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CON ANNA CASTILLO

El Olivo: la declaración de amor de Icíar Bollaín a la Tierra

viernes 06 de mayo de 2016, 11:38h
Icíar Bollaín estrena El Olivo, un canto a recuperar la conexión del hombre con la naturaleza y al hacer las paces con nuestro entorno, con Anna Castillo, Javier Gutiérrez, Pep Ambrós y Manuel Cucala.
El Olivo: la declaración de amor de Icíar Bollaín a la Tierra

EL OLIVO

Director: Icíar Bollaín
País: España
Guión: Paul Laverty
Música: Pascal Gaigne
Fotografía: Sergi Gallardo
Reparto: Javier Gutiérrez, Anna Castillo, Pep Ambrós, Manuel Cucala, Miguel Ángel Aladrén
Sinopsis: Alma es una chica de 20 años que quiere enormemente a su abuelo, quien lleva años sin hablar. Cuando el anciano se niega también a comer, la muchacha decide recuperar el árbol milenario que la familia vendió contra su voluntad. Para tal empresa embarca a su tío, un hombre perjudicado por la crisis, a su amigo Rafa y a todo el pueblo. Ahora hay que encontrar en qué lugar de Europa está el olivo plantado… y devolverlo a su sitio.

Lo mejor: El fondo de la película | La intepretación de Anna Castillo | Algunos puntos de humor

Lo peor: La pretendida lección moral y metáfora evidente

El séptimo largo de ficción de Icíar Bollaín quiere ser una fábula del mundo que cae, como los dioses desterrados del Olimpo, a la cotidianidad más mundana de cualquier rincón de España. La cineasta abandona la contención y el equilibrio que han caracterizado la mayor parte de su filmografía para entregarse a un universo metafórico que, si bien siempre ha nutrido sus películas, en El Olivo se radicaliza. El resultado: un viaje de camino disfrutable pero meta ambigua; al salir del cine, la evidente declaración de amor a la Tierra, a la tradición, a las raíces, arranca por un lado un debate interesante y, a todas luces, necesario hoy en día; pero por otra parte, deja el poso de un desmesurado despliegue emocional de Bollaín para llevarte a esa conclusión. Un pequeño exceso de moralina que empaña el conjunto.

La película se ambienta en la masiva venta de olivos centenarios desde territorio español a toda Europa y construye sobre ella la historia de Alma –la metáfora de la metáfora-, una joven de ventipocos que trabaja en una granja de pollos y mantiene una relación tibia con su familia. Con todos, menos con su abuelo, la única persona por la que parece apasionarse. Cuando el octogenario, que lleva años sin hablar, deja también de comer, la protagonista decide atajar el problema desde la que, a sus ojos, es la raíz: la venta por parte de la familia hace años y sin su consentimiento de un olivo al que abuelo y nieta se encontraban unidos, para abrir un restaurante ahora quebrado. Junto a su tío, un cuarentón azotado por la crisis, y su compañero de trabajo, se marcha a Dusseldorf (Alemania), sede de la empresa energética que compró el olivo de su abuelo como imagen de marca.

La trama corre a buen ritmo como una road movie, con algunas dosis de humor y paréntesis de poética audiovisual, que bien podría resumirse en una imagen: la de un olivo mastodóntico, con aspecto cansado, colgando de una excavadora aún más mastodóntica pero reluciente. Por el camino, evidentes referencias a la globalización, al capitalismo, al modelo de desarrollo económico dominante, a la crisis inmobiliaria, al individualismo y la lucha colectiva, a la incomunicación en las distancias cortas y la interconexión digital global, a la solidaridad intergeneracional y a la esperanza. Porque Bollaín construye, al final, un relato positivo que mira a las nuevas generaciones y que descansa sobre el personaje de Alma.

La joven actriz Anna Castillo realiza un esfuerzo interpretativo brutal para dar realidad a un personaje difícil que, como representante de toda una generación de jóvenes enfadados con la herencia de sus mayores, curtidos en los errores e impulsores del cambio, parece a veces mantener un discurso impropio para su edad. Alma es la heroína de la fábula y, aunque corría el riesgo de perder el necesario contacto con la realidad, la naturalidad de Castillo y el punto macarra del personaje la devuelven la carne y el hueso.

Con una pretendida –y efectiva seguro en la mayoría de los casos- emotividad, especialmente en las escenas compartidas por Alma y su abuelo, El Olivo requiere dejarse llevar y no detenerse en los mecanismos que mueven la corriente.

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