ORIENT EXPRESS
Veinticinco años del golpe de Estado de 1991
Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 21 de agosto de 2016, 20:03h
En agosto de 1991 la Unión Soviética agonizaba. Todo había comenzado mucho antes, aunque no es fácil decir cuándo. Apenas tres o cuatro años antes, seguía pareciendo una superpotencia. Su órbita se extendía desde el Báltico y las fronteras de Europa oriental hasta el Lejano Oriente. Su influencia era mundial. Su arsenal nuclear todavía resultaba formidable. Desde Varsovia hasta Bucarest, los asesores, los militares y los agentes de inteligencia mantenían el control de lo que se llamó el “Imperio soviético”.
Sin embargo, el edificio se estaba resquebrajando; mejor dicho, lo estaban resquebrajando. Esto no debe perderse de perspectiva. Al igual que sucedió con Yugoslavia, la URSS no se descompuso por la fuerza de los astros, sino por circunstancias mucho más complejas. Había, sin duda, una debilidad económica que impidió a Moscú competir en la carrera armamentística con el bloque occidental. Hacía falta reformas económicas, administrativas y políticas. El liderazgo de Gorbachov, que, desde 1985, venía manejando conceptos como “perestroika” (reestructuración) y “glasnost” (transparencia), había conducido a la Unión a su fin. En lugar de restablecer el poder soviético, lo estaba desmantelando.
Desde 1988, ese proceso de detonación controlada -o, al menos, eso creían- se estaba acelerando. En febrero de aquel año, el Sóviet de Nagorno-Karabaj, un territorio de mayoría armenia, había declarado su intención de dejar Azerbaiyán y unirse a Armenia. En noviembre, el Sóviet Supremo de Estonia declaraba la supremacía de las leyes estonias sobre las de la URSS. En 1989, el ejército había reprimido en Georgia las manifestaciones independentistas haciendo uso de la fuerza. Mataron a 19 personas en Tiflis. En marzo de 1990, el Sóviet Supremo de Letonia declaró la independencia y su Tribunal Supremo había declarado ilegal el poder soviético en la república. En mayo, Letonia proclamó la independencia. El año 1991 sol había visto la agravación de esos conflictos. En enero, 14 lituanos murieron intentando impedir el asalto de la televisión por el ejército soviético. Para el 17 de marzo se había convocado un referéndum sobre la preservación de la URSS: ni Estonia, ni Letonia, ni Lituania, ni Georgia ni Moldavia participaron en él. El 77,8 % de los votantes se pronunciaron a favor de preservar la Unión. Dio igual el resultado de la votación. El proceso de descomposición parecía imparable. En la Federación Rusa, había un nuevo presidente: Boris Yeltsin. Entre abril y junio, Georgia se declaró independiente y el Pacto de Varsovia fue formalmente disuelto. El imperio soviético se desgarraba por varios sitios: el Báltico, el Cáucaso y Rusia. Entonces llegó el golpe de Estado contra Gorbachov.
La chispa que lo hizo estallar fue la firma de un nuevo tratado entre las repúblicas que sería el acta de defunción de la URSS y el nacimiento de lo que se llamaría “Unión de Estados Soberanos”, donde las repúblicas serían mucho más poderosas y el Estado central -un elemento esencial del orden soviético- muchísimo más débil. Se mantendría una política común en asuntos exteriores y en defensa y habría un presidente de la Unión, pero la URSS sería irreconocible. Entonces la vieja guardia comunista reaccionó. La firma del Tratado estaba prevista para el día 20 de agosto de 1991. Aprovechando que Gorbachov estaría de vacaciones en Crimea hasta la víspera, los conspiradores se decidieron a actuar. Sus líderes eran, entre otros, Vladímir Kriuchkov, jefe del KGB; Dimitri Yazov, ministro de Defensa; y Boris Pugo, el ministro de Interior. Las comunicaciones de Gorbachov con Moscú, controladas por el KGB, fueron interrumpidas. Se autoconstituyó un “Comité Estatal para el Estado de Emergencia”, que anunció que Gorbachov estaba “enfermo” y había sido relevado de su puesto de presidente de la Unión Soviética. La televisión y la radio emitieron la declaración del Comité. Se prohibió la circulación de todos los periódicos de Moscú salvo los controlados por los comunistas. Unidades del ejército se dirigieron a Moscú. Se desplegaron tanques en la Plaza Roja. El objetivo principal era tomar la Casa Blanca, que es como se conocía al parlamento de la Federación Rusa.
