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EPPUR SI MUOVE

Las persianas del Supremo

martes 03 de mayo de 2016, 20:24h

Ocurrió en Orense. Dos traficantes de drogas se afanaban en “sus labores” a plena luz del día. La casa donde operaban tenía abiertas las ventanas de para en par, sin cortinas ni persianas. Era tan flagrante que la policía no tuvo si no que usar unos simples prismáticos para cerciorarse de lo que todos sabían en la zona: allí se traficaba con drogas. Los agentes hicieron su trabajo: detuvieron a los tipos en cuestión y, de paso, hicieron más segura la vida de los orensanos.

Pero no. Hete aquí que el juez progre de turno, esta vez del Supremo, ve ante sí la ocasión de “lucirse” y, claro, como para dejarla pasar. Resulta que mirar por unos prismáticos cómo dos cabrones venden droga requiere de autorización judicial; caso contrario, se vulneran sus derechos. Consecuentemente, los tipos en cuestión han sido absueltos. Por cierto, nada se dice en la sentencia de si la autorización judicial de marras es también preceptiva para delinquir o, como parece, puede seguir haciéndose con total impunidad.

Hace pocos días, cuatro amigos de los progres daban una brutal paliza a un policía nacional que, fuera de servicio, intentaba evitar la agresión a una joven. Los agresores, todos con varios antecedentes, fueron puestos en libertad el mismo día. El agente aún sigue de baja, con varios huesos rotos. Son sólo dos ejemplos de una lista tan execrable como numerosa, y paradigmática de una triste realidad: la izquierda judicial está al servicio del delincuente.

En pocos países es tan barato delinquir. Bien que lo saben los “profesionales” del tema, que acuden a España en legión para ponerse las botas. Sirva como ejemplo la Ley del Menor, esa aberración gracias a la cual los asesinos de Sandra Palo o Marta del Castillo se han ido de rositas y que blinda a aprendices de delincuente para que sigan “formándose” con cargo al erario público. Hoy en día, hay niños que son una verdadera amenaza según ponen un pie en el colegio. Los profesores son auténticos héroes que tienen que hacer frente con demasiada frecuencia a situaciones inaceptables, sólo porque el angelito “tiene derecho” a ser alguien en la Cañada Real. ¿Expulsarles? Nada de eso. La legislación les permite amenazar, insultar y pegar a los profes; sólo faltaba.

Manuela Carmena es de esas. Cree que apenas un 6 por ciento de la población reclusa merece estar entre rejas; que habría que abrir las puertas de las cárceles y que pederastas, asesinos y traficantes deberían campar a sus anchas con banda de música. Recuerdo el miedo que me generaba este tipo de gente cuando ejercía. No hay nada más peligroso que un progre con toga. Uno de ellos, Luis López Guerra, amigo de Zapatero, se cargó la doctrina Parot y ahora, violadores y terroristas disfrutan de su inmerecida libertad. A Carmena y a los suyos se les llena la boca hablando de que la cárcel debe tener como prioridad la reinserción del delincuente, pero olvidan -a conciencia- algo vital: por encima del bienestar de un mal nacido está la seguridad de la sociedad. Una sociedad que tiene derecho a vivir tranquilamente sin la amenaza de traficantes de drogas, violadores o asesinos. ¿Que se reinsertan? Muy bien, pero entre tanto que estén entre rejas el tiempo que les corresponda -sin tanta rebaja- para que no sigan “a lo suyo”. Por de pronto, hay dos camellos que mañana podrán continuar vendiendo su mierda gracias al exceso de un galantismo impresentable. Un nuevo éxito de la izquierda judicial.

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