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NOVELA

Jorge Edwards: La última hermana

domingo 03 de julio de 2016, 16:46h
Actualizado el: 07/03/2016 16:51h
Jorge Edwards: La última hermana

Acantilado. Barcelona, 2016. 384 páginas. 24 €. El escritor chileno, Premio Cervantes, nos sirve una novela, inspirada en un historia real, que es un fresco de época y un emocionante canto al heroísmo callado y anónimo.

Por Alejandro San Francisco

Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1931) es un escritor prolífico que ha sido distinguido con el Premio Nacional de Literatura en su país y por el Premio Cervantes, entre muchos otros reconocimientos. En su obra hay textos que podrían considerarse autoficción, como Persona non grata o Adiós, Poeta, el primero sobre su experiencia en la Cuba de Fidel Castro a fines de 1970 y el segundo sobre su estadía en Francia, donde ejercía como embajador Pablo Neruda en 1971, el mismo año que recibió el Premio Nobel de Literatura. También hay obras que son históricas o de su propia vida, como es el caso de Círculos Morados, que apareció el 2012, sobre la primera etapa en la vida del escritor. Y están las novelas, obras de ficción que cubren la mayoría de su obra, y que muchas veces tienen su base en personajes históricos, reales, sobre los cuales se va edificando una obra literaria. Ese es precisamente el caso de La última hermana, su libro más reciente.

El personaje central de la obra es María Edwards -pariente lejana del escritor-, parte de una de las familias más ricas e importantes de Chile, con presencia en la prensa en los siglos XIX y XX, así como también en la vida política, diplomática, y en los negocios. Era una mujer acostumbrada a recepciones en su hogar, que tenía valiosas piezas de arte. No desarrollaba una actividad específica de servicio público, sino más bien disfrutaba de su dinero y de los bienes materiales. Era católica, pero poco practicante. Como muchos de su estirpe, pasaba largas temporadas en París, destino querido, gozado y muchas veces fuente de derroche y empobrecimiento para los latinoamericanos.

La vida de María Edwards mostraba satisfacciones y dolores. Era una gran lectora, gustaba de la música y de los viajes. Sin embargo, había sufrido el suicidio de su marido, que la dejó con su hija Mita, quien después contraería matrimonio y formaría una nueva familia. Por su parte, María decide vivir en París, y ahí la sorprende el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y, más grave todavía en su caso, la conquista de Francia por las tropas de Adolf Hitler. La reacción de la chilena es inmediata, aunque imprecisa: “Yo voy a resistir”, sin saber cómo. Pronto su círculo social se da cuenta del peligro del nacionalsocialismo y su espíritu y acción destructora, que se cobraría la muerte de millones de judíos, entre otras consecuencias dramáticas del régimen hitleriano. La posibilidad del exterminio, que le comentó una amiga de origen judío, le llevó a preguntar: “¿Puedo ayudar en algo?”. Ese sería precisamente el comienzo de su labor en los duros años de la guerra y de la Francia sometida. Y el cambio radical en el sentido de su propia existencia, que pasaba por momentos de vacío y con sensaciones de inutilidad.

Comprometerse a colaborar en el Hospital Rothschild fue el comienzo de una etapa decisiva en su vida, comprendió “que los tiempos del bridge, del champagne, incluso del amor, se habían terminado, y que encontrarse con situaciones horribles, increíbles, sangrientas, con gente recién asesinada de un par de tiros, con niños abandonados... iba a ser cosa de todos los días”. Rápidamente comenzaron las tareas, que pasaban desde lo más cotidiano a cuestiones más extraordinarias, como salvar a algunos recién nacidos cuyos padres eran detenidos y enviados a campos de concentración, incluso llevándoselos a su casa, con el peligro que ello implicaba. Le advertían que tuviera cuidado, tanto su amiga Claire (que también estaba involucrada en la tarea humanitaria), como un tal Canaris, personaje enigmático de la marina alemana, que había vivido en Chile bajo el nombre de Reed Rosas, que decidió protegerla antes de caer el mismo en desgracia, por sus críticas a Hitler.

El compromiso de María Edwards tuvo de dulce y agraz. Salvar algunos niños, ponerlos en otras familias que pudieran acogerlos y contribuir económicamente a su cuidado era lo que daba sentido a su vida. Como contrapartida, en un momento aparece detenida y torturada, sufriendo lo que perfectamente podría haber evitado si hubiera decidido regresar a Chile. Sin embargo, estaba segura de haber elegido lo mejor, de que eso realmente valía la pena a pesar de las dificultades y sufrimientos. Para ello contó con la colaboración de sacerdotes, familias que acogían a alguno de los pequeños y de muchos personajes anónimos que se rebelaban contra la injusticia con su ejemplo de vida sencilla y su acción concreta.

Jorge Edwards sitúa muy bien la novela en su contexto histórico, aparecen sucesos reales en el trasfondo, personajes, obras literarias, músicos, todo lo cual permite una adecuada ambientación de una vida y una historia con innumerables variantes y circunstancias sobrevinientes. El resultado de la guerra es conocido: la liberación de Francia tras el desembarco de Normandía; la derrota de Hitler y su régimen; el peligro de caer bajo el comunismo. Para los perseguidos significó la posibilidad de sobrevivir e iniciar una nueva etapa. Para personas como María Edwards -empobrecida por sus gastos y tras ser estafada- significó simplemente la certeza de haber hecho el bien cuando más se necesitaba.

No está de más recordar que estamos frente a una novela y, como dice el autor, María Edwards es “el personaje real en el que la novela se inspira libremente”. Su aparición coincide con la publicación de la obra de María Angélica Puga Phillips (bisnieta de la heroína), titulada Buscando a María Edwards (Furtiva. Santiago, 2015), investigación que busca conocer al personaje de la historia. En La última hermana, María regresa a Chile donde vive su hija y donde están sus raíces. Sin embargo, esta historia demuestra que las raíces no están simplemente donde se encuentran los orígenes familiares (es decir, en Chile), sino también ahí donde se deja una huella que se proyecta en el tiempo, como ocurre en la Francia y la Europa donde uno de los niños salvados se convirtió en un destacado violinista, después que su vida anónima tuviera la posibilidad de contar con una persona que se había comprometido a resistir, a ayudar en algo, a dar vida.

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