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LIGA BBVA - JORNADA 31: BARCELONA - REAL MADRID

Y el Clásico recuperó, al fin, su identidad

sábado 02 de abril de 2016, 05:49h
Barcelona y Real Madrid miden estatus en un partido que hace olvidar el escenario a cara de perro, con objetivos más terrenales que la defensa del orgullo, del último lustro. La anacrónica distancia en Liga entre ambos púgiles dibuja en enfrentamiento de magnetismo natural, de rivalidad límpia y sincera, alejada de la pugna por objetivos en la que se atravesaban los duelos ante el enemigo íntimo como si de un partido más se tratara. Así, el Clásico refresca su lógica con los mejores tridentes del planeta comparando seda y veneno ante la mirada de Johan Cruyff, el revolucionario que desmembarcó en España para endulzar la cultura del balompié.



El Camp Nou se engalana este sábado para envolver el refresco del aura de genuina rivalidad que Barcelona y Real Madrid representarán en la edición del Clásico más natural del último lustro. Lo hará previo homenaje al icónico revolucionario Johan Cruyff, el tricampeón de Europa holandés que desembarcó en la Ciudad Condal para metamorfosear la cultura del club blaugrana y protagonizar el germen noventero de la mejor versión del Barça conocida. La honra a la memoria del paradigmático 14 viene a coincidir con el debut en los banquillos de estas lides de altura por parte de Zinedine Zidane. El galo, en prácticas, que también contribuyó al renacimiento de la cultura madridista elitista, de pedrigree en blanco y negro y regusto por lo estético, acude al enfervorecido recinto para tomar la temperatura a su concepción del juego, ahora desde la barrera. Enfrentará su planteamiento alegre al rutilante líder, jerarca de la frugalidad ofensiva, si bien el Madrid ostenta, hasta la fecha, el estatus de productor ofensivo puntero en Liga (87 dianas merengues por 86 culés). Se dibuja, por tanto y sobre el libreto, un tributo a la exquisitez técnica y paroxismo, a la vertiente más espectacular de este deporte, con los tridentes mejor dotados para el mordisco del viejo continente comparando músculo, terciopelo y veneno.

Pero esboza este Clásico, además, el arrinconado aroma a rivalidad añeja. A la trascendencia del chispazo coyuntural que excede a la estadística o el presentismo. Porque las conversaciones entre los dos gigantes españoles abrazaron la tesitura al tiempo que Madrid y Barça se disfrazaban de colosos financieros monopolísticos a lo largo del presente siglo. Siempre, o casi siempre, se cruzaba en el romántico envite de necesarios antagonistas una meta terrenal, ya fuera la estocada al bipartidista campeonato doméstico de reforzado cuño, la final copera de campanillas o el cruce traumático de horizonte continental. El trauma alimentado en la ilustre competitividad de la era Guardiola-Mourinho ha instalado con carácter perpetuo el axioma que apunta a cada encuentro entre barceloneses y capitalinos como la enseña del balompié patrio extramuros que, inexcusablemente, conllevaba la cosecha de objetivos tangibles. Sin embargo, un par de Ligas de Campeones repartidas con equidistancia después, el recién estrenado abril de 2016 abona el advenimiento del bello contraste de colores per se. Despojado del rigor, hasta dialéctico, que marca la exigencia de disputar algo más que la autoestima de la masa social, el orgullo de los dos vestuarios repunta como principal línea motivacional y argumental del partido de balompié que detendrá, como siempre y como nunca, el giro del planeta futbolístico. Bienvenidos resulten, pues, los 10 puntos de distancia entre los contendientes en este epílogo liguera.

Luis Enrique, arquitecto de la variante vertical que ha vuelto a arrodillar a todo rival del Barça hasta granjearse otro soliloquio en la cosecha de títulos y reconocimiento, descorchó en la previa su relato más condimentado, subrayando la apnea metafísica que representa el partido de este sábado. "No hay cosa que caliente más a un culé que ganar al Real Madrid”, proclamó el Lucho, que también reclamó un estadio “a reventar y caliente de verdad” que otorgara coherencia a la querencia de los suyos, que “están como locos” por brindar con su tribuna una nueva afrenta al enemigo íntimo por excelencia. Nada parecería importar más en este trance que superar hasta el sonrojo al ‘enemigo’ tradicional, ya sea para prolongar una inercia que apunta a la reproducción del triplete pretérito o con el fin de explosionar una catarsis que engrose la confianza en el zurcido proyecto madridista de cara al desenlace de la competición europea por excelencia. “El Barça no sólo quiere ganar, sino hacerlo ofreciendo espectáculo” concluyó el preparador local.




