WASHINGTON, D.C.- A pesar de que atraviesan por momentos en que parecieran tratarse asuntos de interés vital, las campañas electorales presidenciales en los EE.UU. son ante todo un espectáculo político. Todo gira en torno a una frase que debe definir cada uno de los candidatos: nueva sociedad, nueva frontera, esperanza, cambio. Pero al final, la gente sabe que va a votar por una expectativa personal, no por una propuesta coherente.
Unos días en la capital del imperio permiten al cronista --copiando la autocalificación que se dio Norman Mailer cuando asistió a reportar las campañas republicanas y demócratas en el mítico 1968 y que registró en Miami y el sitio de Chicago-- tener una idea de que no hay mucho cambio en el ambiente; quizá la elección que más motivó al ciudadano desde 1960 con John Kennedy y luego en el 2008 con Obama y el voto del cambio y la esperanza: por primera vez un miembro de la comunidad afroamericana dirigiría los destinos del imperio desde la Casa Blanca.
En sus últimos discursos, los esposos Obama han querido recrear el ambiente del 2008 con referencias raciales --las hijas de un matrimonio negro jugando en los jardines de una mansión construida por esclavos negros-- pero sin éxito porque ahora la irritación racial no son los negros que nada ganaron con Obama en la presidencia sino que son los hispanos migrantes a quienes Obama también decepcionó y que ahora Hillary Clinton quisiera seducir para obtener los votos que le den la victoria.
Pero la comunidad social estadunidense es bastante extraña de analizar y de evaluar. Sí hay un cargo de conciencia con los hispanos, pero en realidad Hillary Clinton no tiene ni la piel ni el apellido hispano sino que proviene de la comunidad wasp --blanca, anglosajona y protestante-- que quiere darle justicia a los migrantes. Pero el viernes pasado, en una reunión con periodistas negros e hispanos, Hillary echó un balde de agua fría a sus propias expectativas, ante una pregunta bastante perentoria de que dijera con precisión su ruta critica para la reforma migratoria y ella de nueva cuenta se quedó patinando en la demagogia de la justicia, del bien económico que producen los migrantes y de un acto de justicia. La parte más realista fue… realista: como se vio en los ocho años de Obama, no basta con la buena voluntad ni con las iniciativas sino que el verdadero poder de decisión no está en la Casa Blanca sino en la mayoría republicana de las dos cámaras. Por tanto, habrá que ganar primero esa mayoría y entonces conectar con el ejecutivo para realizar la reforma.
Así, en un instante, Hillary mostró el lado crudo de las expectativas ciudadanas. Por eso dicen --y se lo dijeron con rudeza a Hillary-- la gente no le cree, no le gusta el estilo demagógico de la demócrata y no se da la conexión de expectativas. En cambio, Donald Trump ha logrado una correlación entre su discurso atrabancado de decir lo que los conservadores y radicales quieren escuchar. A pesar de las encuestas favorables a Hillary después de los tropiezos de Trump después de las convenciones partidistas, nada aun está escrito. Al contrario, algunos analistas locales esperan más bien algunas deserciones en el voto demócrata por la falta de discurso político de Hillary para vender sus propuestas de gobierno.
El votante estadunidense --como el votante promedio en sociedades polarizadas-- no es imprevisible ni enigmático, sino que reacciona con racionalidad política. Obama pareció ser el último vendedor de ilusiones y de esperanzas. Hace ocho años la ciudad de Washington D.C. era una fiesta social porque se perfilaba la victoria de un negro y que por el color de su piel comenzarían los cambios. Sin embargo, en lo racional, Obama tenía en realidad poco que ofrecer: la crisis del 2008 que le heredó Bush carecía de posibilidades de solución en el corto plazo, aunque sí marcaron una redefinición del capitalismo estadunidense: Obama optó por usar al Estado para salvar al capital, aunque sacrificando a las mayorías. A ocho años de distancia los EE.UU. recuperaron la tendencia positiva del crecimiento económico y aumentó el empleo, aunque la calidad de la vida laboral fue menor a la que se perdió. Al final, Obama fue el candidato del establishment.
El peor saldo de Obama fue no haber roto la estructura de la apropiación de la riqueza: el 1% de los ricos acapara más de la mitad de la riqueza nacional. En ese ambiente se catapultó la candidatura primaria de Bernie Sanders como el candidato socialista dentro del sistema político capitalista y logró casi la mitad de los votos de los demócratas, pero gana en realidad quien suma mayoría y no quien tiene la razón económica. La nominación de Hillary Clinton se dio entre dos decepciones: la de los seguidores de Sanders que no votarán por Hillary y la del propio Sanders que abandonó a sus seguidores y regresó a su curul en el Senado.
Sin las promesas de Obama y Sanders alejado de los demócratas, Hillary ha tenido que fortalecer su campaña por sí misma y ahí se ve su debilidad política. Ella es una pieza del poder del complejo militar-industrial-financiero-de espionaje pero sin un discurso político o social, sin una frase que resuma sus propuestas, sin el carisma que para sus seguidores tiene Trump por la obviedad de sus declaraciones. Hillary tendrá que pagar parte del fracaso de Obama, aunque sin la ayuda de Obama porque su año cierre de 2016 ha carecido de resultados. Y lo peor es que Hillary ha tenido que criticar a Obama por el reclamo de los pobres que siguen padeciendo la crisis.
Aunque la policía es un espectáculo, la realidad se instala en las afueras de los mítines cerrados de los candidatos. El pueblo norteamericano pareció haber ya perdido sus esperanzas y lo que le queda es ver quién le ofrece iniciativas para mitigar su desesperanza.
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