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TRIBUNA

Lecturas de vacaciones (II): El mundo de ayer, de Stefan Zweig

Alejandro San Francisco
martes 12 de julio de 2016, 20:59h

Europa vive momentos extraordinarios desde el punto de vista histórico, y lo peor sería caer en el pánico o la protesta estéril contra aquello que se considera negativo. También sería muy malo permanecer en la indolencia y el conformismo, manifestación penosa de la falta de ideas y de vitalidad.

El Brexit, la inmigración, los problemas de la democracia y el resurgimiento del populismo -entre tantos problemas- ponen nerviosos a los mercados y multiplican los análisis. Entre ellos debería aparecer la historia como un factor crucial, es decir, Europa en el tiempo, con sus grandezas y miserias, de las cuales el siglo XX mostró muchas, quizá demasiadas, manifestaciones. Quizá la peor de todas fueron las dos guerras mundiales, esas fábricas internacionales de multiplicación de la muerte, ejemplo visible de la sinrazón y prueba elocuente del fracaso del ideologismo progresista. Entre las manifestaciones más nobles se encuentra la literatura, que tuvo logros extraordinarios, autores para leer y releer, obras clásicas.

Uno de los textos que conviene volver a leer en estos días de renovación europea es la obra de Stefan Zweig, El mundo de ayer (Barcelona, Acantilado, 2001). Por una parte, es la historia de la vida del intelectual nacido en Viena en 1881, y a cuya generación le correspondió vivir la grandeza y las posibilidades de la cultura en el cambio de siglo, así como las convulsiones y catástrofes de la primera mitad del siglo XX. Como advierte Zweig, Europa “se ha suicidado desgarrándose en dos guerras fratricidas”. Al respecto realiza un comentario estremecedor: “Una misma generación era testigo, como máximo, de una revolución; otra, de un golpe de Estado; una tercera, de una guerra; una cuarta, de una hambruna; una quinta, de una bancarrota nacional”. Y luego concluye: “Nosotros, en cambio, ¿qué no hemos visto, no hemos sufrido, no hemos vivido?”

Precisamente en ese catálogo de vivencias dramáticas está el origen de un libro que se lee con vértigo, con una necesidad imperiosa de avanzar y de volver a leer, donde circulan países, lecturas, amigos, gobiernos, personajes, historias. Y, considerando los males acumulados durante años, resulta natural que el libro esté escrito con nostalgia por aquella Europa que se fue, aquella que literalmente desapareció con la Primera Guerra Mundial, donde desaparecieron imperios, terminaron monarquías, se estableció el régimen comunista en Rusia y se reordenaron las fronteras. Adicionalmente, quedaron sentadas las bases para los nacionalismos extremistas que darían inicio a los regímenes nazi y fascista, con la persecución implacable de los judíos, lo que afectó la vida del propio Zweig.

Por eso emerge con tanta fuerza y belleza la cultura de Viena a fines del siglo XIX, los estudios escolares, la música y el arte, la literatura que Zweig bebió con fruición. Una cultura donde una de las máximas podría ser “vivir y dejar vivir”, como ilustraba una realidad que sería pronto parte del pasado: “pobres y ricos, checos y alemanes, judíos y cristianos, convivían pacíficamente a pesar de las burlas ocasionales. Incluso los movimientos políticos y sociales carecían de esa horrible hostilidad que, convertida en residuo venenoso, no penetró en la sangre de la época hasta después de la Primera Guerra Mundial”.

Sin embargo, Zweig es mucho más que un vienés: su corazón está en Europa, circula por París, “la ciudad de la eterna juventud”, una ciudad que daba y tenía alas. Alcanzó a viajar por Rusia, donde todo le resultaba “curiosamente familiar”: era verdad, había conocido sus ciudades y campos mucho antes de estar de cuerpo presente, gracias a los maestros de su literatura, Tolstoi, Dostoievski, Aksakov y Gorki. Así también visitó y vivió en otros países, admiró sus pueblos y culturas, los vio descender a las tinieblas, sufrió con ellos donde antes había disfrutado sus grandezas, contempló la muerte de la paz y el crecimiento imparable de la violencia.

Uno de los temas recurrentes en El mundo de ayer es el problema del odio. No se trata de un simple sentimiento personal, sino que comienza a ordenar a grupos humanos cada vez más amplios, a corrientes políticas y a naciones enteras. El odio fue precisamente, en buena medida, el gestor y motor de las guerras mundiales, uno de los ejes fundamentales del nazismo, una de las explicaciones -no justificaciones- de la voluntad de destruir, matar, aniquilar. Un odio que no solo existía y era posible observarlo, sino que muchos se dedicaban a exacerbarlo y procuraban que tuviera consecuencias prácticas.

Stefan Zweig advierte el crecimiento de los poderes políticos y las burocracias: “a los rusos, los alemanes, los españoles, ya nadie sabe cuánta libertad y alegría les ha chupado de la médula el cruel y voraz espantajo del Estado”. Sin embargo, llama la atención que en diferentes momentos primara la ceguera, o la incapacidad de predecir los males inmensos que sobrevendrían dentro de poco. Así ocurrió con la Primera Guerra Mundial, que estalló en agosto de 1914 mientras los europeos disfrutaban sus vacaciones. “Todos mirábamos el mundo sin inquietud”, se lee en una de las páginas dedicadas al estallido de aquel conflicto. Lo mismo se puede decir de los años 1933 y 1934, cuando nadie pareció imaginar hacia dónde conducirían a Alemania -y a Europa- Adolf Hitler y el nacionalsocialismo. Habría que sufrirlo para conocer y tratar de entender esos terribles episodios.

En su visión, una tarea fundamental del escritor es “defender y proteger lo común y universal en el hombre”, cuestión largamente olvidada en los años amargos que le correspondió vivir. En su caso personal, y a pesar de la realidad evidente, se propuso mantenerse “firme y decidido a no permitir que una guerra fratricida, provocada por torpes diplomáticos y brutales industrias bélicas, hicieran tambalear mi convicción y fe en la necesaria unidad de Europa”. Palabras de fortaleza en las tribulaciones y un proyecto de vida frente a la adversidad.

El libro termina de manera agridulce: “Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido de verdad”. Una verdad dolorosa pero real, de una Europa que se fue pero que sigue viviendo a través de su historia.

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