Entonces apareció Yeltsin.
Era la mañana del día 19 de agosto.
Este es uno de los grandes enigmas del golpe. No neutralizaron a Yeltsin, presidente de la Federación Rusa, uno de los principales valedores del nuevo orden que Gorbachov quería crear. Yeltsin denunció el golpe como “reaccionario e inconstitucional”. Llamó al ejército a no secundarlo. Por todo Moscú se distribuyeron panfletos llamando a la huelga general como protesta contra el golpe. Los ciudadanos de Moscú salieron a las calles. Se levantaron barricadas en torno a la Casa Blanca. Yeltsin se subió a un tanque. Las imágenes se televisaron por error. El efecto de las imágenes fue tremendo. Se difundieron por todo el mundo. Los manifestantes tenían un líder. Allí estaba Yeltsin con un traje gris y una corbata oscura leyendo unos papeles y rodeado de escoltas, pero en pie.
El 20 de agosto los golpistas parecían dispuestos a atacar la Casa Blanca. Se cursaron órdenes. No se cumplieron. Las lealtades estaban divididas. Las manifestaciones seguían. Nadie se atrevía a reprimirlas con la fuerza necesaria para sofocarlas aunque mataron a tres manifestantes en Moscú. El sistema soviético, diseñado precisamente para evitar golpes de Estado, se resistía a la asonada. Las protestas se extendían a Leningrado. Las dos principales ciudades estaban en pie de guerra contra los golpistas. Cuando las tropas especiales desobedecieron las órdenes del Comité, fue evidente que no iban a poder tomar e Parlamento. El golpe estaba fracasando. Yázov ordenó al ejército retirarse de Moscú.
El 21 de agosto se hizo evidente que el golpe se había frustrado. Restituidas las comunicaciones con Crimea, Gorbachov declaró nulas todas las decisiones del Comité. Se inició un proceso contra los golpistas. Yeltsin brillaba como el líder de la resistencia contra la línea dura de los viejos comunistas. Su rostro aparecía en todas las pantallas. Después vino el fin de la URSS.
Sin embargo, quedan muchas dudas sobre este golpe y su verdadera entidad. Carlos Taibo lo llama “golpe blando”. Es evidente que los golpistas no agotaron los medios violentos de los que disponían en las primeras horas. Hubo detenciones, sí, pero podría haber sido un baño de sangre. Es como si al golpe le hubiese faltado decisión. Las masas, que durante décadas había sido movilizadas solo siguiendo instrucciones del partido comunista, derrotaron a los tanques. A algún tanquista lo sacaron del blindado y le pegaron una paliza los propios manifestantes.
No fue el único golpe de aquellos años -hubo otro en 1993- pero sí fue el canto de cisne de los defensores de la vieja URSS. Hoy pocos lo recuerdan, pero quienes lo hacen no tienen una opinión tan negativa. Según una encuesta de 2013 del Centro Levada, apenas un 13% creen que el fracaso del golpe fue un triunfo de la democracia. Tal vez esto se comprenda mejor si recordamos que el referéndum sobre la preservación de la URSS había mostrado cómo una inmensa mayoría no quería que la Unión desapareciese. Quizás eso explique parte de la popularidad del pasado soviético hoy. A fin de cuentas, los manifestantes no representaban a todos los soviéticos; ni siquiera a todos los rusos.
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Analista político
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
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