Si algo sabemos los humanos es que este invento de la vida no es nada nuevo, y a pesar de todo resulta que siempre está de actualidad. Una sucesión de etapas son las que nos van marcando el ritmo de las circunstancias en donde unas son más floridas que otras. Al principio vas de menor a mayor en casi todo, luego se invierte la ecuación y comienzan las mermas hasta la etapa de la ingravidez.
Dicho esto, y aprovechándome de la confianza que me otorga mi meritorio público lector, les diré que este artículo viene de la mano de una llamada telefónica que acabo de recibir. Pero permitan que antes haga una breve cronología.
Todo comienza ese buen día en que vienes al mundo. En mi caso voy a dar un salto entre el neonato y los 20, más que nada porque es una etapa en la que aprendes los afluentes del río Duero, la batalla de Lepanto y algún que otro episodio.
Parece mentira como el ciclo de la edad va canalizando los diferentes sectores de control que tienen sobre nosotros. Recuerdo cuando me correspondió tener entre los 25 y los 35 años que al abrir los ya existentes buzones del correo encontrabas una sediciosa publicidad orientada a la compra de coches o apartamentos de playa; guarderías, colegios, seguros de vida, planes de pensiones y revistas dedicadas a la manera de educar a los hijos.
Más tarde cambió la clave por arte de magia y de manera sincronizada comenzó la llegada de una propaganda más acorde para el tramo de los 40 a 50 años; de tal suerte que ahora eran reformas domésticas, ya saben, que si cambiar los muebles de cocina, nuevos electrodomésticos más inteligentes, paquetes de televisión con cine, toros y fútbol; telefonía móvil, sin olvidar las agresivas campañas entre compañías de seguros de hogar y los seguros médicos privados.
En la siguiente etapa de los 50 a los 60 años la cosa vino por la sutil indirecta de cambiar la bañera por el plato de ducha; los viajes para mayores de 55 con las ventajas de visitar seis países diferentes en 7 días; el ofertón de los sillones relax para cuidar espalda y lumbares, así como las almohadas apropiadas para las cervicales. Curioso, pero ya entonces no solo el buzoneo controlaba el ciclo de mi vida, sino que el teléfono era un afanoso recordatorio de que tu edad requería a toda costa muchas más comodidades, tales como gozar de otros cien o doscientos canales de televisión para no moverte de casa ni para sacar el perro a la calle.
Sin saber bien quien o quienes manejaban este circuito, lo cierto es que al buzón comenzaron a llegar revistas sobre vida sana, en cuya portada siempre aparecían personas de mi quinta haciendo recomendaciones sobre el láser verde, las prótesis dentales, las pérdidas de orina, la disfunción erectil y otras lindezas relacionadas con lo de beber cuatro litros de agua al día, no fumar, no beber, y la conveniencia de no cenar más que un yogurt desnatado.
Y llegó el nuevo salto diferencial a partir de los 60 y aquí es cuando la cosa se enriquece con la publicidad a base de ofertas sobre audífonos, gafas progresivas, productos para pegar dentaduras postizas, viajes del IMSERSO, circuitos termales para la osteoporosis, y la carta del Ministerio de Sanidad recordándote que ya eres población de riesgo.
Y ahora viene lo que al principio les dije que dejaba para el final (valga la antítesis) Suena el teléfono y preguntan de manera correcta si soy yo el que nació hace ahora los años que median entre el cero y el hoy mismo. Pues sí. Y de manera directa me ofrecen un seguro de decesos, ya saben, la costumbre esa tan antigua de morirse. Me dicen que tienen una oferta irresistible, es más, contratándolo antes del día 30 me regalan para siempre la no aplicación del IPC sobre el precio ofertado. Y claro, uno piensa en el siempre y en el IPC más que en el propio deceso y les digo que sí, que acepto, pero que ahora mismo prefiero contratar el seguro ese de para siempre y que para el otro, el de morirse, mejor lo dejo para más adelante en otra de las muchas etapas que tiene la vida.
En fin, verán que una biografía como la mía puede tener cabida en apenas 49 líneas, o sea, bastante menos de 19 días y 500 noches que necesita Joaquín Sabina en su canción.