Zizou, siempre escueto, se limitó a asegurar que “no he hablado del partido de ira con los jugadores, pero ellos saben perfectamente lo que pasó en el 0-4”. “Un Clásico para un jugador es lo más bonito que existe en el fútbol y vamos a ver si hay revancha”. La amalgama de guarismos, que indican que el Barcelona podría igualar la cota de imbatibilidad situada en 40 partidos consecutivos por el Nottingham Forest (1979), que Messi tiene entre sus cordones autografiar la diana número 500 de su mochila o que Ronaldo visualiza la centena de goles a domicilio a un solo grito de distancia, yacen, borrosos, en esta suerte de entreguerras continentales (el maltrecho Wolfsburgo, goleado este viernes en Leverkusen, y el críptico Atlético, opositor arquetípico en duelo de estilos, aguardan turno en la siguiente estación). Definitivamente, este enfrentamiento sabe más a cuerpeo, a túnel, a manita, a saeta entre semana post derrota y a defensa de la patria chica que a rotaciones con vista a duelos más enfocados en el devenir de la temporada o al grado extremado de profesionalización que entrega miga igualitaria a cada partido, ya que en cada baile vale, desde el frío dato del que pretende escapar este Clásico, tres puntos.

Varane, Mathieu y Adriano -lesionados- son los únicos no invitados al despliegue de presupuestos espirituales de entrega, pique perenne y pugna por cada pulgada de foco y hierba, amén de Kovacic y Arbeloa, fuera de la lista madrileña al convite. Esta sucinta nominación de ausencias conlleva la disponibilidad, al completo, de las plantillas definidas en el último periodo estival como válidas para asaltar el cielo. Así, el espacio estrictamente reservado al laboratorio ideológico del laboratorio de cada cuerpo técnico susurra la participación de Casemiro y la disposición la puesta de largo del once de confianza del campeón de todo -salvo la enmienda veraniega interpuesta por los hunos de Aduriz-. El guión pronosticado desde el altavoz de Valdebebas y la Ciudad Deportiva Joan Gamper no concede hueco a giros maestros, saltos de página o improvisaciones y probaturas desde el libreto táctico. Se trataría, en consecuencia, de escenificar, en el teatro más aristocrático, la vigencia de los remaches y ajustes a la filosofía general asumida que han cruzado las cinco victorias merengues encadenadas y los 62 goles de diferencial en los anotados y los encajados por el transatlántico barcelonés hasta la trigésimo primera fecha de curso, arrancada con estrepitosa sonrisa vallecana.

En lo relativo a los argumentos que entretejerán la guerra de guerrillas, de diverso pelaje y dulzura o tosquedad, según el nivel de vatios y el reparto, más o menos equitativo de acierto en ambas fases de juego, emerge la voluntad protagónica de un Barcelona acostumbrado a amaestrar sistemas bajo el pegajoso magnetismo de la riqueza de la obra del Lucho. El anzuelo de circulación horizontal y cambio de ritmo, con Messi como maestro de ceremonias que involucra a Iniesta y Rakitic para que Neymar y Suárez localicen vías para amortizar manos a manos interiores o exteriores, con los laterales sumados a la prolongada elaboración, tan anestésica como indigesta para equipos que quieren un cortejo relamido con el cuero, como es el caso del Madrid de Zidane, cuenta con la cesión de metros, repliegue y salida puntiaguda en transición que tanto sollozo ha granjeado a la Comunidad de Madrid en el presente ejercicio. La presión elevada y la hiperactividad energética colectivas con que Busquets gobierna las medulares acá y acullá complementa una propuesta principal de impasible ahogo a la salida natural, con Marcelo renacido, del Madrid. Por el contrario, el respeto debido a la potencialidad al espacio del pretendido ataque en estático visitante podría matizar la vehemencia en el cumplimiento de la ortodoxia local, para mutar hacia el recorte de espacios en cancha propia y desafío del desnutrido equilibrio madridista tras pérdida.




