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TRIBUNA

Romerías y rosquillas

sábado 14 de mayo de 2016, 19:16h

El sol espléndido ha regresado a la capital del mundo, como llamó Hemingway a Madrid en uno de sus relatos. El cielo velazqueño está resplandeciente, alegra los ánimos e invita a estar en la calle. La verdad es que ahora, después de las semanas lluviosas que dejaron rebosantes los pantanos de toda España, no es necesario que nos inviten dos veces para salir a pasear por Madrid. Estamos, sí, de fiesta en la capital a pesar de la mugre de sus calles y los feos y asépticos carteles que anuncian esta fiesta tan tradicional. El pueblo de Madrid se ha acostumbrado a ver las piñas como el símbolo de la Navidad, así que ya nadie le presta atención a los dibujitos ridículos que sirven lo mismo para San Isidro que para La Virgen de la Paloma, o la fiesta del día 12 de octubre. A veces uno no sabe qué escasea más en el Ayuntamiento actual, si la cultura o el respeto, aunque sea mínimo, por la tradición.

Pues, para no hacerle la tarea tan fácil a este Consistorio olvidadizo y analfabeto, recordemos que la tradición que se celebra hoy, el día 15 de mayo, surge siglos antes de que Madrid fuera la capital de España. Se remonta al siglo XII, cuando un labrador llamado Isidro trabajaba en campo, clavó una aguijada y brotó un manantial. Esta fuente, ubicada en la ribera derecha del río Manzanares -navegable solo a pie o a caballo, según dijo con ironía de un ingeniero de Caminos-, curó a algunos pobladores que, agradecidos, divulgaron su fama por todo el reino. Si nos fiamos de las leyendas, que a veces es lo único fiable que tenemos, los Reyes Católicos hicieron “extraordinarios reverentes cultos” a San Isidro. Pero la tradición de la cual hoy somos seguidores o herederos, surge más tarde, durante el reinado del nieto de Fernando el Católico, el emperador Carlos V.

En una de sus primaveras Carlos V sufría unas quartanas, que quiere decir fiebres muy severas, que nadie sabía curar ni siquiera aliviarlas. Agotada por la preocupación y sintiendo que mayor espera sólo perjudicaría a su esposo, la emperatriz Isabel de Portugal se decide por un remedio popular: acudir a la fuente de San Isidro. Por algo la alaban los madrileños. El remedio no decepcionó: el emperador se curó. Isabel construyó la primera capilla para proteger la fuente milagrosa, además, su primer hijo, el príncipe Felipe, nació bajo la protección de San Isidro. No se sabe bien qué influencia tuvo esta devoción de su madre en Felipe II para que éste rechazase otras ciudades, como Toledo, Lisboa o Valladolid, para que fueran capitales de España. Tampoco se sabe si esta decisión fue o no acertada, pero de lo que no cabe la menor duda es que fue un acierto la solicitud enviada por Felipe al Papa Clemente VIII para que iniciara el proceso de la beatificación del patrono de su nueva capital. Los trámites, que nunca andan rápido, concluyeron con la canonización de San Isidro Labrador en 1622.

La ermita actual es del siglo XVIII, construida gracias a la participación del virrey de la Nueva España, actual México, Baltazar de Zúñiga. La romería, que ahora más parece a verbena, se convirtió en una fiesta más castiza y popular. Pero, antes de visitar la ermita, es imprescindible ver la procesión que sale de la Colegiata de San Isidro compuesta por dos figuras, la del Santo y su esposa Santa María de la Cabeza. Y, por fin, para la tarde sólo hay dos opciones o ir a los toros o tomar una buena merienda en la pradera de San Isidro. Es de notar que ambas actividades han sido marcadas por señora Carmena. Se ocupó del horario del mercadillo popular y ahora es mejor llevar consigo las rosquillas, tontas o listas, y otras cosas de comer, porque el horario y días de la apertura de los tradicionales puestos han sido reducidos este año. En cuanto a los toros, pues, gracias a que señora Carmena desprecia la fiesta y no se mete en su organización, ni siquiera se acerca a la plaza, la feria taurina va muy bien al son de pasodobles, entre toro y toro, con la plaza de las Ventas rebosante y alegre.

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