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RESACA DE LA JORNADA DE SEMIFINALES CONTINENTALES

La semilla por la que España vuelve a gobernar el fútbol de Europa

viernes 06 de mayo de 2016, 03:24h
La semilla por la que España vuelve a gobernar el fútbol de Europa
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Real Madrid, Atlético y Sevilla pugnarán por los títulos más prestigiosos del balompié europeo un año más. Esta temporada es la tercera consecutiva en la que representantes españoles participan en las finales de Liga de Campeones y Europa League, subrayando un contexto de dominio nacional que subyace de la evolución competitiva de los componentes de la Liga BBVA. Un crecimiento que se ha despegado de manera decidida del estilo preciosista del Barcelona y la selección campeona de todo.

El foco del balompié internacional regresa, de manera recurrente, hacia territorio español. Bajo este axioma se gestó el aura referencial del fútbol nacional, acunado por la concepción florida del juego, asociativa y esteticista, que despuntó con rutilancia en el advenimiento del lustro recién abandonado. El regusto a exquisitez y espectáculo se alió con la eficacia en una entente que coronó al Barcelona icónico dirigido por Pep Guardiola y a la selección de pedigree legendario que monopolizó este deporte, concatenando dos Eurocopas y un Mundial. Apoyado el desarrollo de aquel ascenso descollante en la edificación de una identidad genuina y paradigmática de la era postmoderna de este deporte, reconocible en filosofía y práctica, las escuelas que nutren a potencias aristocráticas del Viejo Continente como Alemania o Italia modernizaron sus fundamentos para abrazar la frugalidad de pase perpetuo como herramienta de refresco de sus candidaturas respectivas. El prestigio y reputación propios de la vuelta de tuerca patria, ejecutada sobre el abono de los presupuestos neerlandeses que revolucionaron los 70, reclamó el respeto, primero, y la sumisión, después, a los paganos que, extramuros, yacían en rol secundario, víctimas de la victoria española en la imperecedera dialéctica entre estilosos y pragmáticos. Sin embargo, el delicioso respingo que ha conducido hasta el paroxismo continental con que se maneja el presente reflejo de la final milanesa de Liga de Campeones, del próximo 28 de mayo, no se ha recluido en el trabajo y lustre de una sola vertiente.

En paralelo al mimo con que se alimentaba el estudiado vuelo rasante de la pelota, punto de inflexión gestado en España que contaminaría de introspección a cada oponente ajeno al devenir doméstico del monstruo de bella apariencia coral amanecido en Can Barça, aquellos púgiles llamados a enfrentar e interponer enmiendas al ilustre vecino catalán crecían en la asunción de trincheras más o menos antagonistas. Así, al tiempo que se reforzaba hasta cotas absolutas -y abrasivas- la rivalidad de los dos colosos nacionales, Mourinho mediante, emergía un cuerpo de escuadrones, cada vez más compactos y rocosos, menos endebles y más concentrados en la potenciación de los parámetros que rebatían la relación de fuerzas en la charla con Real Madrid y Barcelona, que terminaría por enriquecer el bagaje y competitividad de la Liga. Con el Atlético de Madrid como exponente rebosante de simbolismo, la polarización entre los dos millonarios hipertrofiados y el resto sirvió para que la consistencia de los llamados a ocupar el tercer puesto clasificatorio acelerara la pulsión. De este modo, Bilbao, Vigo, Vila-Real, Sevilla y la ribera del Manzanares constituían plazas, cada vez, más indigestas. Lo que se cultivó como un proyecto común por sacar la cabeza del pelotón de subyugados ante el abismo presupuestario entre entidades se tornó, para deleite de las tribunas septentrionales, en la mutación de la utopía en realidad tangible. Y la pegajosa intensidad distribuida por Diego Pablo Simeone arrancaría un escaño entre las entidades faraónicas. Una muesca esperanzadora. Y las puertas de Europa no se cerrarían ya. El otrora coto de la potencia anatómica y verticalidad inglesas, el denodado orden y contragolpe venenoso transalpinos y el afamado acoso y derribo alemán, por ráfagas exuberantes, descuidaron una oquedad por la que se asentaría un puñado de aspirantes españoles evolucionados, que transgredían los preceptos de Pep y Tito.


