El sepulcro de la presidenta
miércoles 11 de junio de 2008, 22:06h
Seguramente se trate de un rasgo típico de deformación profesional, pero desde hace muchos años repito a los demás y a mí misma que las cosas que a uno puedan comprometerle nunca hay que ponerlas por escrito. Lo difícil, como siempre, es averiguar con qué podrías llegar a verte en un futuro aprieto, porque lo que hoy parece un mero intercambio de opiniones o de información, mañana o quizás pasado, puede convertirse en el embarrado foso que albergue tu sepulcro profesional y puede que también personal.
Sin embargo, no plasmar en papel las propias palabras ya no es garantía de que no puedas verte salpicado por ulteriores complicaciones. Para eso están las escuchas telefónicas, por supuesto autorizadas judicialmente. Y así lo hemos visto estos días con el caso de Dolores Martín Pozo, la siniestra mujer que, cargada de conocimientos legales, ha optado por pasar de ellos cuando ha llegado el momento en el que la Justicia no le ha dado la razón, su razón. Eligió entonces la vía más salvaje para apartar del camino, presuntamente, faltaría más, a quien había osado entorpecer sus deseos, al padre de su propia hija, a la que al final ha dejado sin ninguno de los progenitores. Claro, que si aquello de lo que se acusa a Dolores es cierto, lo mejor que puede pasarle a la niña es crecer sin su madre.
Y para que los ya de por sí truculentos hechos, dignos de las clásicas películas de cine negro con cruel vampiresa de larga pestaña y pitillo de boquilla nacarada, sean aún más nutritivos para nuestro morbo, la historia cuenta con unos secundarios de lo más sabroso. Tenemos, en primer lugar, al guardaespaldas de una famosa actriz con aires de superstar en el papel de encargado de contratar al “chacal” de turno. Junto a su intervención nos llegan además, no se olviden nunca que presuntamente, las palabras no escritas, pero grabadas para la posteridad, de la propia actriz a quien le guardaban las espaldas, aunque dé la impresión de que de lo que más debería haberse guardado era de su lengua.
Otra intervención estelar: nada menos que la de la Presidenta del Tribunal Constitucional que aún no se sabe bien si de lo único que ha pecado es de pardilla. Hay profesiones muy sensibles a la petición de consejo por parte de desconocidos, quizás las que más la de médico y la de abogado. Tengo una amiga dermatóloga que muchas de las cenas a la que le invitan las acaba sin postre, estudiando el mapa lunar y pecoso de los asistentes para encontrar una posible mancha sospechosa de haber mutado en los últimos tiempos. A los abogados nos pasa otro tanto y cuántas veces hemos tenido que leer la demanda de otro compañero en busca de algún desliz que el desconfiado cliente asegura que existe. Todos hemos tenido que comernos algún marrón en forma de asesoramiento tranquilizador para algún familiar de un amigo o conocido o simplemente vecino de escalera al que, al final, atendemos para que nos dejen en paz de una maldita vez.
Háganme caso, los consejos, escritos o verbales, que sean sólo de administración y bien remunerados.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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