www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

El Papa Francisco y el Cuerno de Oro

miércoles 29 de junio de 2016, 20:50h

Era de esperar. Ha sido hablar el papa Francisco del genocidio armenio y montar en cólera Erdogan, que ha acusado al Santo Padre de “emprender una nueva cruzada”. Puestos a citar la historia, el irritante turco podía haberse acordado de Lepanto, aunque claro, lo mismo no le interesa. Pero bueno, el caso es que Turquía lleva tiempo queriendo formar parte de la Unión Europea; exigiendo, de hecho. Según Erdogan, hay fundadas razones para que Europa cuente con un nuevo estado. Eso sí, “a la turca”. Y eso sí que no.

Para empezar, Turquía es tan europea como Antigua y Barbuda. Bueno, quizá algo más, aunque tampoco para tirar cohetes. Su capital, Ankara, al igual que el 95 por ciento de su población, está en Asia. A nivel cultural, basta recorrer el país para darse cuenta de que sus habitantes no se sienten precisamente europeos. Antes al contrario, recelan -y mucho- del Viejo Continente. Es más, el resquemor que sienten hacia todo lo europeo se percibe incluso en la cosmopolita Estambul. Los que hablan de la relación amor-odio hacia Europa obvian que hay mucho más de lo segundo que de lo primero.

Es comprensible que Turquía desee entrar en un club tan selecto como el europeo, y más ahora, con el hueco dejado por los británicos. Ocurre que, como todo buen club que se precie, tiene sus normas, y éstas han de guardarse; si no, no se entra. Como por ejemplo, respetar al resto de socios -léase Grecia y Chipre-. Con los primeros está permanentemente a las puertas de una guerra, y a los segundos les invadió un parte de la isla que aún hoy mantiene un statu quo más que irregular -la llamada República Turca del Norte de Chipre-. Pero más allá de motivaciones geográficas o culturales, subyacen otras mucho más profundas y, a la sazón, insalvables. La Turquía de Atatürk tendría cabida en cualquier sitio; la de Erdogan, no.

Los islamistas -mal llamados- “moderados” están laminando la obra del padre del estado turco. Se vuelve a usar el velo -más de la mitad de las mujeres turcas lo llevan ya-, y cada vez hay más apoyo oficial a los partidos islámicos de corte radical. Por otra parte, está el llamado “orgullo turco”, consiste en negar tanto el genocidio armenio -más de dos millones de personas masacradas en nombre del Islam y el nacionalismo, al que se ha referido Francisco en su visita a Armenia-, hacer la vida imposible a los kurdos y reivindicar “tiempos más gloriosos”. A lo mejor se refieren a aquella disposición legal del último sultán otomano, Abdul Hamid, quien a principios del siglo XX dictaminó que “cualquier musulmán tenía permiso de probar su sable en el cuello de un cristiano”. Esto, claro, no sale en la Sexta ni en Público.

Lo anterior conecta con otro tema bastante poco grato para Erdogan, cual es el de los derechos humanos. En general, los turcos protestan -algo de razón no les falta- por la nefasta imagen que de sus instituciones proyectó “El Expreso de Medianoche”, una de las películas más duras en clave carcelaria. De todos modos, ellos mismos son los primeros en quejarse; para ocho de cada diez, la corrupción es uno de los males que más preocupan. Además, aspectos tales como la seguridad jurídica, libertad de expresión, brutalidad policial y respeto a las minorías de otras confesiones son asignaturas pendientes cuya nota está por debajo de cero. Estambul es muy bonito, sí, con su Cuerno de Oro y su Mezquita Azul, pero eso no basta. ¿Turquía en Europa? ¿Negar el genocidio armenio? ¡Y un cuerno! De Oro, por supuesto.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(0)

+
0 comentarios