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TRIBUNA

El progresismo estadounidense: regeneración intrasistema

Alfonso Cuenca Miranda
lunes 12 de septiembre de 2016, 20:22h
Actualizado el: 12 de septiembre de 2016, 20:44h

Cada cierto tiempo, no con mucha frecuencia, cada dos o tres generaciones, surgen movimientos en diferentes sistemas políticos cuyo “leit motiv” es la regeneración. Al margen de los elementos oportunistas o de estrategia electoral que en muchos casos están presentes en los mismos, en la mayoría de ocasiones dichos movimientos conectan con aspiraciones, verbalizadas por éste o no, del cuerpo social en un momento histórico dado. Así, por ejemplo, en relación con lo apuntado, se ha llegado a hablar de la influencia de los denominados “despertares religiosos” en el nacimiento de determinados movimientos sociales y políticos, caso destacado de Estados Unidos y, en menor medida, de Gran Bretaña (cuya Revolución Gloriosa de 1688 ha sido explicada por numerosos estudiosos en términos religiosos).

Uno de los episodios más destacados en la secuencia histórica señalada es el acaecido en Estados Unidos entre finales del siglo XIX y el primer tercio del XX en la que se conoce como “era progresista”. El progresismo surge en Estados Unidos como consecuencia del desacoplamiento entre el vertiginoso desarrollo económico y social y un sistema político diseñado originalmente (en célebre expresión de Thomas Jefferson) para una “República de agricultores”. En los últimos años del XIX, superados los traumas de la contienda civil, el país se despierta como primera potencia industrial, con una extensión y recursos que multiplicaban exponencialmente los disponibles en el período fundacional de apenas un siglo antes, y con un arquitrabe político institucional que en algunos puntos no era capaz de dar respuesta a los retos planteados. Ante la ineficacia de buena parte de los mecanismos diseñados, en particular la desconexión de los mismos con la voluntad popular, con un electorado ya prácticamente universal en cuanto al género masculino (lo que contrasta con la situación europea de entonces), se empiezan a poner en entredicho determinados aspectos del sistema político. La referida crítica alcanzaría también al sistema económico. El espectacular crecimiento y las “inevitables” crisis anejas al mismo tuvieron efectos devastadores en amplios sectores de la población, poniendo de manifiesto la necesidad de articular instrumentos de protección del ciudadano-consumidor ante el poder omnímodo de las grandes corporaciones, ya sea en forma de cárteles o sencillamente de monopolios.

El movimiento descrito bien puede ser calificado como populista en cierto modo, pues sitúa su centro en el pueblo y, más ajustado a la mentalidad norteamericana, en el individuo-ciudadano, a quien pretende colocarse de nuevo como eje del sistema. De otra parte, el mismo no se identifica necesariamente con ninguna de las clásicas divisiones ideológicas del espectro político, ya que confluyen diversas corrientes, e incluso algunas de ellas “prima facie” antagónicas, constituyendo así una amalgama de intereses y reivindicaciones no siempre completamente coherentes o compatibles. De este modo conviven en el progresismo sectores tradicionalmente conservadores como la clase media agrícola (arruinada por la distintas devaluaciones) con representantes de los intereses obreros frente al gran capital, a lo que cabría añadir la presencia de grupos sufragistas o de la liga antialcohol. En correspondencia con lo acabado de señalar, los principales protagonistas del movimiento contarán con los más variados orígenes político-ideológicos. Así, insignes figuras del mismo procederían del partido republicano, sobresaliendo los casos de U´Ren, político de Oregón, promotor de importantes reformas, y, sobre todo, y de los dos La Follette, especialmente el padre, gobernador de Wisconsin y senador, uno de los buques insignia del movimiento. Junto a ellos, otro de los principales líderes será el demócrata Bryan, candidato por parte del partido del burro derrotado en las elecciones presidenciales de 1896 (contando con el apoyo del denominado “People´s Party”), 1900 y 1908, al que podría añadirse, ya más tardíamente, los nombres del peculiar gobernador y senador por Luisiana Huey Long (asesinado en 1935) y del vicepresidente del New Deal rooseveliano Wallace, canto del cisne del movimiento. Todos ellos, con sus matices propios, personifican al caballero sin espada (de hecho, protagonizarían algunos de los más sonados episodios de la historia del filibusterismo), con ciertas dosis de idealismo, y también en algunos casos de histrionismo, opositores a la política oficial de Washington a la que acusan de estar dictada por los grandes trust y alejada de los intereses verdaderos del ciudadano. Con todo, no faltan aspectos más o menos oscuros o criticables en algunos de los personajes referidos, víctimas en algunos casos de aquello que criticaban (especialmente el clientelismo) y rayanos en muchos aspectos de su discurso en la demagogia.

