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TRIBUNA

Los diarios de Ruiz-Giménez

miércoles 25 de mayo de 2016, 20:38h

Las Cortes Generales y el Defensor del Pueblo han tenido el acierto de publicar un nuevo volumen de los Diarios de una vida de Don Joaquín Ruiz-Giménez. Mientras el volumen I recogía una selección de los Diarios privados entre los años 1967-1978, este volumen II se centra en el periodo inmediatamente posterior, comprendido entre 1979-1988, adentrando al lector en una prometedora crónica de la historia contemporánea española en la que se sucedieron acontecimientos claves, desde el punto de vista socio-político, sin los que no se puede llegar a entender la situación actual de España y de los españoles. Tengamos en cuenta que estos años arrancan con el nacimiento de la Constitución española (1978) y el inicio de una compleja etapa democrática que rompían de plano con la larga dictadura franquista de la que ya dio buena cuenta Don Joaquín en el volumen I.

Se nos introduce en un periodo fascinante por su carácter esperanzador y al mismo tiempo frágil, en el que todos los esfuerzos de hombres como Ruiz-Giménez no fueron en balde para conseguir consolidar en España el Estado de derecho que pivotaría, desde entonces, sobre dos pilares fundamentales: el principio del imperio de la ley y la protección de los derechos fundamentales. Don Joaquín se sumerge en ellos a través de los hechos que marcaron esta etapa tan importante de la historia de España: las segundas elecciones democráticas (1979), el gobierno de Adolfo Suárez, el secuestro de Javier Rupérez y la repentina muerte de su mujer Gerry, el intento de golpe de Estado del 23-F, el gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo, la elecciones de 1982 y el triunfo del Partido Socialista, el primer mandato del gobierno de Felipe González, su estrecha relación con Gregorio Peces-Barba o Fernando Ledesma, los atentados de la ETA, el surgimiento de los GAL, el referéndum de la OTAN, el ingreso de España y Portugal en la entonces llamada Europa comunitaria en 1985, su entrevista personal con Fidel Castro al comenzar el año 1988, etc.

Sobra decir que el hecho de que no saliera victorioso en las elecciones de 1977 con su partido de Izquierda Democrática (ID) no le convierten en un ser ajeno a la vida política española a partir de esta fecha; es más a su actividad política, se sumaría durante esta larga década su intensa actividad jurídica, académica, de defensor de los derechos humanos hasta que en 1982 ganara, no sin dificultades, el puesto de Defensor del Pueblo que disfrutaría durante cinco años.

Ruiz-Giménez se nos revela como un hombre independiente, de convicciones éticas profundas, al que le gustaba servir de punto de encuentro y de diálogo. Prueba de que siempre lo fue es la equidistante actitud que mantuvo respecto a los partidos políticos por los que sentía claras simpatías y afinidades (PSOE y UCD). De ahí que se molestara profundamente cuando ciertos medios de comunicación se empeñaban en presentarle como alguien que estaba “vendido al PSOE”. Queda en evidencia que el diálogo se convierte en una constante a lo largo de su vida para conseguir un mundo más humano (una Iglesia nueva, una España nueva, un mundo nuevo…).

Impresiona constatar a través de las páginas del Diario hasta qué punto Don Joaquín fue siempre fiel a su conciencia. Tenía el don de no perder la serenidad, de no entrar fácilmente en polémica, aun cuando los ataques fueran de todo punto injustificados. A la desproporción de argumentos irracionales contestaba siempre con la moderación y cordura que caracterizaban a su temple personal. No tenía otro criterio que lo que su corazón y su cabeza –y eso, a su modo de ver, era la base de la propia conciencia- le impulsaban a mantener. Y es que se sentía orgulloso de que en su conciencia solo mandaran Dios y él mismo.

Resulta obligado reconocer que Don Joaquín fue una figura clave para los diálogos posconciliares para una iglesia nueva, para los diálogos en aras de conseguir una Iberoamérica más humana, para lograr una España más libre, más justa, más solidaria; diálogos también en torno a la nueva Constitución y los derechos humanos; diálogos de apertura a Europa… pero por encima de todos esos diálogos, situaría yo, lo que constituía para él lo más excelso: el amor a todos los seres humanos, y a todos los pueblos.