El guarismo estadístico no disimula el cariz saludable del fútbol nacional y la comparativa para con las otras nacionalidades continentales es descriptiva. Contemplando como campo de prueba los últimos tres cursos, es decir, las temporadas 2013-14, 2014-15 y 2015-16, la relación de cruces y eliminatorias que han dispuesto un baile y confrontación entre clubes españoles y representantes de otras ligas se antoja, cuando menos, esclarecedora. Los 48 combates precedentes a este jueves, incluyendo los que han granjeado un nuevo derbi capitalino en pos del trono elitista europeo, han asistido a 45 victorias nacionales. La apariencia de predominio que se atisba sobre el verde aquí, allá y acullá, fue relatada por Manuel Pellegrini, ese técnico que traspasa fronteras y condujo al Málaga a una epopeya mitificada (cuartos de final de la Liga de Campeones en 2013) que ejemplificó el nivel colectivo alcanzado en los estadios que rige la Liga de Fútbol Profesional. “Siempre dije que la mejor liga es la Premier. Hay muchas cosas, los fans, la organización y los estadios llenos. Pero siempre dije, también, que el mejor fútbol se juega en España. No es casual que el Sevilla gane dos veces seguidas la Europa League y que un equipo español juegue cada año la final de Champions. España tiene un juego muy técnico y sus equipos juegan muy bien. El mejor fútbol está aquí, pero la mejor liga es la Premier”, declamó El Ingeniero horas antes de arrodillar a su City ante el bipolar club regentado por Zinedine Zidane. En efecto, la experiencia susurra y constata el soliloquio patrio. Las semifinales de Champions han acogido a dos representantes españoles en cada edición desde 2010 (año en que se descerrajó la polémica batalla fratricida entre Madrid y Barça, con Messi gobernando la escena) y en dicho intervalo la Europa League ha contado con una escuadra nacional en la final en cuatro de las seis oportunidades posibles (con un Athletic-Atlético en 2012, acto de bautismo glorioso del Cholo en su regreso al Calderón, como enseña).

Una amalgama de factores entretejen los motivos externos que contextualizan tal deflagración. La Premier League, endulzada por los petrodólares y la caja televisiva, más equidistante que nunca, navega en una suerte de novedosa simetría entre sus gallos y los parias, acostumbrados a otros menesteres alejados del éxito, que se encuentra en pos de revertir en el crecimiento generalizado del cuadro (valga la resacosa bacanal compartida por Claudio Ranieri, Jamie Vardy y Riyad Mahrez como postal). Sin embargo, hasta ahora, el sudor y exigencia intestinos parecerían fagocitar el resuello para afrontar las empresas alejadas de las islas británicas, un mal que, sumado a las sistémicas carencias de atención táctica -descritas, entre otros, por Paul Scholes-, niega la identidad vertiginosa de los pioneros de este deporte, complicando en demasía la supervivencia, hasta mayo, de sus candidatos. La pujanza monetaria no lo es todo. Precisamente, un episodio antagónico aflige al calcio. Con el catenaccio cubierto de polvo, Italia respira indefinición, desde el prisma futbolístico, y ahogo, desde la perspectiva financiera. Las estrellas perciben nublado su aterrizaje en el desplumado y desplomado Bel Paese, caso insospechado si se atiende al desembarco de talento que alzó el telón en los 80 (Van Basten, Gullit, Rijkaard, Rummenigge o Laudrup) y continuó en los 90 (Shevchenko, Weah, Zidane, Ronaldo o Mattahus) para secar su flujo en la actualidad. Con el vaciado de las gradas uniformada como la tesitura característica, la caótica confección de plantillas y la Serie A doliente de interés, por los cinco Scudetti consecutivos de la Vecchia Signora, los pentacampeones del Mundial no extreman su rendimiento en ningún apartado del juego, profundizando en la crisis institucional que se está cobrando como víctimas propiciatorias a Milan, Inter y al estándar del campeonato en su conjunto. La Bundesliga, Portugal y Francia no han conseguido esquivar todavía el currículum de one club championship, honrosas excepciones subrayadas como el Borussia Dortmund de Klopp o el irreverente Benfica del último trienio.

España, por su parte, saborea en estos días el fruto de la cocción adecuada de las inercias esbozadas por sus secundarios. Retratado el paisaje de los triunfadores en territorios extranjeros como una variopinta mixtura de estilos y matices, lo que subyace como elemento nuclear y compartido es la competitividad. El ritmo, intensidad y trabajo, asumidos como inherentes y de jurisdicción colectiva, representan la base sobre la que la naturalizada calidad técnica determina el cariz de los resultados. Sevilla y Villarreal, los ejemplares del progreso descrito que disfrutaban este jueves de la oportunidad de inscribir sus nombres en una página dorada del deporte (nunca un país logró copar los finalistas de Liga de Campeones y UEFA en el mismo año desde que la Recopa fue deshauciada), evocan la variedad, de piel camaleónica, que dispara el buqué nacional, con la caricia a la cantera y la continuidad en los mandatos e ideas como marco. El proyecto hispalense, imaginado por el afilado estratega Unai Emery, buscaba su tercera final de Europa League consecutiva. Constatar el acceso al distinguido escalón como rutinario. Y lo hacía desde el esquema energético y paciente, que conduce al contrincante hacia un ejercicio de templanza, cuando repliega, y de capacidad de sufrimiento, cuando la verticalidad de Nervión se desata. Su diseño de la nómina en liza, soberbio visto en perspectiva, tiende más a lo físico, con Kryzchowiak, N´Zonzi, Iborra o Rami como estructura básica.





