Un 15 de junio de hace 39 años, un partido totalitario como el PCE, encabezando sus listas personas de rancio abolengo revolucionario, como Pasionaria, Alberti, Carrillo y Líster, con tarjeta eurocomunista y todo, obtuvo el 9.4% de los votos. La previsión, para junio 2016, sitúa a la coalición Podemos + IU, ribeteada de leninismo, con más del 24% de los votos, en el segundo lugar del arco parlamentario. ¿Cómo explicar esto?
Objetivamente, la renta per cápita de entonces eran 3.631 $, frente a los 29.836 € de hoy. El vuelco experimentado en infraestructuras, red ferroviaria, autovías, hospitales, escuelas y número de universidades (la calidad es otro tema), derechos y garantías de los ciudadanos, servicios municipales de toda índole no admite parangón. La distancia es sideral. ¿Cómo comprender el empecinamiento nacional por retornar a 1932?
Subjetivamente, el panorama es muy distante también. Buena parte del electorado de 1977 votó en reacción al sufrimiento de la guerra civil y los temblores ente la II Guerra Mundial. A otra parte, nos habían contado las tragedias y compartíamos el pánico. La inmensa mayoría resultante distribuimos nuestras preferencias entre UCD y aquel PSOE de Suresnes, más actual que el socialismo histórico y menos inspirado que el socialismo popular.
Entonces había un elenco de líderes, encantadores unos como Suárez y Felipe González, laboriosos otros como Abril Martorell y Guerra, y sesudos como Tierno y Fernández Miranda, que pergeñaron un proyecto: había que consolidar la salida de la oprobiosa dictadura, reconciliarnos con la madre Europa, coger en marcha el tren del progreso, limpiar la casa militar, quitar la herrumbre de las mentes adormiladas por la Escolástica. En fin, había que modernizar una Nación. Hubo pactos de reconciliación y un trabajo bien hecho.
El pueblo llano supo depositar confianza en sus líderes. Por confiar, confiaba hasta en aquel Rey, aún apadrinado por la autoridad señera del padre y la sabiduría del Marqués de Mondejar. Hubo un sábado de gloria, cuando resucitó el PCE y Carrillo perdió la melena. Pudo volver Tarradellas a hacer política decente y con corbata. Y se repatrió la intelectualidad que quiso volver: vino María Zambrano, y se quedó Madariaga en Oxford. Eran tiempos de libertad, reconstrucción y esperanza, que supo guardar su miedo y su ira y no lograron abatir los tanques de los monárquicos Armada y Milans del Bosch, ni el contubernio político-militar de Lérida.
Aquel capital político, amasado con entusiasmo, una fuerte dosis de ética en la conducta pública y lealtad a la ciudadanía, se ha malbaratado, se ha esfumado y de aquello no queda ni la ceniza. ¿Qué ha pasado?
El sistema neoliberal, que se ha impuesto a partir de la década de los setenta, está fracasando estrepitosamente, sin que se vean asomos de repuesto, que es lo más deprimente.
De una parte, este sistema crea desigualdad entre los extremos de la banda social. Ello genera indignación de quienes tienen consciencia del fenómeno y de quienes son víctimas directas.
En segundo lugar, en la oceánica banda intermedia de la sociedad, el sistema crea toneladas de frustración, ya que el sistema funciona sobre el incremento del consumo y de las expectativas de estar en el ir… Y, por mucho que nos esforcemos, al final, en el mejor de los casos, la mayoría acabamos como zangarilleja por rastrojo, muertos de sed y de asco por tanto voy que vengo, o lo que es peor, más ansiosos, insatisfechos e irritados aún.
En tercer lugar, la Declaración Universal de Derechos y Deberes Económicos de los Estados, promulgada por la ONU, no es efectiva, porque sólo beneficia a países ya desarrollados. Falta solidaridad internacional. Esto acrecienta presiones migratorias que, a su vez, generan bolsas internas de insatisfechos, convidados de aluvión que no han sido invitados, se han colado dramáticamente, y siguen marginados y rabiosos. Por tanto, son un cuerpo extraño en el plano cultural, factor desestabilizador en el social y parásito económico, con propensión terrorista.
