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CRÓNICA/ ENSAYO

Svetlana Aleksiévich: El fin del “Homo sovieticus”

domingo 12 de junio de 2016, 15:14h
Svetlana Aleksiévich: El fin del “Homo sovieticus”

Traducción de Jorge Ferrer. Acantilado. Barcelona, 2015. 643 páginas. 25 €. La premio Nobel de Literatura ofrece una lúcida y ejemplar exploración de la extinta URSS, así como un diagnóstico de la Rusia de hoy, donde perviven signos del pasado.

Por Alfredo Crespo Alcázar

La obra de Svetlana Aleksiévich, premio Nobel de Literatura, supone un auténtico tratado de la historia del siglo XX ruso y soviético. Al respecto, una cronología sucinta facilitada al final del libro, nos presenta los acontecimientos más sobresalientes, si bien algunos de ellos aparecen diseminados a lo largo de las más 600 páginas previas. Así, en las entrevistas sostenidas por la autora, hechos como la guerra de Afganistán, la Perestroika, la Segunda Guerra Mundial y personajes de sobra conocidos como Lenin, Stalin o Gorbachov hilvanan los discursos y reflexiones de los protagonistas.

Asimismo, en la obra se aprecia el contraste entre dos épocas antagónicas. Por un lado, la de la dictadura comunista (vivida en primera persona por la mayoría de los entrevistados, bien porque sufrieron las persecuciones estalinistas, bien porque ocuparon cargos de responsabilidad dentro del régimen o del aparato del PCUS). Por otro lado, los años posteriores a 1991, con los gobiernos de Boris Yeltsin. Estos últimos, en los cuales tanto Occidente como buena parte de los soviéticos habían depositado grandes esperanzas, si nos atenemos a los testimonios de los entrevistados, generaron frustración y deseo de regresar a los años más duros del comunismo. La causa principal de ello radica en que la nomenclatura de los oligarcas reemplazó a la del partido único, apareciendo una serie de situaciones como el paro masivo, la especulación financiera o la pérdida absoluta del valor de los títulos universitarios, desconocidas en el periodo 1917-1991.

Junto a ello, no debe menospreciarse otro hecho: los enfrentamientos fratricidas entre las repúblicas exsoviéticas, las cuales hacía no mucho habían convivido armónicamente, observándose también sentimientos xenófobos hacia algunas de las nacionalidades componentes del (antiguo) “imperio”. Así, se desataron enfrentamientos sangrientos, fenómeno que también se produjo en los Balcanes. Los “antiguos hermanos” se convirtieron en enemigos ante los que no cabía compasión ni respeto. Las luchas entre armenios y azerbayanos o el tratamiento dado en Moscú a los tayicos, helarán la sangre del lector.

Desde un punto de crítico, cualquier observador externo puede afirmar que los soviéticos, cuando implosionó la URSS, no supieron qué hacer con su libertad ni cómo gestionarla, quizás porque no estaban preparados para ello. En este punto, la autora hace un matiz nada baladí: todos ellos creen que han sido víctimas, pero ninguno entona el mea culpa, ni se considera cómplice de lo ocurrido en las décadas anteriores a 1991. Por el contrario, la mayoría hablan orgullosos de cómo habían colaborado en la supuesta modernización del país, sin reparar en que realmente habían sido explotados y despojados de su dignidad como seres humanos.

Dicho con otras palabras, los soviéticos fueron peones de usar y tirar, de los cuales su gobierno de despreocupó, dejándoles en el absoluto desamparo cuando ya no le fueron necesarios o habían sido amortizados. No obstante, quienes sufrieron esta situación, parecen aliviarse culpando a la democracia y al capitalismo y no al gulag, a las deportaciones y a las delaciones.

En este sentido, el comunismo resultó ser una poderosa máquina publicitaria que creó una sociedad conformista (incluso amorfa) a la que agasajaba permanentemente con la entrega de diplomas y medallas, mientras le robaba su libertad. Una sociedad uniforme en la que no había lugar para la diferenciación…ni tampoco se exigía.

Consecuentemente, víctimas y verdugos fueron las piezas empleadas por el régimen para construir el “paraíso” (comunista) en la tierra. Sin embargo, el resultado final resultó más un infierno, aunque muchos de los entrevistados lo nieguen. La dictadura comunista generó un superávit de tanques, armas y carros de combate y un déficit de prosperidad y de libertad. El sentimiento y el orgullo nacional por haber ganado la Segunda Guerra Mundial fue el cebo principal que suscitó las adhesiones al régimen.

Esta situación contrasta con el predominio de una sensación de humillación por cómo había sido tratada Rusia en los años noventa. La mayor parte de los entrevistados ponen nombre y apellidos a los responsables: Mihail Gorbachov y Boris Yeltsin, a los que acusan de haberse vendido a Estados Unidos.

Al respecto, la población llegó al convencimiento de que Rusia estaba siendo maltratada en la escena internacional por los vencedores de la Guerra Fría, de ahí que uno de los entrevistados afirme que “la Rusia que vivía de rodillas se ha levantado. Así que vivimos tiempos muy peligrosos, porque no se debió humillar a Rusia durante tanto tiempo”(pág. 394).

En efecto, se advierte que ideas pasadas de moda (por ejemplo, el culto a Stalin, al que muchos rusos de hoy consideran el gran dirigente soviético de todos los tiempos o jóvenes portando camisetas con la hoz y el martillo), han irrumpido en amplios sectores de la población rusa, tras probar los luces y las sombras del capitalismo.

Además, portales de internet hacen proselitismo de lo que fue la URSS, a la que vinculan con “el gran imperio ruso”, “la mano de hierro” o “la excepcionalidad de Rusia”. Muchos creen que el gran error fue no optar por la vía seguida por Corea del Norte, Cuba y, sobre todo, China “un país gobernado por los comunistas que ya es la segunda economía mundial” (pág. 35).

Con todo ello, cabe afirmar que los rusos siempre han tenido la necesidad de un “zar”, como sinónimo de mesías, que sin reparar en medios y formas, les trace el camino a seguir. En la actualidad ese rol parece ostentarlo Vladimir Putin, si bien éste goza de un buen número de detractores que se manifiestan en su contra (algo imposible en los años del estalinismo, por ejemplo).

En este punto, la obra ofrece un excelente cuadro de la Rusia de hoy en día. En efecto, mientras en las dos grandes ciudades (Moscú y San Petersburgo) existen grupos que cuestionan al gobierno y sus métodos (algunos incluso exigen una revolución como la de 1917) en el resto del país, este tema no tiene cabida, disfrutando el oficialismo de elevados niveles de apoyo.

En definitiva, un trabajo cuyos relatos vivenciales atraparán al lector. La autora entrevista y deja hablar, no intercede ni manipula sus respuestas. El resultado es una abundancia de testimonios personales sin adulterar, algunos escalofriantes, por ejemplo los de quienes explican su experiencia como prisioneros deportados o aquellos que describen los comportamientos de los soldados que regresaban a la URSS, tras haber participado en la guerra de Afganistán.

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