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TRIBUNA

Soberbia en política

Manuel Sánchez de Diego
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msdiegoucmes/7/7/11
lunes 04 de abril de 2016, 20:17h
Actualizado el: 04/04/2016 21:34h

La palabra soberbia puede ser entendida de forma positiva como un adjetivo que significa “grandioso, magnífico”, por ejemplo cuando el crítico taurino escribe aquello de una “faena soberbia” o cuando exclamamos ante los pasos de Semana Santa aquello que son soberbios. Pero cuando se convierte en un sustantivo, su significado adquiere un sentido claramente negativo, por ser la “altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros”, la “satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás” o, la “cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas” acepciones todas ellas de quien Limpia, fija y da esplendor a la lengua española. De alguna forma es un orgullo derivado hacia la parte oscura, de la fuerza dirían los seguidores de la Guerra de las Galaxias.

La Religión Católica considera la soberbia como uno de los cinco pecados capitales, se trata de un acto da autoafirmación, igual que el orgullo, pero que lleva aparejado algún tipo de desprecio hacia los demás, bien por no necesitar nada de ellos, porque se les minusvalora en detrimento del propio yo, porque se les desprecia o porque directamente se les injuria dada su situación de inferioridad –según cree el soberbio. La virtud que se opone a la soberbia es la humildad que sí que es compatible con el sano orgullo.

Un ejercicio sumamente interesante consistiría en evaluar la soberbia en la política española. Se trata de valorar el nivel de soberbia en su sentido negativo, de los principales políticos españoles. Sé que los independentistas y nacionalistas han llevado su orgullo nacional hasta la soberbia excluyente de catalanes y vascos. Necesitan de ella para diferenciarse de los “charnegos” o de los “maketos”. Sin embargo, nuestra reflexión se refiere a los líderes de los cuatro partidos políticos más importantes del Congreso de los Diputados. Parece claro que los votantes pueden percibir esa soberbia y, es una de las causas del divorcio entre políticos y ciudadanía.

El título de campeón de la soberbia en política es difícil atribuirlo a un único personaje. A mi juicio la competición está muy reñida entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Es cierto que el primero mantiene una actitud humilde al menos respecto del segundo –votos son amores que no buenas razones- pero la falsa modestia se olvida cuando su objetivo es el Partido Popular y Mariano Rajoy. Es entonces cuando el candidato del PSOE emplea las palabras altivas e injuriosas. El discurso reiterativo sobre la corrupción del PP nos recuerda: “¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo?” (Lucas 6, 41-42). Quizás habría que perdonarlo por aquello que ésta es su oportunidad. Además trata que en el PSOE, ninguno de los manchados por la corrupción siga en activo. Quizás sea su última oportunidad, pero quien antepone los intereses personales a los intereses de toda una nación, nunca debería ser Presidente del Gobierno.

El líder del Podemos, después de las purgas internas, ha afianzado su poder, pero su discurso sigue siendo el mismo: comunismo trasnochado pasado por la revolución bolivariana con aderezos de revolución iraní –esencialmente recursos- y con aprovechamiento del desencanto de la clase media venida a menos y de la juventud deslumbrada por promesas incumplibles y la arrogancia de la ignorancia –por aquello del referéndum andaluz. En el fondo y, en la forma, porque hasta los propios de movimiento podemita señalan la "arrogancia en la forma de expresarse" de Pablo Iglesias. Aquella propuesta de la Vicepresidencia y de los Ministerios “menos” sociales es solo un ejemplo. Quizás también se le pueda perdonar su actitud por su juventud.

Más atrás, pero sin perder de vista a los ganadores, Mariano Rajoy y su partido siguen encumbrados en la colina del ganador de las pasadas elecciones, aunque se trata de una pírrica victoria con 123 diputados –en la actualidad el grupo parlamentario del PP lo forman 119- y 7.215.530 votos. Una victoria insuficiente que es a la vez una derrota sonada, pues se han perdido 56 diputados y 3.651.036 votos, más de los tres millones que preveíamos en julio del 2015. El pacto PSOE-Ciudadanos aporta 130 diputados y 9.031.139 votos y con esos números no es posible seguir diciendo que “se deje gobernar al partido más votado”.

El punto de soberbia ha sido siempre uno de los puntos flacos del PP. No sé si porque muchos de sus dirigentes han superado alguna de las oposiciones más prestigiosas de los cuerpos del Estado –Registrador, Abogado del Estado, Diplomático, Letrado en Cortes o Técnico Comercial y Economista del Estado, entre otras- o porque como ya decíamos “a una gran mayoría de los políticos del PP les pierde ese punto de prepotencia que hace que sus votantes más convencidos acudan a votarles haciendo un gran esfuerzo, por no decir tapándose la nariz con los dedos, cuando a la soberbia se une la corrupción”.

Soy de los que piensan que Albert Rivera fue castigado en las últimas elecciones por esa soberbia que afloraba en su campaña electoral, cuando machaconamente repetía aquello que el próximo presidente del gobierno sería él y que no apoyaría a ningún otro candidato. Es cierto que en los últimos días de campaña cambió su discurso, cuando ya las encuestas pronosticaban que de 2ª fuerza, había pasado a ser la 4ª. Quizás de aquello haya aprendido y en todo el proceso para formar gobierno, Rivera ha recalcado su talente negociador, aspirando a ser el segundo Suárez.

Nuestros políticos deberían hacer un acto de contrición y desterrar la soberbia en política y dedicarse a conseguir una política soberbia. Quizás podrían conseguir una reconciliación con los ciudadanos y, así encauzar a España hacia un futuro, mejor para todos.

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Manuel Sánchez de Diego

Abogado y Periodista. Profesor de la UCM

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