Lo más peculiar y destacado del progresismo es que supo impregnar la política oficial de los dos grandes partidos, que acogieron algunas de sus propuestas, por más que otras (no aceptadas) supusieran un ataque frontal frente a los postulados del establishment. Su fuerza fue tal que influyó, y de qué manera, en los protagonistas de las dos grandes fuerzas políticas norteamericanas que iban a dirigir los designios de la Nación en los inicios del siglo XX: Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson, y en menor medida el propio William Taft (incluso se ha llegado a afirmar que el New Deal del segundo Roosevelt no fue sino la culminación tardía del progresismo estadounidense, si bien dicha afirmación debe someterse a no pocos matices).

Los postulados del progresismo parten del imprescindible “religamiento” del sistema político y económico con el ciudadano, teniendo, además, como uno de sus campos principales de batalla la lucha contra la corrupción. En este último aspecto, deben recordarse los elevados niveles de corrupción que por entonces habían asolado la política norteamericana, desde la infausta, en esta vertiente, Administración Grant (protagonista de sonados escándalos) hasta la podredumbre institucionalizada de las maquinarias locales de los dos grandes partidos, dominadas por caciques con extensas redes clientelares. En relación con lo señalado, en la tarea regeneradora fue capital, figurando como firme aliado del progresismo, la labor del incipiente gremio periodístico, particularmente de los denominados “muckrakers”, denunciantes implacables de la corrupción, los privilegios económicos y las injusticias sociales de la época. El ascendiente de sus publicaciones sobre el ciudadano medio y sobre la propia clase política no puede ser minusvalorado.

Como se ha señalado con anterioridad, lo más destacado del progresismo fue su decisiva influencia, “estando detrás” de la aprobación de una serie de importantes reformas del sistema estadounidense: 1) Así, en primer término, cabe destacar la adopción en 1912 de la XVII Enmienda a la Constitución, por la que se establece la elección popular de los senadores federales, acabando con la elección por las Cámaras o gobernadores estatales, mecanismo propiciatorio de las peores prácticas; 2) De otra parte, el reconocimiento del sufragio femenino en algunos Estados, y finalmente a nivel federal a través de la XIX Enmienda (aprobada en 1919), debe mucho a las reivindicaciones del progresismo; 3) En tercer término, sobresalen también las medidas tendentes a favorecer la participación ciudadana en el funcionamiento del sistema: así, el progresismo reclamó y consiguió la introducción en numerosos Estados del denominado recall (o referéndum revocatorio), de los referéndums legislativos y la iniciativa legislativa popular (también a nivel estatal) y, finalmente, de la articulación del mecanismo de las primarias en la selección de los candidatos de los partidos (si bien para su generalización habría que esperar todavía algunas décadas); 4) Por otra parte, las primeras reformas del sistema educativo, mediante la introducción de ciertas prestaciones mínimas y controles por parte del poder público, se producen en el período analizado, habiendo sido parte central del programa del movimiento; 5) Por último, el ámbito económico-industrial también se vería afectado por la puesta en práctica de algunas de las propuestas progresistas. Sobresalen al respecto las primeras leyes antimonopolio (comenzando por la célebre Ley Shermann), acompasada por la denuncia del poder de los grandes trust, como la cruzada emprendida por parte del primer Roosevelt que finalmente daría lugar a su escisión del partido republicano en las presidenciales de 1912. A ello cabría añadir la adopción de medidas de protección de los agricultores, así como de los ahorradores-inversionistas frente a las episódicas quiebras que aquejaban al sistema. En el aspecto referido debe tenerse en cuenta que por primera vez se comenzará a hablar de la necesaria subordinación del poder económico al político, y, por ende, del necesario control del primero por parte del segundo. A este respecto cabe recordar que ya en 1912, con motivo principalmente del “Pánico” de 1907, se produjo la comparecencia del todopoderoso John Pierpont Morgan ante una Comisión de Investigación del Congreso.

No obstante, como ya se ha señalado, no todas las propuestas del progresismo fueron acogidas por la política oficial, sino un pequeño porcentaje de las mismas. Incluso algunas de las aceptadas no suelen considerarse como avances, sino más bien al contrario, destacando en este sentido la aprobación de la Enmienda XVIII (1917), introductora de la famosa Ley Seca. Con todo, lo importante es que el sistema supo regenerarse a tiempo gracias a la influencia de un movimiento de base heterogénea y a la sabiduría de los dos grandes partidos tradicionales que supieron darse cuenta de que el viento había cambiado de dirección (si bien no en 180 grados). El país alcanzó la mayoría de edad habiendo sido capaz de regenerar el sistema desde dentro. Todo estaba listo para el “Siglo Americano”.

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