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TRIBUNA

Héroes cotidianos, como mi abuelo

viernes 13 de mayo de 2016, 14:14h
Actualizado el: 13 de mayo de 2016, 21:21h

"Nadie desea tener cosas porque de verdad desee tenerlas, sino porque quiere mostrar al mundo que puede permitírselas". Bucky Sinister, ‘Black Hole’.

Mi abuelo Alfonso tenía un estanco en el pueblo donde, aparte de tabaco, vendía casi de todo: calzado, papelería, mercería, juguetería y hasta perfumes y cartuchos. Era la típica tienda en la plaza de un pueblo cualquiera. Mi abuelo era buen comerciante, el negocio funcionaba y daba para cuidar bien de su mujer, de sus cuatro hijas y de algunos primos y sobrinos que siempre rondaban por la casa. Eran tiempos de economía de subsistencia muy lejos de la ‘prosperidad’ venidera. Él nos dejó cuando yo cumplía ocho años pero su huella continúa entre nosotros, por sus buenas acciones y el cariño repartido entre sus hijas, sus yernos, sus nietos y tantas y tantas personas que le conocieron. No dejó a nadie indiferente, más pronto o más tarde.

Cuenta mi madre que mucha gente de la que allí compraba cosas, unas veces más necesarias que otras, le pedía pagar más tarde, otros sin embargo le ofrecían un conejo, una bolsa de patatas de tierra o una mostela de espárragos a cambio de unas botas para la labranza. Apuntaba meticulosamente todo lo que iba fiando en una libreta que, sin poder evitarlo, acababa rompiendo al final de cada año. En una ocasión, un lugareño pobre y desesperado, le pidió que por favor le prestara 800 pesetas para trasladarse a Barcelona con su mujer y sus hijos. En aquella época era una suma muy alta de dinero, pero le prometió que se las devolvería en cuanto encontrara trabajo. No volvió a saber del paisano hasta pasados 20 años cuando recibió un giro postal anónimo por esa misma cantidad. El pequeño detalle fue todo un reconocimiento, sin titulares ni placas conmemorativas. Mi abuelo era un buen hombre que disfrutaba con lo que hacía, su tienda era una especie de consultorio psicológico, un estudio de radio y una pequeña ONG, todo en uno. En realidad vender era lo de menos, pero daba de comer a unos cuantos, cercanos y lejanos. Nunca se hizo rico pero su bienestar era evidente.

Era un buen tipo, uno de los que llamaba la atención por la pasión con la que hablaba de su equipo de fútbol y de sus nietos, por la bondad con la que escuchaba las necesidades ajenas y por la firmeza de sus principios, por el bien de los demás, que era el suyo propio. La gente del pueblo le quería, pero no le envidiaba; todos aprendimos mucho con él pero muy pocos decidieron seguir sus pasos: ¿quién querría pasar por esta vida sin acumular medallas ni tesoros? Mi abuelo nunca habría tenido seguidores en las redes sociales ni habría expandido el negocio, él no creía en el progreso exponencial sino en el equilibrio eterno. ¡Qué suerte tenía mi abuelo!, cada día era el mejor de su vida: reía, contaba historias y escuchada las ajenas; recibía y repartía sabiduría, cariño y alegría. También se enfadaba mucho, como buen apasionado.

No sé cuántas personas poco apegadas a sí mismas han conocido en su vida, pero antes, cuando conocíamos a una, solía dejarnos huella. Ahora las cosas han cambiado, los ídolos son otros. Antes los gordos (así llamaban a los ricos en mi pueblo) eran mezquinos, la corrupción estaba despreciada y el narcisismo extremo era ridículo. Sin embargo, ahora los héroes vienen de las antípodas: empresarios multi-milmillonarios, narcisos con escasos valores humanos y charlatanes inmorales ocupan nuestros sueños. ¿Dónde quedaron las personas de bien? ¿Estarán entre cartones en el parque del barrio, en la portería de nuestro edificio o en una pequeña tienda cualquiera? Héroes cotidianos devaluados y sepultados, hasta ellos mismos han olvidado lo que son. ¿Cómo podría uno volver al buen camino, cómo desengancharse de ‘lo otro’?

Llevo mucho tiempo pensando en cómo acabar con mi propia decadencia, liberarme de las cadenas de lo inútil, para reencontrarme con aquel tesoro que sembraron en mí mis padres, mi abuelo y todas aquellas personas de bien que por mi lado pasaron. ¿Quién lleva ahora las riendas de mi vida si ni siquiera sé dónde yace lo importante? Por muchas vueltas que le doy, sólo veo una salida para la sostenibilidad del alma corrompida y ególatra: el equilibrio. No consumir tanto, sino solo lo necesario. Así de sencillo, gastar menos de todo.

Ropa, restaurantes, actividades extra escolares, gimnasio, coches, seguro médico, terapia, colegio privado, vuelos, parking, comida a domicilio, lotería, gasolina, más seguros, masajes, psicólogo, limpieza del hogar, ocio, turismo, internet, amarre del barco, barco, casa en el campo, casa en la playa, casa en el pueblo, club deportivo. ¿Qué tienen todas estas cosas en común? Seguramente muchas de ellas sean ‘apuntes contables’ en el extracto mensual de su cuenta bancaria o de su tarjeta de crédito. Y todas ellas también son absolutamente innecesarias, por mucho que se empeñen en creer y defender lo contrario. Lo necesario cruzó la línea de lo insostenible hace muchos años. Una economía doméstica con tan larga lista de necesidades rompe cualquier posibilidad de homeostasis a la que un individuo o una sociedad quieran llegar.

Think different’ (piensa diferente); ‘Just do it’ (tan solo hazlo); ‘Impossible is nothing’ (lo imposible es nada); ‘I’m loving it’ (me encanta); ‘La chispa de la vida’; ‘¿Te gusta conducir?’; ‘Compartida, la vida es más’; ‘Hay cosas que el dinero no puede comprar, para todo lo demás…’; ‘Porque tú lo vales’; ‘No es lo que tengo, es lo que soy’; ‘Caro, pero el mejor’; ‘Un diamante es para siempre’; ‘Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo’. ¿Qué tienen todas estas frases en común? Son un conjunto de slogans que, de la forma más insospechada, han conseguido que muchos de los conceptos del párrafo anterior se anoten en ‘el debe’ de su cuenta bancaria una y otra vez, eso por no mencionar el meme popular de que consumir cada vez más (recursos, productos, experiencias o incluso personas) es lo humanamente correcto. ‘El crecimiento es bueno, el equilibrio… de perdedores’, dicen. Benditos los mediocres porque su riqueza les colma y benditos aquellos que ven donde los demás damos palos de ciego. Menos es más. ¡Menos es más!, ese es mi mantra, mi medicina. El día que mis actos hablen por sí mismos, no tendré la necesidad de escribirlo ni defenderlo hasta la saciedad, ya que como decía el maestro zen, “aprender y no hacer, no es realmente aprender. Saber y no hacer, no es realmente saber”.

Nacho López

Asesor Financiero

NACHO LÓPEZ, dedicado al mundo de la banca de inversión y comercial, al mercado de capitales, al análisis y al asesoramiento bursátil, ha trabajado en los principales bancos españoles y en otros internacionales de primera línea.

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