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SOBRE LOS DERECHOS DE LAS NIÑAS EN YEMEN

Diez años y divorciada: del cine valiente y necesario

viernes 26 de agosto de 2016, 12:37h
La cineasta yemení Khadija Al Salami denuncia la situación de las niñas en su país en Diez años y divorciada, que llega este viernes, 26 de agosto, a las salas comerciales tras ganar el pasado mes de abril el Festival de Cine y Derechos Humanos de San Sebastián.
Diez años y divorciada: del cine valiente y necesario

DIEZ AÑOS Y DIVORCIADA

Director: Khadija Al-Salami
País: Yemen
Guión: Khadija Al-Salami
Fotografía: Victor Credi
Música: Thierry David
Reparto: Reham Mohammed, Adnan Alkhader, Sawadi Alkainai, Rana Mohammed, Ibrahim Alashmori, Munirah Alatas

Sinopsis: Nojoom, una niña de 10 años, entra en una sala de justicia, mira el juez directamente a los ojos y le dice: «quiero divorciarme». En Yemen, donde no hay ningún requisito de edad para el matrimonio, Nojoom es obligada a casarse a los 10 años con un hombre de 30 años de edad. La dote, ofrece a la familia una pequeña renta y una boca menos que alimentar. Un arreglo legítimo y aceptable para todos, excepto para la pequeña Nojoom, que pronto verán que su vida cambia radicalmente y se convierte en una existencia insoportable.

Lo mejor: La necesidad de visibilizar y denunciar | El planteamiento de un debate complejo, sin demonizar a 'los malos' | El mensaje de optimismo hacia el futuro

Lo peor: Un estilo narrativo un tanto hosco

En cine, el 'qué' y el 'cómo' se conjugan en un tándem en el que rara vez funciona uno sin el otro. Aún así, hay ocasiones –cada vez más- en que la forma de narrar o enseñar una historia en la gran pantalla hace que un argumento a priori insignificante se transforme en una película; otras, las menos en la era madura del lenguaje visual y la revolución tecnológica, el ‘qué’ se merece un hueco en las carteleras independientemente del ‘cómo’. Diez años y divorciada es un ejemplo de este segundo y pequeño supuesto, una cinta que, a pesar de su narrativa un tanto hueca, una realización tosca y un tramo final que cae en la excesiva evidencia, hay que ver. Y el hecho de que la película suspenda en ciertos parámetros artísticos o de excelencia cinematográfica no quiere decir que el visionado no sea entretenido. El argumento engancha y el desarrollo de la trama mantiene el interés del espectador.

El filme cuenta la historia de Nojoom, una niña yemení de diez años que entra en una sala de justicia, mira al juez a los ojos y le dice “quiero divorciarme”. Así empieza la cinta, que va tejiendo después hacia delante y hacia atrás la vida de la menor, obligada a casarse con un hombre de más de 30 años, del que recibe malos tratos, violaciones y explotación. La familia de Nojoom, humilde y con deudas, planea el matrimonio como una medida económica: la dote de la pequeña pagará el alquiler y su marcha supondrá una boca menos que alimentar. Un arreglo aceptable para las costumbres yemeníes, no prohibido explícitamente por la ley del país y más habitual de lo que parece.

Es imposible valorar Diez años y divorciada como un mero producto cinematográfico. La ganadora del último Festival de Cine y Derechos Humanos de San Sebastián supone la primera incursión en la ‘ficción’ de la pionera Khadija Al Salami, la primera mujer cineasta de Yemen, que suma más de veinte años denunciando la situación de desigualdad de las mujeres y niñas de su país valiéndose del género documental. Y es sólo una ficción a medias. Primero, porque refleja una realidad yemení tristemente cotidiana. Segundo, porque está basada en el ‘best seller’ Me llamo Noyud, tengo 10 años y estoy divorciada, las memorias de una niña yemení cuya historia saltó a los medios en 2008, cuando se presentó, sola, ante un tribunal para solicitar el divorcio. Tercero, porque la propia estética de la cinta evoca a la faceta documentalista de Al Salami, con una cámara objetiva y algunos diálogos más explicativos que naturales.

Pero lo más interesante del filme es el punto de vista desde el que se narra: el de una mujer yemení que vivió en primera persona un matrimonio forzoso sin haber alcanzado la pubertad, que también consiguió el divorcio y que ha crecido y estudiado en el extranjero (en EEUU y Francia), absorbiendo las bondades del paso del tiempo y la perspectiva. La propia Al Salami contó el pasado mes de abril durante la promoción en San Sebastián que había luchado por los derechos de adaptación del libro, detrás de los que andaba una reconocida cineasta occidental cuyo nombre no quiso desvelar. Y la mayor fortaleza de la cinta es que, a pesar de ciertos picos melodramáticos cuya necesidad y manejo son cuestionables, está en las Antípodas del producto que Hollywood hubiera fabricado. La cineasta sabe de lo que habla y eso se nota. Sobre todo en la crítica equilibrada: hay que acabar con el matrimonio infantil y la desigualdad de las mujeres en Yemen, pero el tema es más profundo y complicado que hacer de jueces desde Occidente en términos de ‘buenos y malos’.

La última secuencia, la del juicio al padre y al marido de Nojoom y la decisión sobre el divorcio, es quizás la más cuestionable en cuanto a estilo cinematográfico, donde la película se torna más ONG, con cifras sobre la situación de las niñas yemenís y monólogos poco atractivos desde el punto de vista de la narrativa. Sin embargo, es la más clarificadora, indispensable para atisbar la complejidad de un asunto: un país en el que siguen rigiendo las costumbres tribales, ambiguamente acotadas o puntualizadas por la ley; en el que la justicia de los pueblos y los clanes llega antes y con más frecuencia que la del Estado; y cuya tasa de analfabetismo es de más del 30 por ciento, superando el 50 por ciento en el caso de las mujeres (datos de 2011).

El acierto de Al Salami es no demonizar a los responsables primeros de la situación de Nojoom. Denunciar su caso –y tantos otros- y abogar por la supresión de estas prácticas en su país, pero mostrando el contexto en que se producen, crucial para un entendimiento completo, y planteando la educación como solución real, sólida, generalizada y a largo plazo. Un debate muy oportuno, por cierto, ahora que fluyen los argumentos a favor y en contra de la prohibición del burkini.

A pesar de ser una cinta que brilla más por el ‘qué’ que por el ‘cómo’, sí es destacable la poética de algunos planos aéreos de las zonas rurales de Yemen, así como la interpretación de la joven Reham Mohammed, con una gestualidad y una mirada de gran fuerza.

Cine valiente y necesario.

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