Tras el pacto del botellín, la UTE líquida, Garzón e Iglesias van al unísono. Ahora les da por la industria del celuloide (el cine siempre ha sido una formidable arma de penetración para el totalitarismo), y han montado una coproducción sobre Venezuela. El protagonista del film es un gran estadista demócrata que para defender a su amado pueblo debe combatir el germen del golpismo. El héroe logra encerrar en presidio a los golpistas que persiguen la destrucción de su idílica democracia. La trama tiene su abyecto mensaje: si el opositor venezolano, Leopoldo López, está en la cárcel es por un intento de golpe de Estado contra el régimen democrático de Maduro. Clarifica más el argumento, Juan Carlos Monedero, que hace a la perfección su trabajo de guionista comparando al presidiario con Tejero, el del 23-F. La farsa de este tinglado comunista no es solo comparar a Leopoldo López con un golpista, sino también concebir al régimen dictatorial de Maduro como si fuera una democracia.
Esta saga de películas tiene solera. Su estreno data del 25 de noviembre de 1936 cuando Stalin presentaba al VIII Congreso extraordinario de los Soviets, el proyecto de Constitución, que iba a ser clamorosamente aprobado. Entonces, con la máxima solemnidad, el tirano protagonizó una tragicomedia: “Se habla de democracia, pero ¿qué es la democracia?, la democracia en los países capitalistas, donde existen clases antagónicas, es, en definitiva, la democracia de los fuertes, la democracia para la minoría que posee. En cambio, la democracia de la URSS es una democracia para los trabajadores, es decir, para todos. Por consiguiente, los principios de la democracia resultan viciados no en el proyecto de nuestra Constitución de la URSS, sino en las Constituciones burguesas. Y la Constitución de la URSS es la única Constitución en el mundo que sea democrática de verdad”. Es el mismo hilo argumental que sostienen Maduro y los comunistas de aquí, que hace héroes de los criminales y criminaliza a las personas decentes.
El marxismo siempre provoca en sus seguidores el complejo de compararse con un paraíso. Por eso viven del dogmatismo pero sin confrontarlo demasiado con la realidad. Lo real hubiera sido comparar a Leopoldo López con el holandés Van der Lubbe, aquél chivo expiatorio acusado por los nazis del incendio del Reichstag. Otra película de la factoría totalitaria. Por cierto, en las pantallas de los cines italianos de la posguerra cada vez que algún documental proyectaba imágenes de Mussolini aparecía el siguiente rótulo: Un pueblo que sabe reírse de sus propios defectos es un pueblo civilizado. La sala rompía a carcajadas. Ojala algún día los venezolanos, recordando a Maduro, se rían como italianos.
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