Los atentados terroristas del 11 de septiembre no solo conmocionaron a Occidente. También fueron un terremoto en el mundo islámico. La Guerra Fría había terminado y, desde el norte de África hasta el Asia Central e Indonesia quedaban conflictos enquistados, lealtades encontradas y herencias políticas peligrosísimas. Mencionemos solo algunos ejemplos: declive del panarabismo a partir de 1967 con la derrota de los ejércitos árabes en la Guerra de los Seis Días, la revolución islámica en Irán (1979) y la posterior invasión soviética de Afganistán (1979), la Primera Intifada (1987-1993), la nuclearización de Pakistán (1972-1998), el ascenso del Frente Islámico de Salvación y el terrorismo del Grupo Islámico Armado (1991-2002) en lo que se ha llamado la Guerra Civil Argelina, la Primera Guerra del Golfo (1991), la Guerra de Bosnia (1992-1995), las Guerras de Chechenia (1994-1996 y 1999-2009)… Podríamos citar otros muchos ejemplos de la inestabilidad con que el mundo islámico en África y Asia entró en el siglo XXI. El ascenso del islamismo y el yihadismo desafió el poder de las monarquías y las repúblicas islámicas. El Sudán de Hasan al Turabi y el Afganistán de los talibán se convirtieron en lugares seguros para los terroristas. Centenares de ellos se dirigieron a los campamentos de Al Qaeda para unirse al “Frente Islámico Mundial contra Judíos y Cruzados” que Ayman al Zawahiri y Osama Bin Laden proclamaron en 1998. Aquel mismo año fueron los ataques contra las embajadas estadounidenses en Nairobi (Kenia) y Dar Es Salaam (Tanzania).
A partir del 11 de septiembre de 2001, los Estados islámicos se vieron en la necesidad de tomar partido en la Guerra contra el Terrorismo que George W. Bush anunció en su discurso al Congreso y el Senado de 20 de septiembre de 2001:
Nuestra guerra contra el terror comienza con Al-Qaeda, pero no concluye allí. No concluirá hasta que todos los grupos terroristas de alcance global hayan sido encontrados, detenidos, y vencidos.
[…]
Ellos quieren derrocar a los gobiernos de muchos países musulmanes como Egipto, Arabia Saudita, y Jordania. Quieren sacar a Israel del Medio Oriente. Quieren sacar a los cristianos y a los judíos de las vastas regiones de Asia y África.
[…]
Nuestra reacción involucra mucho más que la retaliación instantánea y los ataques aislados. Los estadounidenses no deben esperar una batalla, sino una campaña larga, distinta a cualquier otra que hemos visto. Posiblemente incluya ataques dramáticos, que se puedan ver en la televisión, y operaciones encubiertas, que permanecerán secretas aún tras el éxito. Privaremos a los terroristas de financiamiento, pondremos a los unos contra los otros, los haremos ir de un lugar a otro, hasta que no haya refugio o descanso. Y perseguiremos a las naciones que ayuden o den refugio al terrorismo. Toda nación, en toda región del mundo, ahora tiene que tomar una decisión. Están de nuestro lado, o están del lado de los terroristas. A partir de hoy, cualquier nación que continúe albergando o apoyando al terrorismo será considerada un régimen hostil por los Estados Unidos.
Meses después, en el discurso sobre el estado de la Unión de 29 de enero de 2002, George W. Bush situó en lo que llamó el Eje del Mal a dos países islámicos: Irak y la República Islámica de Irán. Más tarde John Bolton añadió otros dos -Siria y Libia-al grupo de los Estados “gamberros”, entendiendo por tales los que prestaban cobijo a terroristas y no respetaban el Derecho Internacional.
