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La Zambrano de Andreu

Martín-Miguel Rubio Esteban
sábado 14 de junio de 2008, 00:36h
Hace ya casi un año la Editorial Comares publicó un libro de metafísica que, sin duda, pone a su autor en primera línea de la filosofía europea actual. Se trata de María Zambrano. El Dios de su alma, de Agustín Andreu. Y aunque aparentemente podría parecer que se trata de penetrantes schólia sobre un tema primordial en todas la obras de la Zambrano, el descubrimiento del alma, el sujeto del autor acaba imponiéndose, pues que del mismo modo que María Zambrano se confesaba orteguiana y zubiriana y, sin embargo, tiene su mirada propia, aquí también Agustín Andreu cuaja en su singularidad filosófica.

El alma es ante todo una realidad descubierta por el pitagorismo, y fue instrumentalizada por Aristóteles para sustanciar el mundo. El ser humano es un complejo teándrico cuyo órgano noético puede descomponerse en intelecto paciente e intelecto agente. En lo paciente residiría lo singular, la individuación eterna de cada uno, en tanto que el intelecto agente apuntaría al Noùs o inteligencia infinita universal individuada en cada hombre. Y el hombre es inteligente tan sólo cuando el entendimiento agente actúa sobre su entendimiento pasivo propiamente suyo. El intelecto humano se aproxima al Entendimiento divino según va conociendo, los dos son acto de conocimiento, pleno el uno y plenificable incesantemente el otro, que alumbra de sí cada vez mayor luz del Entendimiento infinito. En tanto el entendimiento paciente es una infinitud de posibilidad y de pasión, “tan sólo” ve el hombre cuando sobre su dimensión pasiva, que es la propiamente suya, actúa el entendimiento agente y divino, que no es el propiamente suyo en tanto acto puro individuante pero que es suyo en propiedad por participación. El contenido infinito del Noûs, infundido por el Espíritu Santo cristiano o la Palas Atenea clásica, cabe en todo noûs individuado o singular. No hay intelecto individuado y real que pueda serlo sin ser en potencial actuación del infinito contenido, de “todas las cosas” que puede “llegar a ser”. La condición humana alberga al cosmos y a su pasar.

Ahora bien, ¿adónde va a parar el entendimiento agente al descomponerse la sustancia animal racional mortal: se vuelve al océano de la vida divina y allí se diluye y desindividualiza, o bien conserva algún modo real de individuación? ¿Quién garantiza nuestra individualidad después de la muerte? Pues bien, será la Trinidad, el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, el fundamento de que haya mismidad personal indestructible, más allá del ser humano temporal. Cada hombre es tan irreductible como las personas divinas, por eso la Trinidad es garante y paradigma del individuo. Por ello necesitamos una ontología trinitaria. Agustín Andreu supera las posiciones enfrentadas de San Agustín (amor) y Santo Tomás (ser) cuando afirma que el “amor Dei” ha de ser “intellectualis”, y el “intellectus” ha de ser amoroso. La relación entre las almas es “syzyguística” o fraternal, conyugal, “bajo el mismo yugo”, pues que ver y ser visto equivale a amar y ser amado. Y sólo el hombre capaz de renunciar por motivos de libertad propia a las condiciones que denigran al prójimo, será capaz de dar los presupuestos de una cristiandad interior. Y es más necesario tener a quien querer que tener a quien te quiera.

Gracias a Ortega la Zambrano descubre que el acto de la inteligencia no es vida sino que sirve a la vida, o no es vida sino en cuanto sirve a la vida. Pero la razón vital de Ortega jamás debe convertirse en sistema, en cuanto que la razón vital no puede abandonar la experiencia continua, y ésta podrá, siempre, hacer saltar por los aires el sistema. Aquí se opone el Methodus zambraniano al sistema orteguiano. Iba Ortega hacia la razón vital, a enquiciar la Razón en la vida, a concebirla desde la entrañas de la vida que es el lugar donde se concibe, desde el alma, cuando Ortega traicionó su primera intención con la razón histórica. Porque el hombre es un ser eternamente naciente: “Dilata tu nacer para la vida”, decía Góngora, el mejor poeta español. Y es que toda razón histórica acaba tropezando con el espíritu absoluto hegeliano, abstracción fría y constructo monstruoso, inhumano. Ortega debió haber defendido la memoria vital - descubrimiento suyo- frente a la otra memoria que nos ha reducido la humanidad y la libertad. Pero el Espíritu se une a las personas que están en la vida una a una, y se hace sentir en todo lo que ellas es prelógico y postlógico; es la sensación de la vida como vida que procede de la Vida. El Espíritu lo padece todo con el hombre, y está más allá de toda conciencia y actualidad, trabajando en las oscuridades y galerías de las almas particulares, que no pueden más de estar habitadas por una forma de lo divino.

También queda claro en este gran libro que cuantos quieren apartar a María Zambrano de la teología y negar el teológico carácter cristiano de su pensamiento, lo tienen muy difícil. Cabe dentro del campo de los sucesos probables que un buen día un Papa pudiera hacer a nuestra María “Doctora de la Iglesia”. ¿Por qué no?

En conclusión, Agustín Andreu se constituye con esta obra, crucial en el campo de la metafísica, en uno de los pensadores más serios que hoy tiene Europa. Y lo que quizás es más importante, se nos revela como un alma infinita de amor, que hace del infinito e inagotable agradecimiento del hombre hacia el amor la prueba de que algo eterno hay en nosotros, algo que vive en régimen de eternidad. Y quien no conozca eso, ni conoce al hombre ni se conoce.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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