Los afrancesados
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 16 de junio de 2008, 22:58h
El fenómeno de los afrancesados no constituye, según resulta bien sabido, sino una expresión más de un hecho tan repetido en la historia como el colaboracionismo político de ciertas élites nacionales con el invasor de turno. La ilustración histórica es, al respecto, tan rica como diversa, aunque habría que esperar a la segunda guerra mundial para que la sociología y la ciencia política rotularan con la fórmula de los gobiernos “Quislings” -del primer ministro noruego en tiempos de la ocupación de Noruega por las tropas de Hitler- a las muchas, incontables situaciones de dicha naturaleza registradas en los anales del pasado.
La acotada en los orígenes de la contemporaneidad hispana presta un elemento más de tensión a la híspida vida parlamentaria de los últimos años e introduce, mediática y artificialmente, un elemento de debate doctrinal resuelto por la historiografía en los decenios centrales del siglo precedente, cuando su esteva hondamente en el surco del acontecer decimonónico -Pabón, Jover, Artola, Seco, Vicens Vives, Suárez Verdeguer...
Con escrupuloso respeto a la raíz ética de su colaboración, hay que reconocer que ésta llevó a los afrancesados -decididos defensores de las fórmulas más atenuadas del despotismo ilustrado dieciochesco y contrarios al liberalismo incluso en su plasmación más mitigada, no debe olvidarse- a distanciarse de su pueblo. Figuras límpidas y hasta refulgentes muchas de ellas del panorama reciente (en los cómputos del tiempo histórico) de nuestro país, fueron ante todo ejemplares servidores del Estado, que deseaban fuerte y eficaz para avanzar con impulso por la senda del reformismo a ultranza que la nación necesitaba con apremio. Personalidades de innegable moralidad en conjunto, no pocos eran conscientes en su fuero interno que este pensamiento y conducta poseían, no obstante, límites infranqueables. En un pronunciamiento célebre aunque opacado y preterido en su repercusión política y cultural, uno de los próceres de más egregia estirpe de toda la trayectoria española, Jovellanos -tan vinculado y amistado con varios de los afrancesados de más recio linaje ético-, lo dejó bien claro. Luchar por la causa patriótica en modo alguno equivalía a reivindicar inquisiciones y aristocracias casposas y situadas ya en la cuneta de la historia. Significaba “lidiar” -término expresivo en pluma tan taurófoba- por la causa de la genuina identidad de un viejo pueblo, atropellado en sus sentimientos más entrañados por la violencia y devastación más reprobables.
Sino que este mismo pueblo pronto comprendió -más allá de algunas prédicas de curas mazorrales y frailes intonsos- el drama de conciencia que su posición produjera a una buena porción de la elite mencionada y en nada se opuso a los intentos desplegados desde el interior del propio establishment fernandino de pasar pronta página. Antes de contemplar cualquier “amnistía” cara a los liberales doceañistas, la de los afrancesados sería ya una tibia realidad, reclutándose, en la segunda etapa absolutista del reinado, en sus filas una porción muy considerable e influyente de la intelligentzia fernandina. Su integración política -con clara tendencia ahora a una evolución interna de la Corona hacia un templado constitucionalismo- implicó de facto también su integración en la convivencia española, perturbada y contestada sólo ocasional y fugazmente en los días venideros.
De ahí, pues, que sea difícil encontrar un ejemplo de más pesarosa deturpación histórica que el proporcionado hodierno desde los palacios de los gobernantes y las salas de redacción por una reivindicación por entero ociosa e ignara. Muestra elocuente, hélas, del fracaso de los nobles propósitos educativos que para las generaciones futuras albergaron muchos de los hombres que cooperaron, ha doscientos años, con la monarquía utópica de José I.