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TRIBUNA

A 40 años del golpe en Argentina

jueves 31 de marzo de 2016, 20:46h

El pasado Jueves Santo se conmemoró el cuadragésimo aniversario del terrible golpe de Estado verificado en Argentina, aquel 24 de marzo de 1976, que fuera un parteaguas en su etapa contemporánea y el episodio más negro de su historia nacional.

La contundencia de la imagen difundida desde la vera rioplatense, que muestra las céntricas calles que convergen en la Plaza de Mayo de Buenos Aires, abarrotadas de los ciudadanos que se manifestaron de forma contundente, inobjetable, en esa jornada especial realizada para marcar aquellos sucesos del ‘76, nos provocan y nos conmueven al ver el éxito de la llamada Marcha por el Día de la Memoria.

Atestiguamos cómo han salido a manifestarse un millón de argentinos de todas las edades, expresando su decidido rechazo, su rotundo repudio a esa etapa sosteniendo dignamente un “nunca más”, haciendo una visible reivindicación por quienes lucharon y por los desaparecidos, por los caídos, por los exiliados (tantos a México brincado las bardas de su embajada en la capital argentina, detonadores de los llamados argenmex) y señalando si acaso, a los impunes, todo lo cual suma una lección de civismo y de compromiso tales, que nos recuerda que en Iberoamérica hay conciencia, hay coraje de avanzar y que ya no está para permitir semejantes aspavientos, desfiguros, lacras, sonido de sables y golpismos como antaño, que nos han costado carísimos, desde una guerra civil española hasta gorilatos encarnados en dictaduras de todo pelo (las ya idas y las que se resisten). No podíamos dejar de referirnos a esta efemérides tan sentida y aleccionadora.

Desde luego que la colorida concentración efectuada el pasado 24 de marzo, casi veraniega, en los primeros días del otoño austral, contrasta no solo con aquellas fotos lúgubres y macabras a blanco y negro del ‘76, sino con el ánimo de los argentinos, esta vez movilizados. Ello abona en pro de ver ¡por fin! una ciudadanía consciente y capaz de mirarse al pasado. Loable en toda regla. Y sí, es verdad: lamentable resulta la tibieza del presidente Macri en esos momentos reivindicativos. Enviar un mensaje alusivo por las redes sociales no es sinónimo de cercanía. Es salir al paso y nada más. Se lo han reprochado con razón.

Su origen democrático debió colocarlo abierta y visiblemente del lado de los demócratas. La agenda con Obama no debió de ser el pretexto para ausentarse. Y con no acudir a la concentración, Macri no solo perdió la ingente oportunidad de manifestarse en un acto político, sino ante todo en un acto cívico tal como un ciudadano solidario, codo con codo, con su gente en las calles reivindicando la libertad y la tolerancia, por lo que no habría sobrado un gesto claro en pro.

Ante los escalofriantes datos que arroja aquel oscuro capítulo: la sangre fría, la calaña de los perpetradores del golpe, todo nos recuerda que en aquella ocasión como en otras anteriores y posteriores, autoproclamados salvadores de la Patria mancillaron la dignidad y la libertad de un país. ¡Cuán caras nos salen en Iberoamérica, semejantes cucarachas! Sean de izquierda, centro o derecha. De ambos lados del Charco. Para luego echarlos cuesta Dios y ayuda. Rara vez dejan el país mejor que como lo encontraron. Y aun si fuera el caso, a un costo brutal tan elevado, que resulta injusto y criminal. Como dijo en México una funcionaria bonaerense invitada en 2003 o 2004 a una feria del libro: “llegan (dicen) a refundar el país y terminan refundiéndolo…confunden los verbos”. Pues eso.

Nuevamente invité a esta columna a mi amigo Miguel Macera, y le agradezco su generosidad, quien acudió al acto en comento y desde Buenos Aires nos cuenta: “Me alegró ver la persistencia del compromiso militante intergeneracional. Fue una fiesta democrática positiva, en medio de un reflujo neoliberal que pretende la reimposición de sus supuestos materialistas, individualistas, apolitizantes como los criterios refundantes del siempre cacareado redesarrollo nacional. Una plaza (de Mayo) con docentes, dirigentes, militantes, artistas, estudiantes, sindicalistas, madres e hijos, abuelas y nietos, que recreaban como versión contemporánea, los compromisos de los setenta con el cambio estructural; eso que llaman la búsqueda de igualdad de posiciones o resultados -frente a la connotada igualdad de oportunidades que no se verificaron ni verifican con los oficialismos nostálgicos del Consenso de Washington-. Yo soy profesor de historia para adultos y secundarios, también de cívica, y me encontré con exalumnos entre las agrupaciones. Eso me habla del compromiso, de la persistencia del pensamiento crítico y cooperativo en lo social, en generaciones que recuerdan ese pasado en lo que tuvo de intento por crear una sociedad más igualitaria en serio. El día 24 coincidió con la visita de Obama, hecho que aumentó el malestar ante los gestos y actos oficiales encarados por un hijo de la generación que apoyó el golpe, junto a un representante del tipo de geopolíticas que suelen apoyar cualquier tipo de régimen de acuerdo a sus intereses. En definitiva, una nutrida y participada fiesta, con mucha juventud consciente y comprometida con no olvidar ni ser convertida en mera borregada consumista. Muy feliz por ello”.

Solo me resta apuntar ante tan elocuentes palabras: un número destacado de países iberoamericanos reclaman de cuando en cuando a sus desaparecidos, o reabrir fosas comunes o buscar asesinados, o exhiben la violencia de toda índole dirigida a su población o a grupúsculos definidos. Ninguno se escapa. Ya sea por sucesos recientes, de hace cuarenta u ochenta años. Da lo mismo. Nos ha sido complejo crear y aceptar una cultura de la legalidad. Una que obligue a cumplir la ley y a aplicarla. No a modo. Y encima debiendo construir sociedades con su dosis democrática relativamente reciente, apelando a los parámetros actuales reconocidamente igualitarios y valoradores de los Derechos Humanos. El cuadragésimo aniversario del golpe argentino mueve a la reflexión. ¿Cuánto hemos avanzado las sociedades iberoamericanas en el respeto a la legalidad, en la construcción de un entorno político y social incluyente, respirable, consciente, responsable, en pro de sociedades más justas? Me parece que muchísimo, pero de forma aún sobradamente insuficiente. Las carencias existen todavía en ambos lados del Atlántico y lo sabemos muy bien. Las voces reclamantes, discordantes, nos lo recuerdan con frecuencia. Nuestra apuesta, nuestra voluntad por la legalidad y la justicia no pueden menguarse. Y siempre están acechadas. No pueden sujetarse a caprichos temporales y cortoplacistas. Reclaman ciudadanos de altura para tomar decisiones de altura y para restañar así heridas con justicia y no con venganza ni olvido, que es justo lo que nos colocaría en la misma tesitura, en el mismo bajo nivel de los fantasmas del pasado y de los esbirros del presente, que nos cuesta tanto sacudirnos. Que no nos detengan ni anatemas ni paradigmas. ¡Avantes con la lucha por nuestra mejoría! aunque el entorno sea tan adverso para conseguir mejores resultados.

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