El Papa Francisco ha viajado esta semana a la República de Armenia. Durante dos días -los pasados viernes y sábado- ha visitado algunos de los lugares de mayor significado para el pueblo armenio, para la cristiandad y para los pueblos herederos de la tradición occidental, una de cuyas raíces es la Biblia. Ha seguido así los pasos de Juan Pablo II, que tuvo a lo largo de su pontificado palabras de sentido afecto hacia el primer pueblo que se convirtió al cristianismo.
Detengámonos un instante. En el año 301, antes de que en el Imperio Romano se hubiera siquiera promulgado el edicto de Constantino El Grande, los armenios se convirtieron al cristianismo gracias a la labor y al testimonio de San Gregorio, que sufrió encierro en un pozo donde hoy se levanta el monasterio de Khor Virap, al pie del monte Ararat. Los primeros en llevar el Evangelio a estas tierras fueron San Tadeo y San Bartolomé. El cristianismo tiene, pues, más de diecisiete siglos de antigüedad en estos lugares.
Un amigo armenio me explicó una vez cómo todos los trazos del alfabeto que creó, en el año 406, el formidable monje Mesrob Mashtots, contienen la cruz de Cristo de uno u otro modo. Desde la forma original de la cruz, se pueden escribir todas las letras de este idioma bellísimo y antiguo. El armenio es una lengua de evangeliarios y libros de oración, de poemas épicos y mártires. Con independencia de que cada uno pueda o no tener fe, la identidad armenia está profundamente entrelazada con el cristianismo. Ahí está para testimoniarlo la historia del general y mártir Vardan Mamikonian y de sus compañeros que libraron la batalla de Avarayr (año 451) contra los persas sasánidas, que querían imponer el mazdeísmo. Eliseo, historiador discípulo de Mashtots, escribió el relato de aquella guerra. Juan Pablo II recordó sus palabras en la “Carta apostólica en el XVII centenario del bautismo del pueblo armenio”: "Quienes creían que el cristianismo era para nosotros como un vestido, ahora sabrán que no podrán arrebatárnoslo, como no nos pueden quitar el color de la piel".
El pueblo armenio, en efecto, ha tenido a lo largo de su historia una relación muy especial y muy estrecha con la Cruz. La grandeza de la Armenia medieval, que se extendía desde el Caspio hasta el Mediterráneo y el Mar Negro, entró en declive y finalmente cayó en poder de los otomanos. Quedaron como testimonio de su esplendor y su pujanza centenares de iglesias, cementerios, estelas talladas en piedra llamadas “khatchkars” -pronúnciese “járchkars”- y unas comunidades que, en las seis provincias armenias del Imperio Otomano, así como en las grandes ciudades como Estambul, crearon prosperidad y riqueza. Si el reino de Armenia había desaparecido, la idea de Armenia gozaba de una excelente salud. Allí donde había comercio y cultura, pasos de caravanas y pueblos de frontera, allá había una comunidad armenia con sus iglesias octogonales, sus esculturas, sus manuscritos, sus bailes a tambor batiente y sus melodías de duduk, una especie de flauta de doble lengüeta cuyo sonido melancólico y dulcísimo reconoce cualquiera armenio de inmediato.
El itinerario papal ha incluido Tzitzernakaberd, el museo y memorial del Genocidio Armenio, cuyo centenario se conmemoró el año pasado. He escrito ya sobre esto en otras ocasiones. Era una cita de justicia. La destrucción de los armenios del Imperio Otomano y de toda huella de su presencia en las tierras que los vieron nacer es una atrocidad que clama al cielo. Este memorial, cuya altísima estela de 44 metros puede verse desde lejos, es uno de los lugares más sobrecogedores de Armenia.
También ha visitado la sede de la Iglesia Apostólica Armenia, en Etchmiadzin, un complejo de iglesias bellísimo que demuestra cómo los armenios han logrado atravesar un genocidio, dos guerras mundiales y una dictadura comunista de setenta años con una vida religiosa admirable. Hay que escuchar sus coros, ver la iluminación de sus manuscritos y pasear por la avenida de khatchkars que conduce hasta la Catedral Apostólica.
Este viaje es muy significativo a la vista de los últimos acontecimientos en Nagorno-Karabaj, donde una ofensiva de Azerbaiyán rompió el alto el fuego en vigor desde 1994. El Papa ha pedido por la reconciliación entre turcos y armenios y por la paz en Nagorno-Karabaj: “Que Dios bendiga vuestro futuro y haga que se retome el camino de reconciliación entre el pueblo armenio y el pueblo turco, y que la paz brote también en el Nagorno Karabaj”.
Ojalá sus palabras resuenen al otro lado de las fronteras de Armenia, en Ankara y en Bakú.