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DE MARC CREHUET

El rey tuerto: crisis de identidad en el país de los ciegos

viernes 20 de mayo de 2016, 12:31h
Marc Crehuet debuta en la gran pantalla con una adaptación de su exitosa obra teatral El rey tuerto, una comedia tan negra como entrenida sobre la crisis de identidad de toda una generación que busca respuestas en medio del caos, defendida con brillantez por los mismos cuatro actores de la versión escénica.
El rey tuerto: crisis de identidad en el país de los ciegos

EL REY TUERTO

Director: Marc Crehuet
País: España
Guión: Marc Crehuet (Obra: Marc Crehuet)
Fotografía: Xavi Giménez
Reparto:Alain Hernández, Miki Esparbé, Betsy Túrnez, Ruth Llopis, Xesc Cabot

Sinopsis: Dos amigas, Lidia (Betsy Túrnez) y Sandra (Ruth Llopis), que llevan mucho tiempo sin verse deciden organizar una cena de parejas para así conocer a sus respectivos novios: David (Alain Hernández), un policía antidisturbios, e Ignasi (Miki Esparbé), un documentalista social que perdió un ojo por culpa de una bola de goma que le golpeó en una manifestación. Todo ello amenizado por los discursos que un político (Xesc Cabot) da desde la televisión. Cuatro personajes que quedan para cenar, recordar viejos tiempos y ponerse al día... sin saber que David dejó tuerto a Ignasi.

Lo mejor: Las interpretaciones |Los diálogos| Los puntos de comedia negra | Un final redondo en su faceta artística

Lo peor: Aunque hay un juego pretendido de estereotipos, a ratos cae en la evidencia | La intención del director se exhibe a veces en exceso

Una puesta en escena que no reniega de su pasado teatral, un cuarteto de actores en estado de gracia, diálogos ágiles, mordaces y acertados y, de fondo, la crisis identitaria de una generación de españoles –la que ronda la treintena- nacida en la bonanza y moldeada al calor de los cambios políticos, económicos y sociales de las últimas décadas. Más o menos, esos serían los ingredientes de El rey tuerto, la adaptación cinematográfica que Marc Crehuet ha realizado de su propia –y sumamente exitosa- obra teatral homónima. Por encima de todo hay un hecho: el de un cine distinto y arriesgado que llega a la cartelera este viernes como un soplo de aire fresco.

La acción parte de una cena: la que organizan Lidia (Betsy Túrnez) y Sandra (Ruth Llopis), dos amigas del instituto, a modo de reencuentro tras años sin saber la una de la otra; una buena ocasión para que, además, se conozcan sus respectivas parejas, David (Alain Hernández) e Ignacio (Miki Esparbé). La tensión entre los cuatro surge desde el inicio: las amigas han evolucionado de maneras distintas, hasta situarse aparentemente en las Antípodas la una de la otra. Lidia se ha quedado en su barrio de toda la vida, se ha casado, está en paro y ocupa sus días haciendo cursillos de las más variadas y dispares disciplinas. Sandra ha ido a la universidad, trabaja por aquí y por allí en el mundo audiovisual y forma parte de un grupo de activistas por los derechos sociales. La primera, se ha acomodado en una felicidad de andar por casa; la segunda, no se escapa de tufillo snob y un aire de superioridad irritante. Antes del postre, la cosa explota al descubrir que el novio de Lidia, policía antidisturbios acostumbrado a cumplir órdenes sin hacer muchas preguntas, y el de Sandra, un documentalista social financiado por su padre que ha perdido un ojo, se conocieron vagamente durante una manifestación, pelota de goma mediante.

Crehuet firma un arranque magistral dando de antemano al espectador la información que hará arrancar la acción: que David reventó el ojo a Ignacio. Así que la cena entre los cuatro protagonistas es una pequeña pieza de coleccionista de momentos cinematográficos. Ese suspense que Hitchcock metía en forma de bomba debajo de la mesa, Crehuet lo transforma en un secreto a voces y lo va soltando entre plato y plato, con diálogos brillantes aderezados de comedia negrísima. Indigestión asegurada y una escena que genera tanto malestar como atracción en el espectador, que se quedará, sin duda, con ganas de más. Porque cuando parece que estamos ante una suerte de Polanski, la acción se dispara y la película incide, de manera más evidente, en la base que se acaba de cocinar: la búsqueda del rol en una sociedad desnortada.

El cineasta presenta una rara combinación de personajes que, por un lado, explotan el estereotipo llegando a ratos al delicado terreno de la parodia, y, por otro representan de forma orgánica a toda una generación que busca respuestas, a los buenos y a los malos, en medio del caos. El equilibrio lo logran los cuatro actores, los mismos que defendieron el montaje en su versión teatral, que hacen un trabajo excepcional y llevan la historia por el camino adecuado: de la comedia a la reflexión de forma fluida, sin perder de vista el entretenimiento masoquista que produce ese punto exacto de desazón, de escozor, que tiene El rey tuerto.

La fotografía apoya la ansiedad ante el presente y el futuro sobre la que reposa la cinta y, a pesar de que el acabado de la cinta ha mantenido el aire teatral de su semilla, hay algunos recursos de montaje que imprimen personalidad y ritmo. Al final, las posibilidades cinematográficas y la esencia teatral confluyen en una exquisita ruptura de la cuarta pared que pone la guinda a una cinta que, pese a leves flaquezas por abusar a ratos de la evidencia y exponer en exceso los porqués, viene cargada de talento y arrojo.


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