En el ámbito doméstico, el de la política chica, los líderes encantadores de 1977 que no han muerto, se han transformado en una plutocracia adinerada, una casta sacerdotal de San Dinero, al que rinden culto diario. Todos, sin excepción, los que todavía andan en activo y los retirados, por arriba y más abajo, se han enchufado bien y reciben a espuertas dineros y prebendas, unos opacos, otros silenciados e intuidos, y otros a la vista y con descaro, ante la mirada atónita de la ciudadanía.
Los partidos políticos se convirtieron en agencias de colocación para invadir instituciones y todos los resortes de la sociedad, que hoy para ser guarda forestal hay que tener carnet… ¡Quién se lo iba a decir a don Antonio Maura!
Las leyes y decretos se hacen ad homines; es decir, pensando en las sinecuras de los hombres que las votan y promulgan, o para corresponder la generosidad de quienes ya han condonado créditos, o invertido en campañas. Es economía de trueque, pero de camuflaje en el BOE.
La mediocridad de los trepas se ha encaramado hasta arriba. Hoy, la astucia vale más que la sabiduría. La táctica a corto plazo prevalece sobre los valores. Recordemos el pillaje político de las Cajas de Ahorro, sector público para mayor escarnio, que ha habido que rescatar con 60.000 M de los fondos de la Unión Europea.
La oscuridad de las 3.000 (tres mil) SICAV españolas, las manos muertas de hoy, se impone al resplandor de la estupefacción de los demás españoles. La deuda pública aumenta, casi en proporción al incremento de las revoluciones de las puertas giratorias. Si no, los fondos buitre encuentran carroña al 5% del valor de la presa…, no pagan impuestos y operan a escondidas, para eludir el derecho de retracto del incauto deudor, que cambia de amo sin enterarse.
Los errores del Título VIII multiplican por diecisiete el desbarajuste estatal. Para encontrar un antecedente de decrepitud moral semejante en nuestra historia, hemos de remontarnos al duque de Lerma, que fue capaz de subastar la Corte de un indolente, embolsándose los beneficios de la puja.
Mientras tanto, el santo pueblo que, al decir de Juan de Mairena, sería “el paleto perfecto que nunca se asombra de nada, ni siquiera de su propia estupidez”, (¡estos clásicos!), sufre un 20% de paro, que en la juventud alcanza al 50%, pese a que hemos vuelto a ser emigrantes y exportamos nuestros mejores cerebros.
El miedo reverencial a las togas se queda para los más humildes y desvalidos, porque la Justicia también viste desigual, se quitó la venda, ya no se rige por el principio de equidad y, si llega el caso, le cuca el ojo al presunto reo, según sea el partido de pertenencia, es decir, la presunta conmilitancia de los agentes.
El contribuyente medio (altos, casi no quedan), asfixiado en su modestia, paga religiosamente tasas, multas y demoras, municipales, provinciales, autonómicas, nacionales y europeas (cinco, son cinco), en tanto que contempla impávido cómo multimillonarios deudores al Fisco y la Seguridad Social juegan al fútbol, con desfachatez e impunidad de matones.
Entre la casta, gallea un líder de vistoso plumaje en su facundia, que sabe hacer del resentimiento tácito fulcro de palanca y del anhelo de oxígeno catapulta de su promoción. Enfrente, tiene un paisanaje desesperanzado, esquilmado moral, intelectual y económicamente, dispuesto a dejarse engatusar para desandar el camino, retornar al ostracismo ideológico, reiniciar la economía autárquica de anaqueles vacíos y volver, otra vez, a la dictadura. Si no espabilamos todos, Machado va a llevar razón.