Conforme se acerca el día de la elección presidencial, el escenario político de los EE.UU. se complica no sólo para los propios estadunidenses sino para el precario escenario internacional. La presidencia de Barack Obama (2008-2016) quiso ser más o menos progresista pero dejó el espacio interno y externo a las fuerzas conservadoras. En este sentido se comienza a percibir --revista Der Spiegel-- a Hillary Clinton como un mal menor.
Pero el problema geopolítico no se puede medir por males menores o mayores. Como nunca antes, el escenario electoral de los EE.UU. se va a medir por parámetros locales. Y a los normales de la crisis económica, la modernidad sin expectativas y la posmodernidad sin futuro, ahora se agregó una de las peores variables estratégicas: el terrorismo interno derivado de la política migratoria; más de un millón de musulmanes ha ingresado a territorio estadunidense en el docenato de Obama pero sin incorporarse --como los hispanos, por ejemplo-- al estilo de vida local.
El asesino de Orlando conjuntó variables no asumidas: el radicalismo musulmán por sí mismo y sin pertenecer a grupos terroristas internacionales, el uso de la violencia muy al estilo estadunidense para dirimir confrontaciones religiosas como el homosexualismo y el descuido de los organismos de seguridad nacional en la identificación de las amenazas internas.
La competencia Donald Trump-Hillary Clinton coloca el peor de los escenarios estratégicos: perfilar a un ganador en una zona de tensión social, económica y racial, sin que ninguno de los dos ofrezca una política de reorganización del papel de los EE.UU. en el nuevo escenario mundial. El mundo cambió en 1989-1991 con la desarticulación de la Unión Soviética pero sin que los protagonistas pudieran acomodarse a la nueva realidad: el viejo comunismo se reorganizó alrededor de Putin, la comunidad árabe radical avanzó hasta llegar a la locura del 9/11 del 2001, los fracasos de la política exterior de Washington en Irak, Afganistán, Irán, Siria y Libia multiplicaron la inestabilidad, Europa creció, se consolidó y entró en zona de riesgo por el brexit y por una crisis del Estado de bienestar que pudiera estar encontrando una puerta de huida en el populismo y la geopolítica de seguridad nacional es incapaz de entender los desafíos.
Si Hillary es el mal menor, su elección podría complicar el escenario internacional tan sólo por las malas experiencias de la candidata demócrata como secretaria de Estado de Obama: errores que incendiaron Medio Oriente, abandono de América Latina y de Europa, un pacifismo desmovilizador que olvida que los equilibrios mundiales son militares y una larga lista de pendientes durante su gestión como esposa de Bill Clinton y como encargada de la política exterior de Obama.
El final histórico de la Unión Soviética y la guerra fría representó un desafío para la comunidad de inteligencia, militar y de seguridad nacional de los EE.UU. Pero Bill Clinton le dedicó más tiempo sus actividades no tan furtivas en las oficinas de la Casa Blanca para dar rienda a sus pasiones, George W. Bush obligó a los servicios de inteligencia a afianzar la versión inventada de compra de plutonio por parte de Irak sólo para derrocar a Sadam Hussein y Obama quiso ser el pacificador del mundo para reconocer el premio nobel de la paz pero dejando al garete el equilibrio geopolítico.
Como nunca antes, la elección del próximo presidente de los EE.UU. es un asunto de interés mundial. El discurso aguerrido, belicista y ultranacionalista de Trump encontró una comunidad internacional metida en sus propios problemas. Si fue un alivio ver a distancia el papel injerencista de los EE.UU., en lo local los gobiernos del mundo fueron incapaces de encontrar salidas a sus crisis. Paradójicamente los críticos de Trump, por querer construir muros para frenar la inmigración hispana, se han visto en problemas en Europa ante la migración árabe de refugiados de las crisis de gobernación en países colapsados y metidos en guerras civiles.
Las últimas elecciones presidenciales en los EE.UU. --Jimmy Carter, Ronald Reagan, George Bush padre, Bill Clinton, George Bush hijo y Barack Obama-- carecieron de contenido geopolítico. El viejo orden de la posguerra se fue desarticulando hasta regresar a los aislacionismos. Trump no ve más allá de su racismo pero Hillary Clinton tampoco pudo mirar fuera de las fronteras de seguridad estadunidenses.
Las posibilidades de Hillary están más atadas al avance de Trump y al final de cuentas, por la democracia estadunidense, Trump puede ganar las elecciones. Y lo más grave del asunto radica en la ausencia de una comunidad de servicios de inteligencia, seguridad nacional y militarismo que pudiera equilibrar la toma de decisiones. Sin ser fan, hay que reconocer que la última mente estratégica que tuvo la política exterior de los EE.UU. fue la de Henry Kissinger, aunque en su último libro --El orden mundial-- exhibe una carencia de nuevos enfoques sobre la crisis mundial y a pesar de eso plantea la aplicación de las viejas estrategias imperiales.
Ninguno de los dos candidatos presidenciales tiene una agenda contra el desorden mundial ni contra la crisis económica; los dos llegarían con expectativas de sobrevivencia de corto plazo. La cohesión social del viejo Estado de bienestar estadunidense ha dejado de existir en la medida en que se perdieron las certezas sobre el empleo y sobre todo sobre la jubilación. Y el surgimiento del radicalismo islámico dentro de los EE.UU. sería el problema número uno de seguridad nacional dentro de sus fronteras.
De ahí que la elección de noviembre plantee más dudas que certezas sobre la crisis internacional y el destino del planeta.
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