Es en este punto, nuclear, donde se legitima la inyección muscular de Casemiro, el único obrero destructor del centro del campo de Chamartín. Urgía a Zidane suturar los desbarajustes del integrismo ofensivo padecido como legado de las ruinas de Ancelotti, y el pivote carioca alzó la mano como provisional tirita. Del compromiso de cada pieza en la ocupación de espacios sin pelota dependerá la supervivencia del tercer clasificado en la marejada que, se presupone, no tardará en mojarle hasta la cintura. El sudor del tosco centrocampista adelanta la posición de Modric y Kroos -dicho de otro modo, les libera de la jurisdicción ordenadora para ganar peso constructor, reverdeciendo sensaciones, de vuelta a sus posiciones preferidas-, adelantando el sistema global, en coherencia, hacia asociaciones en territorio ajeno. La labor de Benzema entre líneas, como mediapunta clarividente que hurgue en las fisuras entre líneas del Barça se descubre como elemento distinguido en el adecuado funcionamiento de una ofensiva rehén del atino de Bale y Ronaldo, tanto en su tratativa ante Bravo como en su pericia para dar continuidad a las combinaciones en vuelo o en estático. Necesita el técnico galo un rendimiento preciso de su tridente, con y sin pelota, para llegar a la orilla. Pero, de regreso a la nada atractiva cuenca realista del juego, se ve más apremiado por ampliar la consistencia en el achique de una retaguardia que alineará a Ramos y Pepe como colchón y a Carvajal -o Danilo, con intencionalidad amenazadora casi suicida- y que fiscalizará el compromiso de las líneas precedentes, ante el revoloteo de los fantasmas que toman forma en las rupturas de líneas que desnudan las grietas, ya sistémicas, de la decadencia post Décima.

Actores secundarios como James, Isco o Arda -todos ellos prosiguen en su empeño de ralentizar el biorritmo de su orquesta, para comodidad propia, a costa de sus titularidades- perseverarán, presumiblemente, desde a gélida banca de la abrupta cesión de la batuta creativa. Mientras tanto, Madrid y Barcelona decidirán cuánto espacio quieren para sí y cuánto restringirán el del rival; con cuánta energía solidificarán sus cierres para propiciar deflagraciones al vértigo del contragolpe y con cuánta sortearán las emboscadas contrincantes para dictar el tempo por la vía de la posesión del esférico; y, llegado el caso, qué cálculo de riesgos asumirán como razonable ante la valentía de defender la identidad característica que les es propia o la relacionada con aparcar lo deseado desde la tribuna y escurecer la paleta del despliegue para tomar aire o aguardar al amaine del brote rival. El incipiente balbuceo de Zidane como entrenador se topa con su segundo examen notorio –el primero se zanjó con agreste suspenso ante la maestría del catedrático de los recursos limitados Simeone-, entre la incertidumbre por el descubrimiento del estado de cocción real de sus designios y la comprobación de lo quimérico de apuntar como real una candidatura de seriedad contrastada para levantar la Undécima con el Clásico como catapulta anímica. El colchón azulgrana le entrega menos que perder en este cruce de caminos, pero “están como locos” por jugar, precisó Luis Enrique, y eso vaticina espectáculo de puertas abiertas. Para volver a enrojecer al faraónico y bipolar contendiente. Para dibujar otro capítulo de soberbia futbolística radicada en España. Pasen y vean. El Clásico desencadenado parece estar de vuelta. Vuelva a la oscuridad la competitividad advenediza por objetivos.


Alineaciones probables:
Barcelona: Bravo; Alves, Piqué, Mascherano, Alba; Busquets, Iniesta, Rakitic; Neymar, Messi y Suárez.
Real Madrid:
Keylor Navas; Carvajal, Pepe, Sergio Ramos, Marcelo; Casemiro, Kroos, Modric; Bale, Benzema y Cristiano Ronaldo.
Árbitro:
Alejandro José Hernández Hernández (comité canario).
Incidencias:
Un mosaico de homenaje a Johan Cruyff protagonizará la antesala del duelo en un estadio Camp Nou que registrará aforo completo en este partido correspondiente a la trigésimo primera jornada de Liga.



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