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CRÓNICA RELIGIOSA

Un obispo en el desierto

isa funeral en la catedral de Santa María de Vitoria por el obispo emérito de la ciudad, Miguel Asurmendi, que falleció ayer a los 76 años de edad
isa funeral en la catedral de Santa María de Vitoria por el obispo emérito de la ciudad, Miguel Asurmendi, que falleció ayer a los 76 años de edad
domingo 14 de agosto de 2016, 10:24h
Actualizado el: 14 de agosto de 2016, 10:42h
Si en la crónica religiosa de la semana pasada hablabamos de “un cura en el mar de plástico”, hoy lo hacemos de “un obispo en el desierto”. Si hace siete días comentábamos la fantástica labor de los sacerdotes que, en muchos puntos de España, trabajan en condiciones precarias, hoy queremos dedicar esta crónica del “ferragosto” español a los obispos que han pasado a la situación de eméritos, y que han sabido atravesar su “desierto particular” para encontrar su “oasis deseado”.

Sabemos que es muy difícil y complicado dejar el poder y pasar a un plano meramente de recuerdo. Para los obispos, creo, que esta situación es muchos más dolorosa, pues han dispuesto todo en su diócesis y tienen que ver, en muchas ocasiones, como el pastor que le sustituye al frente del rebaño, cambia todo.

Nombres y ejemplos hay muchos, pero me basta recordar a tres: José Sánchez, que fue obispo de Sigüenza-Guadalajara, hoy vive en su pueblo natal salmantino ejerciendo como ayudante del párroco; Joan Piris, prelado que fue de Lleida, hoy ayuda a sus hermanos de la casa sacerdotal de Valencia, y Antonio Montero, arzobispo que fue de Mérida-Badajoz, sigue dándonos lecciones a los periodistas desde su silla de ruedas.

Otros, y aquí no voy a citar nombres, se enrocan, sufren y se disgustan, pues no acaban de entender, y sé que es muy doloroso, que su tiempo ya ha pasado. Es como el famoso o famosa de televisión que he visto llorar por no salir ya en pantalla y que la gente no le reconoce por la calle.

Hay que pasar ese desierto, como hizo Miguel Asurmendi, el obispo emérito de Vitoria, que ha muerto el pasado miércoles, a los ocho meses de dejar su diócesis. Monseñor Asurmendi, salesiano, era un hombre bueno y capaz, y seguro que María Auxiliadora le ayudó a encontrar su oasis particular. Tal vez por eso, Mario Iceta, obispo de Bilbao, ha destacado su “profunda fe y carácter dialogante y conciliador”, así como su “preocupación por fomentar la paz y la reconciliación durante su dilatado servicio a la Diócesis de Vitoria”.

Seguro que entenderán, queridos lectores de EL IMPARCIAL, que yo me quede con los que han sabido llegar a su oasis.
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