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Las lenguas no son iguales

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 16 de junio de 2008, 22:18h
Es toda una triste paradoja que las lenguas -que, por su propia naturaleza, son instrumentos para que los hombres se comuniquen y se entiendan entre sí, se hayan convertido en esta atribulada España en pretextos para el enfrentamiento y la discordia. El designio de politizar las lenguas, utilizándolas desde premisas ideológicas incompatibles con la realidad sólo puede considerarse como una manifestación de esa irracionalidad a la que suelen ser tan propicios los nacionalismos. Sobre todo cuando el despropósito se lleva hasta demenciales extremos incompatible con el más elemental sentido común, como se ha hecho por aquí. Faltos de otros argumentos más sólidos, los nacionalismos han hecho de la cuestión lingüística el arma política esencial para “construir” sus “nacioncitas”, como ya decía Ortega y Gasset. Nacioncitas que, precisamente porque no existen, es necesario que se las construya. La “inmersión lingüística”, con que se mortifica a los pobres niños que viven en esas regiones cuyos dirigentes niegan su secular pertenencia al común tronco hispano, no deja de ser una acertada expresión: Por medio de esa “inmersión” se ahoga la espontaneidad, la libertad, es decir se aplica una política totalitaria, incompatible con los fundamentos de una democracia occidental. Y se hace un daño irreparable a las generaciones jóvenes.

Todo el conflicto procede de la existencia de supuestas “lenguas propias” en las regiones donde este problema es más agudo. “Lenguas propias” que, por supuesto, lo son pero siempre que, inmediatamente, se añada que, en todas ellas y desde hace siglos tan “propia” es también el castellano. Por cierto, mal llamado así -castellano- como ha demostrado el filólogo Ángel López García, para quien la lengua en que nos entendemos todos los españoles es una koiné procedente sí del castellano pero que, al menos desde el siglo XIII se convirtió en “la lengua de intercambio común en la península”, que no puede asimilarse al castellano inicial. En su libro El rumor de los desarraigados -que obtuvo el XIII Permio Anagrama de Ensayo en 1985- este autor escribe que “decir que el castellano se impone al socaire de la fuerza expansiva de Castilla… es confundir los deseos con las realidades”. Añade que “hasta mediados del siglo XV la utilización de lo que él denomina “la koiné central”, es decir la lengua en que se entendían todos, no implicaba en modo alguno admiración por Castilla, sus proyectos políticos, su cultura o sus hazañas militares”, ya que no era sino el fruto del intercambio permanente entre los diferentes reinos de la península, “el resultado de un mestizaje... en el que intervienen individuos y comunidades”. Y cita al anónimo autor de una obra publicada en Lovaina en 1559 que denomina a lo que mal llamamos “castellano” como “lengua vulgar de España”.

El desconocimiento y la tergiversación de estos incuestionables datos históricos nos ha llevado al presente conflicto lingüístico. Se niega el hecho patente de que en España existe desde hace no menos de seis o siete siglos una lengua común y que, por eso mismo es “propia” de todas las regiones españolas. Acertadamente la Constitución recoge esta realidad y por eso establece -un tanto retorcidamente, por cierto- que “el castellano es la lengua española oficial del Estado”, añadiendo que “todos los españoles tiene el deber de conocerla y el derecho a usarla”. Prescripción ésta, como bien sabemos, transgredida a diario en las comunidades bilingües. Vienen después -pero a otro nivel, les guste o no a los nacionalistas- “las demás lenguas españolas” que, ciertamente, son una riqueza, una parte del, patrimonio cultural de la Nación, que merece respeto y protección, como ordena la misma Constitución. Lenguas que son co-oficiales en las respectivas comunidades, pero sólo en ellas. Proyectarlas hacia fuera en el plano de las instituciones nacionales, queriendo hacer de ellas lenguas de trabajo de las Cortes o pretendiendo que sean aceptadas por las instituciones del Estado es un sin sentido que contraría el espíritu de la Carta Magna. Y no digamos cuando se trata de que sean aceptadas en las instituciones europeas, pretensión que siempre contribuye al descrédito o menoscabo del español, algo que quizás explica la razón última de ciertas operaciones.

Todo esto con independencia de que el español sea, además, una de las primeras lenguas del mundo. Cuando, además, se considera este dato, el conflicto se parece a una estúpida lucha contra molinos de viento, suprema muestra de insensatez.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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