El 11-S creó un sistema complejo y contradictorio de alianzas entre los Estados Unidos y distintos países con intereses contrapuestos y, a menudo, políticas mutuamente hostiles. Algunos de estos aliados de Washington eran antiguos -quizás los dos casos más claros sean el de Israel y Arabia Saudí- y otros se habían sumado a este esfuerzo mundial contra el terrorismo a cambio de fondos, apoyo internacional o carta blanca en sus políticas nacionales. A cambio de perseguir a los terroristas, la Casa Blanca cerraría los ojos ante lo que sus aliados hacían con sus propios ciudadanos. Así sucedió, por ejemplo, con Pakistán. Mark Mazzetti cuenta en “La guerra en las sombras cómo la CIA se convirtió en una organización asesina”, las negociaciones entre Richard Armitage, subsecretario de Estado, y el general Mahmud Ahmed, jefe del famoso ISI, los servicios de inteligencia pakistaníes. Washington logró el apoyo de Islamabad para su guerra contra los talibanes -incluido el desarrollo de operaciones secretas dentro de Pakistán- a cambio de fondos. Ambas partes, dice Mazzetti, pensaron que “habían dado más de lo que estaban obteniendo”. El mismo apoyo se recabó de Egipto y Jordania, por poner dos ejemplos más.
Sin embargo, a medida que pasaron los años, la política de reordenación del Próximo Oriente, las tácticas de combate empleadas -por ejemplo, el uso creciente de drones- y el apoyo a gobiernos cuya impopularidad era imparable, fueron minando los esfuerzos contra las organizaciones yihadistas y los intentos de transformar las sociedades árabes y otras del mundo islámico como la afgana. El caos en que se sumieron Afganistán e Irak después de las invasiones solo sirvió para alentar los enfrentamientos entre tribus en el país centroasiático y entre chiíes y sunníes en Mesopotamia. Los Estados Unidos ganaron con facilidad las guerras, pero no lograron reconstruir los países conforme a sus planes. Proliferaron las milicias. La resistencia fue transformándose. En aquel Irak posterior a la muerte de Abu Musab al Zarqaui nació, todavía subordinado a Al Qaeda, el Estado Islámico, que después extendería sus operaciones a Siria al calor de la guerra civil entre Asad y sus opositores. Irán libraría sus propias guerras y extendería su influencia a Yemen y a Irak mientras echaba un pulso a la comunidad internacional sobre su programa nuclear.
En los más de diez años de Guerra contra el Terror, las propias sociedades árabes fueron transformándose. El cambio tecnológico abrió la puerta a revoluciones donde las masas empleasen las tecnologías digitales -redes sociales, terminales móviles con conexión a internet, emisión en continuo- para la agitación y la movilización. Las Primaveras Árabes crearon la apariencia de una renovación que, en general, solo aprovecharon los islamistas, como ha sucedido en Egipto y Túnez. En Libia y Siria, los presidentes optaron por resistir. Gadafi fue linchado y el vídeo de su muerte circuló por todo el planeta. En Siria, distintas potencias regionales libran una guerra en la que nadie termina de ganar ni de perder. El Estados Islámico ha extendido su actividad terrorista más allá del territorio que controlan entre Irak y Siria. Lo que quede de Siria tras el conflicto será probablemente irreconocible.
Los flujos de refugiados de las guerras se mezclaron con los inmigrantes económicos. Las redes de traficantes de seres humanos y la utilización política de los flujos migratorios hicieron el resto. Hoy nuestro continente se debate entre sus obligaciones humanitarias y la seguridad de sus fronteras.
Mientras tanto, el mundo árabe sufre dolores de parto. Las minorías ilustradas y moderadas y las clases medias urbanas contrastan con las masas rurales y los millones de jóvenes sin horizonte. Las elecciones celebradas tras las Primaveras Árabes llevaron a los islamistas al poder -ahí está el caso egipcio- y terminaron con el regreso de las viejas estructuras autoritarias. Sin duda, hay debates abiertos que transformarán el mundo árabe -la democracia, el papel de la mujer, la corrupción, la violencia y la limitación del poder- pero, hoy por hoy, los islamistas siguen siendo fuertes y las organizaciones yihadistas están lejos de ser derrotadas.
Los atentados del 11 de septiembre fueron el punto de partida de cambios profundísimos en el mundo islámico -especialmente, en Asia Central y Oriente Próximo- que aún no han terminado. Quince años después, seguimos viviendo a la sombra de aquellos atentados.