Encuentro muy estimulante lectura en este último número del TLS (Times Literary Supplement). Hay en primer lugar una reflexión sobre las posibilidades de la Weltliteratur (o literatura mundial o ultra nacional) que habrían comprendido antes que nadie en la época contemporánea Goethe o Marx. Goethe había dicho a Eckerman, “la literatura nacional es una expresión más bien sin sentido: tenemos a mano la literatura mundial y todos debemos tratar de apresurar su venida”. Marx estableció por su parte en el Manifiesto Comunista que las literaturas nacionales son unilaterales y limitadas y por tanto, en razón de la expansión universal de las perspectivas de la clase burguesa, serán sustituidas por una literatura mundial.
La cuestión puede proponerse desde un punto de vista ideológico: apostar por el nacionalismo literario es reaccionario, pues la perspectiva nacionalista descansa en el relativismo al no admitir valores universales, sean estéticos, éticos, etc, piensa por ejemplo Danilo Kis. Lo que ocurre es que la novela, como género modélico, como el periódico, es un instrumento nacionalista, “ambas formas suministraron los medios técnicos para “representar” la clase de comunidad imaginada que es la nación” (Benedict Anderson, Comunidades imaginarias 1982). Vivimos lo queramos o no en tiempos nacionales, aunque la lengua no tiene por qué ser evaluada exclusivamente en ese marco mental, como lo prueba que el español sea utilizado en nuestra América por los nuevos estados nacionalistas tras la emancipación (sobre este tema versó recientemente el excelente discurso de aceptación de Santiago Muñoz Machado del doctorado honoris causa en la Universidad de Extremadura). Puede utilizarse un idioma de modo no nacionalista cuando lo que se trata es de reflejar la vida de alguien cuya identidad es fluida, no dependiente de nadie ni en el espacio ni en el tiempo: peripecias de quien vive, como ocurre cada vez más a tantos, en diversos países y que se pueden transmitir utilizando la traducción. Precisamente lo que vale es lo que sobrevive a la traducción, viene a decir Kazuo Ishiguro, que es lo que realmente tiene sustancia. Según este punto de vista, bien ejemplificado por Navakov, la nacionalidad de un escritor es de importancia secundaria, “el verdadero pasaporte de un escritor es su talento”.
Con todo nos encontraríamos ahora en un periodo de transición, de “mientras tanto”. No se habría de aspirar a la superación de la variedad sino a su utilización en la mezcla, de acuerdo con planteamientos “criollos” o archipelágicos. El cambio sucederá con el intercambio sin perder o disolver nuestra identidad. Hoy por hoy “leer y escribir desde la perspectiva de la literatura mundial requiere una oscilación entre dos polos: lo internacional y lo local concreto, solo la traducción y lo intraducible”, concluye Adam Thirlwell su comentario en el TLS.
El segundo comentario se refiere a la noticia que da Lucy Beckett en torno a un reciente libro sobre las Confesiones de San Agustín. No me interesa resaltar si las Confesiones es un libro o no de mística, aunque ciertamente se reconoce que “ningún escritor místico medieval- y aun San Juan de la Cruz después- dejó de ser influenciado por dicho libro”, pues la unión del alma con Dios, tal como refiere la experiencia agustiniana, solo puede para un cristiano asegurarse en el mundo futuro. También resulta interesante el estudio que se lleva a cabo de los años maniqueos de Agustín, expresión de un pluralismo religioso de la época muy bien reflejado.
El libro registraría la humanidad del cristianismo de Agustín, en particular la significación de la sexualidad y la vida familiar, que pasaban a ser valorados por un hombre de su experiencia, a pesar de que a San Agustín se le echa la culpa de la actitud negativa de la Iglesia hacia las mujeres y el sexo. No se trata solo de recordar el pasaje de las Confesiones en que Agustín pide “Señor hazme casto, aunque todavía no”. Agustín vivió durante trece años con fidelidad con una pobre mujer cartaginense con quien tuvo un hijo y a la que reemplazó con una concubina, pero según Lane Fox sus puntos de vista morales fueron “moderados y humanos”. Así contra la costumbre africana de que las mujeres fuesen detrás de sus maridos recomendó a las parejas cristianas pasear a la par y se opuso a que las mujeres no accediesen a la eucaristía en su periodo mensual, de modo que consideró que lo establecido por la naturaleza no podía ser prohibido por Dios.
Además en el libro recensionado de Robin Lane Fox se da cuenta del universo del Imperio romano, con patrones de conducta, al menos en lo que se refiere al comportamiento de la clase política o intelectual, comunes “desde el Atlántico hasta el Éufrates, desde el Mar del Norte hasta el Sáhara”. Agustín, antes de convertirse en el obispo de Hipona, fue profesor universitario de retórica en Cartago, siendo la oratoria desde el tiempo de Cicerón una vía alternativa a la del ejército para que el plebeyo alcanzase la gloria. Las Confesiones son escritas 13 años antes de que los visigodos saquearan Roma. A pesar de la impronta revolucionaria del cristianismo, Agustín , no dejó de añorar la calma pagana, así como “ la importancia del bello modo de hablar y el poder educativo de los clásicos griegos”(Dejemos para otra columna la aportación a la autobiografía del San Agustín, sus ideas sobre las dos ciudades o la tesis de Hannah Arendt sobre este personaje)
La tercera lectura se refiere a un estudio biográfico sobre Benjamin Franklin (Me refiero al comentario de T.H. Breen sobre el libro de Carla J. Munford Benjamin Franklin and the Ends of Empire). Quizás este personaje es el único miembro de la generación de los padres fundadores (Washington, Adams, Jefferson) que habría perdurado, por méritos propios como científico y por su reflexión política, si la Revolución no hubiera tenido lugar. La verdad es que sobre este autor hay una buena bibliografía que quizás contradice su pretensión de elusión: “Deja que te conozcan todos, pero no permitas que nadie lo haga del todo”. El libro testimonia el esfuerzo en vano de Franklin por convencer a los ingleses de la forzosa necesidad de respetar la igualdad si se quería mantener el Imperio, anticipando que la inflexibilidad sería la causa de la revolución: la vieja idea mercantilista del Imperio no serviría en el futuro ni a los británicos ni a los habitantes de las colonias. Por ello propuso crear un Gran Consejo compuesto de representantes de las colonias y encargado de las materias de comercio y defensa. Pero sus intentos de que las colonias no fuesen tratadas como súbditos de segunda clase no tuvieron éxito.
Por el contrario, escribió en 1759, “la opinión predominante, en lo que me consta, entre los ministros y otra gente principal es que las colonias tienen demasiados privilegios y estos son asimismo demasiado grandes; y que interesa a la Corona y a la Nación reducirlos”. A Franklin le hubiese gustado que las cosas no hubieran tomado, consecuencia de la arrogancia, el camino inevitable de la Revolución, y poder seguir considerando a Londres su casa, pero no pudo convencer a los hombres que dirigían Gran Bretaña de tratar a los americanos como sus iguales. De otra parte, la desigualdad no solo quiebra los imperios, también destruye internamente los estados y por eso estos tienen el derecho de impedir la riqueza desmesurada de los pocos. La defensa de la igualdad en la Unión, a pesar asimismo de los esfuerzos de Madison, que hizo Franklin tuvo tan poco éxito como su apuesta por la igualdad en el Imperio.