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ORIENT EXPRESS

El desafío de Europa

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 24 de julio de 2016, 20:13h

La información que se va conociendo acerca del francotirador germano-iraní que mató a 9 personas -ocho de ellas de entre 14 y 21 años- e hirió a más de diez parecen despejar las sospechas de que pueda tratarse de un atentado yihadista y se inclinan más bien por un acto terrorista a imitación de la matanza de Utoya (Noruega) que perpetró el ultraderechista Anders Behring Breivik el 22 de julio de 2011.

El énfasis en despejar la incógnita de la autoría yihadista dice mucho acerca de los miedos de Europa. Hace pocos días en Baviera un refugiado afgano de 17 años hirió a tres personas a hachazos en un tren al grito de “Allah es grande”. Era inevitable pensar que otro atentado de similar inspiración pudiera repetirse. El 14 de julio en Niza un terrorista yihadista mató a 84 personas e hirió a más de doscientas. Hace menos de un mes otras 41 murieron en un atentado suicida en el aeropuerto Atatürk de Estambul. Mientras escribo estas líneas, llega información de que un atentado suicida contra una manifestación en Kabul ha causado, como mínimo, 80 muertos y más de 200 heridos, casi todos de la minoría hazara, un grupo étnico de lengua persa. El terrorismo yihadista siembra tanto dolor por el mundo que es inevitable pensar en él al leer noticias como las de estos días.

Sin embargo, estas horas de búsqueda del autor de la matanza de Munich han tenido una tensión añadida. La utilización del terrorismo en Europa como argumento en los distintos debates políticos nacionales y de la Unión -la inmigración, la política de refugiados, la crisis del proyecto europeo provocada por el Brexit, el ascenso de los partidos radicales…- todo esto, digo, ha dado a las pesquisas para averiguar quién era responsable directo de la matanza una tensión desconcertante. Parte de la izquierda y parte de la derecha parecían aguardar el resultado de las investigaciones para arrojarse a la cara el resultado según fuese otro yihadista u otro Breivik. Los radicales de uno y otro signo necesitan consignas y acontecimientos traumáticos para explotar el miedo y la indignación.

Así va Europa.

Cuando las ceremonias de dolor y compasión por las víctimas hayan finalizado -las velas, los crespones negros, las flores en el lugar de la matanza, los montajes fotográficos con más velas y más lemas, “Imagine” como pretendido símbolo de la utopía pacifista- volveremos a las consignas y la propaganda.

Sin embargo, el desafío que hoy afronta Europa es mantener la claridad moral frente a los extremismos que la amenazan desde los radicalismos de izquierda y derecha y el islamismo, que supera las divisiones políticas para cuestionar la propia legitimidad de las instituciones políticas ajenas al islam. De todos ellos cabría decir lo que afirmó el célebre Samuel Fischer, editor de Thomas Mann, cuando le preguntaron por Adolph Hitler: “Kein Europäer. Von grossen humanen ideen versteht er nichts”, “No es europeo. No entiende nada de las grandes ideas humanas”.

Europa sufrió, a lo largo del siglo XX, el azote de ideologías totalitarias como el nazismo y el comunismo. A finales del siglo XX, el islamismo y el yihadismo completaron este mapa del horror que desafía el proyecto europeo desde sus mismos cimientos. Occidente se funda sobre los valores de la dignidad intrínseca del ser humano, la libertad, la razón, la igualdad, la limitación del poder del Estado… Europa debe ser fiel a estos valores y regresar a sus raíces judeocristianas y grecorromanas o terminará sucumbiendo a las ideas de supremacistas blancos, revolucionarios rojos o yihadistas de todos los colores.

La reacción ante el terrorismo debería superar el sentimentalismo de los primeros momentos -comprensible, sin duda, e incluso necesario para el duelo, pero insuficiente- y afrontar cambios drásticos en los sistemas educativos, en las políticas de asilo e inmigración, en la acción exterior de la Unión Europea y de sus miembros, etc.

Mientras Europa entraba en sus horas más oscuras, el gran Joseph Roth (1894-1939) escribió, en 1933, acerca del ascenso del nazismo y su significado: “Pocos testigos en todo el mundo parecen darse cuenta de lo que significa la quema de libros, la expulsión de los escritores judíos y todos los demás desvaríos llevados a cabo por el Tercer Reich para aniquilar el espíritu. […] Hay que reconocerlo y decirlo con toda franqueza: la Europa espiritual se rinde. Se rinde por debilidad, por desidia, por indiferencia, por irreflexión. El futuro deberá investigar con exactitud los motivos de esta capitulación vergonzosa. Nosotros, los escritores alemanes de origen judío, en estos días en los que el humo de nuestros libros quemados sube hasta el cielo, hemos de reconocer sobre todo que hemos sido vencidos. Nosotros, que hemos constituido la primera oleada de soldados, que hemos luchado bajo el estandarte del espíritu europeo, hemos de cumplir con el más noble deber de los guerreros vencidos con honor: reconozcamos nuestro fracaso”.

Al igual que entonces, hoy Europa corre el riesgo de rendirse ante el sentimentalismo, la corrección política, la confusión moral y el olvido. El mayor peligro para Europa es la cobardía de no enfrentarse a los radicalismos que la amenazan ni reconducir proyectos y políticas suicidas. El declive demográfico de Europa, el desconocimiento -e, incluso, el desprecio- de la Historia, el cosmopolitismo superficial, el auge de la burocracia, las aventuras y las políticas erráticas y, en suma, los graves problemas de la Unión necesitan altura de miras, decisión y valentía. Esto ha faltado a lo largo de estos años.

Ojalá reaccionemos a tiempo.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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