El próximo fin de semana jugamos a la lotería españoles e ingleses.
En nuestro caso era imprescindible porque la Constitución (a la que de pronto han salido tantos enemigos) impone unas nuevas elecciones cuando se frustra la investidura de un Gobierno. A nadie le apetece pero no hay más remedio.
Los británicos, en cambio, se han metido ellos solitos en un jardín. O quizás hay que atribuir la responsabilidad al frívolo Cameron que pasará a la historia del Reino Unido como el hombre-referéndum. Después del susto escocés no tiene mejor ocurrencia que repetir el juego de la ruleta rusa con la decisión sobre la permanencia de UK en la UE.
Si en España se produce el triunfo de alguna formación política, por sí o en régimen de ayuda mutua, se vislumbran más consultas populares. Y ya no me refiero a las chapuceras que montan algunos Ayuntamientos ad maiorem gloriam de la demagogia de los vendedores de la participación directa. Mi desazón proviene de la pretensión de que unos pocos decidan por todos en expresión de soberanías fraccionadas.
Tanta afición orquestada a la democracia directa oculta, sin embargo, una previa selección por parte de los promotores (y gurús) de aquello que se quiere someter, y lo que no, a consulta. Es decir, ellos predeterminan por el conjunto lo consultable, asentados en su altar de depositarios del tarro de las esencias.
Si es probable que –como ha escrito José María de Areilza el 27 de junio Cameron anote en su diario “Hay preguntas que nunca deben hacerse”, es seguro que la autodeterminación lo es del soberano único e indivisible. Y algo más para la reflexión. ¿Vincula a todos una decisión adoptada por un porcentaje de ciudadanos que no supere un porcentaje de al menos el 80 por 100? ¿Qué mayoría de votos es exigible para entender que una consulta es vinculante? ¿Es suficiente con que haya un voto más a favor que en contra?
P.S.: En todo caso quiero dejar constancia del acierto en la confección de la papeleta por los británicos. El elector no elige entre papeletas impresas con el sí, el no o el blanco, sino que tiene que, por sí mismo, marcar con una X en la casilla correspondiente (o bien en “Remain a member of the European Union” o bien en “Leave the European Union”). Creo que ello hace que el voto sea más reflexivo pues es necesario un acto complementario de voluntad que el mero de elegir una papeleta preconfeccionada por otro.