuevas ideas que vertebren la sociedad. Crepuscular y, también, violento.
Este domingo, una panda de energúmenos, autoproclamados ‘hooligans’ de Bélgica, han irrumpido con consignas fascistas en una concentración por las víctimas de los atentados de Bruselas. Europa, que se enfrenta a la amenaza de un grupo terrorista autoproclamado Estado Islámico, vive también atenazada por su propia debilidad y sus propios fantasmas. Las últimas elecciones han mostrado avances de la ultraderecha, del zarpazo, de la solución fácil y la brocha gorda. Mientras los refugiados de la guerra de Siria llaman a las puertas, los signos de agotamiento del modelo de Estado del Bienestar han alentado el racismo, el chovinismo y el nacionalismo. Habrá que estar alerta.