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TRIBUNA

Verano con Ortega

lunes 15 de agosto de 2016, 19:12h

La semana pasada viajé a Asturias para decirle adiós al filósofo Gustavo Bueno. Cuando llegaba a su casa, en Niembro, pensé en Ortega varias veces y a propósito de los temas más diversos. Uno de ellos fue su descripción del paisaje asturiano, en realidad, de toda España. No es una cuestión menor en la obra de Ortega su visión del entorno; también ahí siguió la gran cultura que la Generación del 98 había creado en torno al paisaje español. Después, ante el cadáver de Bueno, me vino a la cabeza el entierro de Ortega, en Madrid, fue el primer gran acto de oposición contra Franco después de la guerra civil. Otro asunto por el que me venía a la cabeza Ortega, ante el cadáver de Bueno, era porque marcó una continuidad con la cultura española: la filosofía o tiene presencia pública o no es filosofía, ésta no es una cosa solo para iniciados. Bueno aprendió bien la lección de Ortega.

Nadie como Ortega, salvo Unamuno, nos ha enseñado a los españoles a leer filosofía sin complejos academicistas, sin miles de citas a pie de página, y sin remilgos de profesorcitos bastardeados en la mala escolástica o en las modas filosóficas de cualquier suplemento literario. También Bueno ha conseguido hacer que su sistema filosófico sea apto para todos los públicos. En fin, uno y otro, han contribuido a engrandecer la filosofía, la cultura española, porque han continuado su gran legado, a saber, la filosofía española no necesita de mediadores para ser comprendida y disfrutada. Ni Teresa de Jesús, ni Cervantes, ni Quevedo, ni Gracián, ni nadie que haya creado una gran obra española necesita ser “traducida”, interpretada y pasada por la trituradora de cualquier “académico” de mala muerte para su comprensión. Nuestra cultura es directa. Alegre. Grandiosa.

La filosofía siempre ha sido importante en España. Los españoles siempre han leído filosofía. Sí, sí, hablo de gran filosofía y no de la cosa esa llena de galimatías “pedagógicas”, en realidad, de problemas sindicales sobre eso que llaman “filosofía” en las universidades y academias. Reflejo de esa gran filosofía es la encuesta que ha realizado la agencia Iberonews, primera agencia ibérica de noticias corporativas sobre los 150 españoles más destacados del siglo XX. ¿Quién creen que aparece en primer lugar en el ámbito de la filosofía y el ensayo? Imagino que ya lo saben: José Ortega y Gasset. Al lado de este dato, las críticas ideológicas, falsas y terribles que se han vertido contra Ortega no son nada. Podría citar más de cien libros, en España, ofendiendo a Ortega, entre ellos, figurarían incluso libros sedicentemente orteguianos, que no han servido nada más que para hablar mal de sus calumniadores. Ha habido incluso quien ha dicho que la filosofía de Ortega no era sólo un núcleo importante del pensamiento reaccionario, antidemocrático, sino que constituía una ideología de carácter prefascista, que le servía a su autor para adaptarse, o mejor, arrastrarse por las situaciones políticas por la que transcurrió su vida. Esta es la tesis de fondo de un libro que recibió el XII Premio Anagrama de Ensayo, en 1984, por un jurado compuesto por Salvador Clotas, Hans Magnus Enzensberger, Luis Goytisolo, Román Gubern, Xavier Rubert de Ventós y Jorge Herralde. Inspirándose en las viejas tesis del peor Luckás, el ideólogo del estalinismo de El asalto a la razón, al comienzo de los ochenta, Antonio Elorza repetía lo que decía el filósofo húngaro a comienzo de los cincuenta, en plena Guerra Fría, sobre la filosofía vitalista en general, y de Ortega en particular. El marxista húngaro escribía en aquella época, cuando su principal objetivo político en su país era perseguir a los grandes escritores, entre los que ocupaba un lugar destacado, Sandor Marai, contra Ortega por heideggeriano y antidemócrata, pero, sobre todo, porque su posición estética expresada a través de La rebelión de las masas legitimaba el fascismo: “… Si éste fuese un problema puramente estético, no tendríamos por qué ocuparnos de él aquí. Pero, ¿acaso es una pura coincidencia que Paul Ernst acabase su carrera de escritor en las filas de Hitler, que Ortega y Gasset, como apóstol principal de la ´rebelión de las masas`, se convirtiera en el típico antidemócrata de nuestros días, o que Malraux pasara a ser el Goebbels del degaullismo? No, ninguno de estos casos constituye una coincidencia.” Elorza seguía al píe de la letra al viejo estalinista, incluso iba más lejos y lo situaba como uno de los grandes precedentes intelectuales del fascismo: “El menosprecio de los inferiores igualitarios no deja de tener en algún momento agrios tonos prefascistas.”

Por la misma época, 1984, un profesor de filosofía, y diputado socialista cuando publicó su libro, decía contra Ortega: En 1936, en realidad, en 1931 y por escribir contra la Segunda República, Ortega ya nada tenía que decir ni a quien dirigir su palabra. La conclusión de este libro es obvia: se acabó toda la filosofía de Ortega con la Guerra Civil. Ortega fracasó en la República y ya no levantó cabeza. No escribió nada relevante y cuando lo hizo, dice Pedro Cerezo Galán, “como filósofo profesional in partibus infidelium, le faltaba el pálpito y el aliento de aquella realidad circunstancial, que atravesaba, como un aire limpio, de parte a parte, su mejor obra”. O sea Ortega tendría que haberse quedado errante por el mundo para que su obra tuviera algún valor. Volver a la España de Franco es imperdonable: “En 1936, según creo, Ortega había perdido su palabra. Desde su regreso a España -un profundo error volver en aquellas condiciones, que acabaron por mixtificar [sic] incluso su silencio-, se puso a escribir filosofía -lo que dudaban algunos que pudiera hacer-, excelentes libros en los que faltaba, sin embargo, el pálpito y el aliento de aquella realidad circunstancial, que atravesaba, como un aire limpio, de parte a parte, su mejor obra”. No contento el profesor socialista con haberle dado muerte al filósofo en 1936, participa ahora, en la España de 1984, de modo militante en el nuevo asesinato civil que se prepara contra Ortega en la España socialista de Felipe González Márquez… Después de esas “críticas”, por llamarles algo, contra Ortega han venido otros libros igual de duros o peores -se acuerdan del titulado El maestro en el erial, de Moran- que los anteriores, pero ninguno ha impedido que los españoles y extranjeros sigan leyendo con fruición a Ortega. El trabajo de la agencia Iberonews nos da la razón.

Y es que tiene que ser humillante para esos “críticos”, abrir un libro de Ortega y comprobar que seduce y enamora su escritura. En España nadie ha escrito filosofía, y me atrevo a decir que ni historia, ni crítica literaria y artística, ni artículo periodístico, tan bien como Ortega. Creo que por eso, por ser un grandioso escritor, es odiado por nuestras lumbreras de la universidad y la academia.

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