Como si no hubiéramos tenido ya bastante con los papeles de Bárcenas o de Panamá – de estos últimos no se conocerá hasta mayo la lista completa de nombres incluidos -, llegan ahora los papeles de Ignacio Frade. Por si todavía alguien no pone cara al nombre aludido, les recordaré que se trata de la persona ensangrentada que compareció ante las cámaras el pasado lunes a las puertas de su domicilio recién atacado para explicar lo que esa tarde acababa de ocurrir en su casa atrayendo la atención de prensa y vecindario a causa del espectacular despliegue policial que provocaron unos hechos de los que en principio se pensó que se trataba de un atraco con rehenes en la clínica donde pasa consulta Frade, cirujano plástico de profesión. Sin embargo, él mismo se encargó de desmentir la citada hipótesis. Para Frade, estaba muy claro qué había sucedido y quién estaba detrás.
Ese “alguien” – Frade asegura que la policía le ha pedido que no diga nombres para no entorpecer la investigación - habría enviado a los dos sicarios que llegaron a la casa donde en aquel momento estaban su padre de 94 años y la persona encargada de su cuidado. Según las declaraciones de Frade, los hombres, españoles y de unos 50 años, mostraron carnés falsos de inspectores de Hacienda para que les franquearan la entrada al domicilio y, una vez en su interior, pusieron todo patas arriba buscando lo que el cirujano asegura que son documentos comprometedores de carácter tributario y mensajes de whatsapp. Para frustración de los falsos inspectores – según la policía, unos chapuceros -, no encontraron lo que buscaban y, mientras obligaban a la empleada a que les abriera la puerta de la clínica situada en los bajos del mismo edificio, llegó el médico encontrándose con la estremecedora escena: el padre maniatado en su silla de ruedas, la empleada presa de un ataque de ansiedad, y los golpes en la cabeza propinados con la culeta de las armas de los asaltantes.
Que Frade no pueda de momento ir filtrando nombres, ni siquiera de forma dosificada como se está haciendo con los papeles de Panamá, anima a practicar nuestra más que demostrada inclinación a especular y proponer hipótesis de lo más variopinto. Especialmente en este caso, porque del doctor Ignacio Frade ya habíamos escuchado hablar hace años. Eso sí, en un contexto muy distinto. Si ahora figura como víctima, en 2010 su nombre estuvo asociado a la cualidad de héroe providencial. Frade fue la persona que logró, por fin, hacer justicia en el caso de Antonio Meño. ¿Lo recuerdan? Antonio Meño, ya fallecido, era aquel robusto joven que un día entró en el quirófano para acabar con su complejo de nariz grande y salió del mismo, inmóvil para siempre. Más de veinte años en coma por una negligencia médica denunciada por sus padres, no reconocida por los tribunales. Hasta que llegó Frade. Un día pasaba casualmente por la Plaza de Jacinto Benavente y vio lo que muchos llevábamos viendo allí día tras día: los padres de Antonio Meño, desesperados, se habían instalado con su hijo en una improvisada tienda de campaña – llegaron a permanecer allí 522 días - rodeada de cárteles que explicaban su situación. Lo habían perdido todo en juicios y apelaciones. Carecían de recursos para seguir luchando y atender a las especiales necesidades de su hijo en estado vegetativo. Se les reclamaba, para colmo, la suma de 400.000 euros en concepto de costas judiciales.
No me digan que no hay vidas que parecen de película, acontecimientos que superan cualquier novela. Ignacio Frade recordó el caso, contó que lo había seguido en prensa hasta que en Primera Instancia se condenó al anestesista responsable en el maldito quirófano al que fue a parar Antonio Meño. Después no volvió a saber más. No se enteró de que recurrida la primera sentencia, el anestesista González Martín había quedado finalmente absuelto. Sin dudarlo, en ese mismo momento, Frade se ofreció a la familia como testigo. Dispuesto a contar lo que vio aquel lejano 3 de julio de 1989, cuando recién licenciado en medicina se encontraba de mero observador durante la rinoplastia de Meño. Frade aseguró que el tubo de anestesia endocraneal a través del que respiraba el paciente se desconectó, permaneciendo así más de diez minutos sin que el anestesista reparase en ello por la sencilla razón de que no estaba en el quirófano. De acuerdo con el relato de hechos realizado por Frade, el anestesista llevaba a cabo otra operación de forma simultánea en un quirófano distinto. Aquel testimonio llevó a que el Supremo ordenara la revisión del caso y a que la familia que tanto había luchado por su hijo fuera indemnizada con un millón de euros.
No resulta por tanto extraño que desde el pasado lunes, a Frade se le haya preguntado repetidamente si lo sucedido ahora podría tener algo que ver con el caso Meño. Lo ha descartado de manera tajante. El cirujano sigue sin pronunciar nombres, la prensa especula con asuntos de faldas y la policía, al parecer, ya habría llamado a declarar a sus ex esposas. “Mi vida está en peligro”, ha dicho Frade, “no puedo consentir que hagan daño a mi padre”. Asegura que por eso quiso hablar en público de inmediato, todavía con la camisa ensangrentada, las brechas de su cabeza bien a la vista y los dichosos papeles, a buen recaudo. Puede que estos, los papeles de Frade, se diferencien de los de Panamá en lo relativo a la globalización, pero tendrían en común el interés que, al parecer, despertarían en nuestra “santa” Hacienda Pública. Porque al final, con faldas a lo loco o no, todo acaba conduciendo a la pasta.