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TRIBUNA

Pensar, rezar, esperar

sábado 23 de abril de 2016, 18:26h
“El que no deja de andar e ir adelante, aunque tarde, llega –escribe Santa Teresa de Jesús en el Libro de la Vida-. No me parece otra cosa perder el camino sino dejar la oración. ¡Dios nos libre, por quien Él es!”. El quinto centenario del nacimiento de la reformadora del Carmelo ha pasado casi desapercibido. Algunos escritores han aprovechado la ocasión para novelar sobre algunos aspectos de su vida, con mayor o menor fortuna, pero se ha desperdiciado la ocasión de resaltar la importancia de su espiritualidad. Santa Teresa de Jesús fue una mujer extraordinaria, enérgica y resuelta. Sus diecisiete fundaciones revelan su propósito de intervenir en el mundo. Ese trajinar convivió con una profunda y sincera vivencia de la fe, que se expresó en largas horas de oración, necesario preámbulo de sus experiencias místicas. La oración es un encuentro afectivo con Dios. No es una actividad mecánica, sino un ejercicio que exige un perfeccionamiento, un aprendizaje. En el Libro de la Vida, la carmelita descalza compara la oración con el riego de un huerto. El hortelano puede sacar agua de un pozo, emplear una noria, abrir canales o esperar la lluvia del cielo. Al principio, tendrá la sensación de rezar en vano. Dios escucha, pero no responde como un interlocutor común. Cuando habla, suele hacerlo mediante signos, que debemos captar e interpretar. Es posible caer en el desánimo. El alma puede sentir que fracasa, que no logra extraer agua del pozo, sin comprender que ya ha empezado a caminar. Rezar es estar en camino, cultivar la ternura, prodigar la fraternidad, vivir de acuerdo con el Evangelio. En definitiva, imitar a Cristo.

¿Tiene algún sentido rezar en el siglo XXI? La fe retrocede en una Europa que ya sólo reconoce la autoridad de la razón instrumental o científico-tecnológica. Se dice que sólo las mentes infantiles y condicionadas por la familia, la educación o el entorno conservan una fe que expresa la incapacidad de aceptar los límites biológicos de la existencia. Ni la ciencia ni la ética necesitan a Dios en un tiempo que sólo cree los ídolos del saber positivo. Se tiende a olvidar que llamamos realidad a una síntesis de la experiencia y la razón. Nuestro conocimiento no es pura objetividad, sino una representación incapaz de responder a las preguntas esenciales sobre el origen del hombre y su destino. Cuenta el teólogo católico alemán Johann Baptist Metz que el filósofo de las religiones Milan Machovec le espetó en una ocasión: “¿De dónde sacáis los cristianos valor para seguir rezando después de Auschwitz?”. Metz contestó: “Nosotros podemos y debemos rezar después de Auschwitz pues también se rezó en Auschwitz, en el infierno de Auschwitz”. Para Metz, la oración no es un ejercicio de relajación, sino “el lenguaje de la pregunta apasionada por Dios” que expresa el lamento y la esperanza del hombre en un mundo herido, imperfecto y doliente.

La oración nace del inconformismo. El que reza obedece a Dios, sí, pero no es un gesto de obediencia a un ídolo lejano, sino a un mandato que implica al otro, al que sufre a nuestro lado e implora nuestro cuidado: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn 13, 34). El imperativo de amar explica que la oración pueda partir de la angustia, la tristeza y la aflicción. Rezar es una forma de resistencia contra el dolor y la injusticia. Como dice Metz, no se reza “sólo para los pobres y desgraciados sino también con ellos”. Muchas veces se confunde a Dios con un poder abrumador, que mantiene una estrecha alianza con los poderes terrenales. Es una de las causas de la “crisis de fe” del mundo contemporáneo. Sin embargo, Dios no es un tirano, sino un Padre. La oración, cuando es honesta, nos acerca al verdadero rostro de Dios, que se hizo visible en Cristo. Jesús en la cruz –apunta Metz- nos revela que el Dios de nuestras oraciones siempre debe ser “el Dios de un amor indeclinable, el Dios de una patria apenas soñada, el Dios que enjuga las lágrimas y toma a los perdidos en los brazos abiertos de su misericordia”.

La oración puede brotar del pozo más oscuro, pero su curso es inexorablemente ascendente. Orientada a la vida y a la esperanza, siempre desemboca en una celebración de la existencia. En el último grado de oración, Santa Teresa dice que rezar es como recoger el agua de la lluvia: “Acá no hay sentir, sino gozar sin entender lo que se goza”. ¿Qué puede significar eso? Rezar es vivir con esperanza, confiar en que la última palabra no será el dolor o la extinción total de la conciencia, sino la plenitud del hombre y el cosmos. Orar es aprender a esperar, rebelándose contra el fatalismo y la inhumanidad, pues la causa de Dios es la causa del hombre. Según el beato Charles de Foucauld, el cristiano no es un “centinela silencioso”, sino alguien que “clama contra el mal”. No hay que rezar en los templos, sino en las calles, abriendo el corazón a los que huyen de la guerra o viven en la penuria. Europa presume de laicismo. Quizás por eso ha endurecido su corazón y ya no espera nada, salvo preservar su bienestar material. Una sociedad que no reza, que no sueña, que menosprecia la poesía y el pensamiento, es una sociedad enferma. En cambio, el que reza está en camino a la alegría, pues espera morar en una tierra nueva, donde ser hombre significa mirar al otro -al extranjero, al paria, al enfermo- y “sentirse urgido a no dejarle solo” (Emmanuel Lévinas).
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