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TRIBUNA

¿Se puede medir la felicidad?

viernes 03 de junio de 2016, 20:10h

Desde hace 4 años, el Earth Institute de la Universidad de Columbia realiza un informe para las Naciones Unidas donde clasifica a 157 países de acuerdo a la felicidad de sus ciudadanos y a su sensación subjetiva de bienestar. En el “World Hapiness Report”, los diez primeros son: Dinamarca, Suiza, Islandia, Noruega, Finlandia, Canadá, los Países Bajos, Nueva Zelanda, Australia y Suecia. Países donde uno pensaría que se vive muy bien, no están ni siquiera entre los 20 primeros: Francia ocupa el puesto 32 entre Colombia (31) y Tailandia (33), España el lugar 37 entre Qatar y Argelia e Italia está en el puesto 50 entre Uzbekistán y Ecuador. Ni siquiera Bután, país que inventó el término Felicidad Interna Bruta (FIB) como indicador que mide la calidad de vida en términos más holísticos y psicológicos que el Producto Interior Bruto (PIB), sale bien retratado en este estudio con la posición 84, entre China y Kirguistán. Lo de China no extraña tanto, pero sorprenden países como Portugal en el puesto 94 y Grecia en el 99. Las otras 3 grandes potencias económicas mundiales Estados Unidos, Alemania y Japón, ocupan los puestos 13, 16 y 53 respectivamente.

Los parámetros utilizados para tal estudio, y a grandes rasgos, son: 1- PIB per cápita en valores de paridad de poder adquisitivo (PPA); 2- Ayuda social (tener a alguien con quien contar en tiempos difíciles); 3- Expectativas de una vida saludable al nacer (relacionado con la esperanza de vida); 4- Grado de satisfacción a la hora de tomar decisiones vitales con libertad; 5- Generosidad (donaciones); 6- Percepción de corrupción en instituciones y empresas; 7- Sensaciones positivas como la sonrisa, el placer, la sensación de seguridad en la noche, el buen descanso y el sentirse interesado; 8- Sensaciones negativas como ira, preocupación, tristeza, depresión, estrés y dolor.

La felicidad, quebradero de cabeza para filósofos, artistas, místicos y románticos. Quién no se ha preguntado una y mil veces: ¿soy feliz?

Por felicidad luchamos, trabajamos y competimos. Toda una vida persiguiendo el preciado don avanzando en pos de la promesa de que ‘si lo haces bien, serás feliz’. Quemando una etapa tras otra con dedicación y perseverancia, como nos indicaron los que por ahí antes pasaron, pero, ¿y si tan abstracto concepto fuera una ilusión imposible de alcanzar? ¿Y si la felicidad de la que hablamos con tanta ligereza tuviera más que ver con el miedo a destapar nuestra insatisfacción vital o con la necesidad de mostrarnos mejores que el resto, que con la pureza del sentimiento?

La felicidad, para mí, es inesperada, efímera y volátil. Se podría definir como la suma de todas y cada una de las micro-sensaciones de placer, armonía, alegría o paz que acumulamos durante toda una vida, aunque no creo que se quede ahí, ya que también consta de aquellos momentos de temor, melancolía, agitación o tristeza que sentimos, junto con la estela y la proyección que cada uno de ellos va creando: anhelos y recuerdos. Es decir, la felicidad, al menos para mí, no es el fruto de un trabajo bien hecho, ni se conquista ni se persigue. Tampoco es mensurable. Es posible que sólo se pueda sentir en el momento presente, pero está profundamente conectada con el pasado y con el futuro de una forma tan compleja como la inmensidad de variables que la producen.

Siento que la felicidad tiene que ver más con un momento puntual que con un estado prolongado. Es una sensación tan personal e intransferible como el propio ADN, y es provocada por una serie de factores internos, externos, coyunturales y atemporales de insospechada naturaleza. Escuchar una melodía determinada mientras se conduce por una carretera vacía; el abrazo de un amigo; el sabor salado de una lágrima después del desgarro; leer con alivio el resultado de un análisis de sangre; contemplar cómo un hijo por fin se ha dormido y está fuera de todo peligro; el placer de un vaso de agua fría después de comer chocolate; el momento previo a contar un gran secreto a nuestro mejor amigo; recibir las gracias del corazón de un desconocido; estrenar calcetines; besar la cubierta de un libro cuando nos ha conquistado; el olor de la lluvia; pensar en nuestros hijos, padres, familiares y amigos vivos con una sonrisa en la boca y recordar aquellos que se han ido con el estómago encogido; las primeras caricias de una mujer; el instante justo antes de caer dormido. Felicidad puede ser todo, o nada, depende de quién, qué, cuándo, cómo y dónde. No es comparable, ni acumulable. Ricos y pobres, jóvenes y viejos, cultos e ignorantes, la felicidad, como los puntos de vista, es única y hay tantas formas de sintonizar con ella como personas, animales y plantas existen en nuestro planeta, ya que estoy absolutamente convencido de que tanto nuestro perro, Parker, como nuestra pequeña planta de romero son muy felices cuando entramos por la puerta de casa. Como lo somos todos nosotros cuando otra persona nos dedica con sinceridad unos minutos de atención, un cariño, una sonrisa o una lágrima. Parker lo hace todo junto en tan solo 5 segundos, gemidos, lametones, saltos y bruscas caricias incluidas.

Países, culturas, razas o clases sociales, medir y comparar la felicidad de unos y otros sería como negar la unicidad y el alma de cada persona. El rico, el religioso y el dicharachero se muestran más felices, ya que confirman públicamente el resultado de aquello que venden, su ‘bien hacer’. El pobre parece, sin duda, más desdichado, pero su infortunio también está lleno de alegrías y peculiaridades de su clase; el soltero pasea con chulería su libertad mientras que el casado se aferra a su tranquilidad; el exitoso despliega las velas de sus grandes logros y el fracasado disfruta de sus escasos, pero maravillosos, tesoros. Bellos, feos, listos, ignorantes, enamorados, aburridos, viajeros, padres, solitarios, espirituales y materialistas, todos sentimos, todos soñamos, todos recordamos. Todos felices a nuestra manera.


Igual no son las ramas las que nos impiden ver el bosque sino el anhelo por conseguirlo el que nos priva de disfrutar de cada una de ellas.

“La cuestión de la felicidad se torna muy simple: la felicidad no depende de adquirir nada nuevo, sino de dejar que caiga la barrera que estamos constantemente erigiendo por el hecho de perseguirla. Basta con dar media vuelta y aproximarse a la felicidad por el otro extremo, dejando de tomar parte en el ciclo deseo-placer, simplemente sabiendo que esto es perfecto, ahora, aquí, tal como las cosas son, y que no es preciso que nada sea diferente en lo más mínimo. Si eso puede ser algo más que un simple afirmarlo, algo más que un simple creerlo, para convertirse en un saberlo de veras en el seno de tu corazón, entonces, simplemente, hay felicidad”. David Carse, “Perfecta Brillante Quietud”

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