Pero es el grupo, aliñado con la calidad gestora y clarividente de Banega y desbordante de Vitolo, Konoplyanka, Gameiro o Krohn-Dehli, el que coloca los duelos en un cuerpeo sobre el alambre, sin espacio para la autocomplacencia, que termina por erosionar hasta derribar a todo tipo de planteamientos teóricos (como le ocurrió al imponente Bilbao de Valverde, que presume de pichichi con Adruiz -diez tantos-). El irreverente Shakthar Donetsk, de alma carioca europeizada y también rebotado de la primera fase de la Liga de Campeones, trató de sacar de eje a los sevillanos en Ucrania, pero el tanto postrero del delantero francés, que acompañará a Griezmann en la venidera Eurocopa de junio, clausuró un 2-2 que hizo viajar la semifinal al Pizjuán bien cocinada. En el capítulo decisivo, la inteligente gestión de la ventaja se vio fortalecida por la quinta y sexta dianas en cinco partidos de Gameiro. El desenlace quedó, por tanto, visto para sentencia (3-1) por mor del magnetismo del pentagrama de anestesia y ardor alternos y radicalizados. Los andaluces viajarán a Basilea para ampliar sus vitrinas (cuatro Copas de la UEFA, desde 2006) y prolongar su distancia como el puntero dominador histórico de este campeonato.

El club radicado en la castellonense Vila-Real, que partía hacia Anfield con una exigua ventaja (1-0, gol de Adrián López sobre la hora), ilumina, quizá, la personificación de la paleta irresistible que propulsa la sonrisa española. Marcelino García Toral, comandante e ideólogo del aspecto de tono grave y resistente que portaba el Submarino Amarillo en su aventura más profunda y realista entre las huestes europeas (tras el agónico resbalón sufrido en las semis de Champions que regalaron al Arsenal su primera final en la élite continental, cuando Forlán y Riquelme homenajeaban el obrar latinoamericano en su digno reducto), ha estructurado una trama líquida en su plan, capaz de reproducir el esquema prototípico culé de posesión, con suficiente precisión, o adoptar la especificidad del estudio de situaciones que ensalza el repliegue del Atlético, con un rigor parangonable. La ganancia de regularidad en el achique, que cercenó a ofensivas tan aclamadas como la del Nápoles (Higuaín, Callejón, Hamsik, Insigne y Mertens), en dieciseisavos, y supo proponer y vigilar a transiciones efervescentes como la del Bayer Leverkusen, en octavos, redondeó una aclimatación a la competición que mantiene a los levantinos con la cuarta plaza liguera facturada y merecida, la que les devuelve a la Liga de Campeones, después de un arranque de ejercicio dubitativo. La inclusión de la dinámica pareja Bakambu-Soldado en una fórmula que sigue gravitando sobre la sabiduría en el cortejo del cuero de Denis Suárez, Jonathan Dos Santos y Bruno Soriano, ha encontrado en Pina el elemento que coordina la presión asfixiante sin pelota. Musacchio, Victor Ruiz, Jaume Costa y Mario sostienen la fase defensiva mientras que Areola, promesa gala, irrumpe con firmeza bajo palos. La equilibrada ecuación, tacticista y creativa, que bien puede mutarse exquisita con balón y granítica sin él, asumía el desafío más intrincado de la jornada, ante un Liverpool descorazonado por llevarse una alegría a la boca después de una soberana travesía por el desierto.

No obtuvo el premio ansiado el Villarreal, que se volvió a quedar a un salto de hacer cima. La escurridiza bandada atacante de los reds, con Firmino, Sturridge y Coutinho congraciados en su noche de catarsis, se descubrió legitimada para agujerear la apuesta replegada de Marcelino. El precoz gol en propia meta transigido por Bruno (séptimo minuto) condicionó sobremanera la atmósfera, ferviente en lo relativo al graderío, y la barricada amarilla no supo detectar vías de respiro a la contra ni enfoscar los desajustes que patrocinaban una tormenta de chuts sobre Areola que no remitiría hasta el 3-0 final. Pero su progreso sostenido desde que ascendiera a Primera en el 2000 (con el laurel situado en el subcampeonato sellado en la Liga 2007-08), si bien no ha redundado en trofeos, sí entraña el patrón, en procedimiento y distinción, que provee la buenaventura contemporánea española. Exportadora de talento sobre la hierba, en los banquillos o arriba, en los despachos. De nombres y de arquetipos. La llama que esbozaba el colapso tras la Eurocopa de 2012 y aquel 4-0 a Italia como capulina no ha sido corroborada en la esfera de los clubes. No obstante, España opta a volver a alzar el puño, por tercera vez sucesiva, en los certámenes más relevantes. A volver a trascender. El acontecer monopolístico nacional no aparenta voluntad de remitir. Esta vez desprovisto de uniformidad de criterios. Cuando la cara del balompié se encarece y exige un conocimiento más amplio de su dinámica, de sus automatismos, cada pieza debe resplandecer en ataque y en defensa y desaparecen los especialistas, La Liga, todavía en desventaja organizativa, sigue impulsando su estirpe de jefatura. Con o sin 'tiqui-taca'.

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