Seguimos inmersos en la catarata descarada de despropósitos. Resulta deleznable, denigrante y punible que los inspectores del Banco de España no solo diesen luz verde a las operaciones de Rato con Bankia en diciembre de 2011, sino que se mofasen haciendo alarde de su vulgaridad calificando internamente los números de la antigua Caja Madrid como “cuenta de mierda” y que respondiesen al megaplan suicida del banco con varios “juas, juas” ante el European Banking Authority (EBA), retando a ver quién era el “guapo” que iba a notificar al FROB el agujero de 5.000 millones de la entidad. Como si de malos humoristas del Club de la Comedia se tratase, los funcionarios intercambiaron sus vulgares chascarrillos sobre los rescates –22.424 millones de todos los españoles– regalados a Rato y su equipo, cifras astronómicas que jamás recuperaremos. Como en una película de Martin Scorsese, los policías miran hacia otro lado mientras el gánster sustrae sin mayor problema las arcas públicas con permiso del Ejecutivo. Porque todos forman parte del sistema.
Como indica en uno de sus correos el inspector jefe José Antonio Casaus, “gracias a que estamos de buen humor porque es viernes y víspera del gran acueducto” –del día de la Constitución–, se hizo la vista gorda y esta gentuza tapó su ruina moral con un finde en casa de la suegra, en la playa o su santa madre. Y esto en mi pueblo es corrupción dialéctica y profesional de alto grado. Es el arte de una degeneración, marcado por toda una época: la del pelotazo de los Rato y los Blesa, los que hacen del menesteroso vivir de la extinta clase media un paseo en barco de gran eslora o en el chalet de Baqueira, con champán, señoritingas de tacón alto, polvo caro y armiño de la high-high o las cochinas tarjetas black. La flamante épica del latrocinio bancario crea sus propios dioses, cariño, sus propios hijos de puta, muy populares en el cuché de la pelu o el dentista y con ese maletín reventón. La ideología de los tecnócratas bancarios se centra en las cifras macroeconómicas, lo suficientemente falsas e ininteligibles para que el común de la ciudadanía no las comprenda; la letra pequeña de su albañal mental y su afán cleptocrático tiene un sentido ascensional, pero no espiritualmente –de su gran fe, de la que siempre presumen, de su misa y su beso de Judas–, sino lucrativamente.
En esa charnela que los une a todos, hoy nos hemos desayunado con la noticia monumental de que el Estado –a través del Banco de España– ha dado por perdidos para siempre 26.300 millones de ayudas públicas a la banca –el 2,6% del PIB– y que solo ha recuperado el 5% de los millones que dejó a los banqueros para que recapitalizaran sus negocios. La brillante representación de la actualidad informativa le otorga sin embargo esa fugaz indignación del periodismo efímero, lo cual concede a las líneas de protesta de los periodistas –de algunos– la categoría de banales, inútiles, vacuos. El Gobierno dijo que los ciudadanos no pagaríamos la crisis y, una vez más, ha mentido, petulante en su blindaje. Esas inyecciones de capital público han ido a parar a los bolsillos de los consejos y los altos directivos de la banca, los mismos que forman parte de esa plutocracia que, según el informe World Wealth Report, ha visto engordar su faltriquera durante la crisis: España es el país europeo donde más aumentó el número de ricos en Europa en 2015 –193.000 personas superan el millón de dólares en nuestro país–.
“No le quepa la menor duda de que se recuperará la mayor parte a lo destinado a los bancos nacionalizados. El préstamo no tendrá coste para la sociedad”, dijo un sombrío, atroz y repetitivo Luis de Guindos el 13 de junio de 2012 en el Parlamento. Matan nuestra fe, asesinan nuestra paciencia, se beben nuestra sangre, se ciscan en nuestras benditas familias en este rebrote neoconservador que cuenta con el apoyo de más de un tercio de los votantes. Es la España del técnico comercial al que le buscan el momio en el Banco Mundial o en el Fondo Monetario Internacional: no se van a Grecia a un campamento de refugiados sirios a pasar las vacaciones.
Estamos en pleno noventayochismo de 2016 y nos duele España con rebeldía existencial, como les dolía al atormentado Unamuno, al genial y presurrealista Valle o al doliente Machado. La diferencia es que antes los primores de lo vulgar se podían encontrar en las casucas de un pueblecito de Ávila y hoy esos vulgares primores se venden como microespacios porno en “Sálvame”. Los recortes en Sanidad y Educación durante la crisis ascienden a 16.000 millones de euros. Calderilla para los dirigentes del Pepé. Pero no les quepa duda de una cosa: España –la autista, la agónica, la dócil, la del amor a los miserables– los votará en diciembre y obtendrán la mayoría absoluta, “juas, juas”, señor inspector del Banco de España. En los penetrales de Castilla solo nos queda el oro del tiempo y la queja. A ellos, el atraco a mano armada.
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