Su actitud de coherencia ética profunda le condujo a proclamar con contundencia “no” a la pena de muerte, a la guerra, a la eutanasia y al aborto directo, libre e indiscriminado, desde un plano de noble y coherente rebeldía. Don Joaquín fue un claro defensor de la amplitud de miras, del respeto a la Constitución y de los principios de igualdad de oportunidades y de primacía de la libertad, sin más límite que el que dictaminara el Código Penal.

En las páginas de este volumen encontramos también –como no podía ser de otro modo- un Don Joaquín implicado en las tareas de la universidad, por considerar que ésta constituía uno de los ámbitos más humanos a pesar de sus graves defectos. El autor nos transporta hasta la altura académica de los Seminarios de Profesores a los que habitualmente asistía, participando activamente, gracias a los debates que se generaban como consecuencia de ponencias de intelectuales de la talla de J. L. Aranguren, que no dejaba indiferente a nadie con sus tesis ético-políticas de calado crítico, moral y utópico. Digno de resaltar también son la reuniones del Instituto de Derechos Humanos en la Universidad Complutense, que dirigía Gregorio Peces-Barba a finales de los ochenta, con asistencia de los viejos miembros (Truyol, Díez de Velasco, Gimbernat, Carmen de Veses, etc.) y de los jóvenes (Eusebio Fernández, Elías Díaz, Páramo, González Amuchastegui, Liborio Hierro, de Asís, etc.). Aunque también –como no podía faltar- quedan retratados los lados oscuros de la universidad, a la que llega a referirse como “la selva”.

Los años del periodo del Diario (1979-1988) fueron años ciertamente complicados en España sobre todo por la “locura criminal de ETA”. La moderación característica del temple de Don Joaquín se transforma en absoluta firmeza cuando se refiere a “los comandos asesinos”, una “tortura colectiva”. “Mas no es posible descorazonarse ni dejar que <se asesine la esperanza> de nuestro pueblo”, decía. Es admirable que a pesar del dolor que le producen las muertes, no se mostrase nunca a favor de la pena de muerte, fiel a su talante respetuoso con el bien más sagrado: el derecho a la vida. Asimismo resulta ejemplar su actitud de sereno acatamiento a los fallos judiciales “injustos” junto a su actitud esperanzadora de que el espíritu democrático calase de una vez por todas en las instituciones del poder judicial porque, como precisaba, “de ello depende, en gran medida, la efectividad de la Constitución y el afianzamiento de una convivencia civilizada”. Apelaba por ello, con insistencia, a la independencia del juez.

La obra recoge en su parte final una selección de bellas fotografías cedidas por la familia Ruiz-Giménez. En todo caso, a pesar del caudal de información, de datos y personajes históricos de nuestra España reciente que aparecen a lo largo de los Diarios de la vida de Don Joaquín entre 1979-1988, quedémonos con su personal mensaje de que hay cosas que quedan sin expresar, a sabiendas de que “los silencios y la huella en lo hondo del alma de lo no explicitado, conservan mejor las esencias de lo que más nos impresionó en nuestra vida”.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    3108 | Pontevedresa - 25/05/2016 @ 23:28:14 (GMT+1)
    Me ha encantado tu artículo sobre Ruiz-Gimenez a quien me dí el gusto de votar, aunque tan poco éxito tuvo, y creo que si ahora levantara la cabeza el susto sería morrocotudo al ver el guirigay político que hay y cómo los comunistas revolucionarios parece que han gustado y nos retrotraen a tiempos anteriores a la caída del muro, y como la radicalización en España es un veneno que espero decaiga en las próximas elecciones por el bien de todos los españoles. Aunque no tuvo su escaño, sí fue grande su influencia por su autoridad moral, con cuyas teorías me sentí y me sigo sintiendo indentificada porque representaba, la moderación, el respeto al otro, la ausencia de agresividad, de insultos de mal estilo de groseras formas que ahora tenemos que soportar. me alegro mucho de que una joven como tú haya escrito este artículo tan certero y tan justo porque era tal y como lo describes. Nunca lo conocí personalmente, pero para mí fue y es un referente. Gracias.

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