A la manera de los fautores y abanderados del “Procés” catalán, los dirigentes del carlismo decimonónico finisecular atribuían a Madrid el origen de todos los males del país. Su atmósfera viciada por intelectuales desalmados y políticos ignaros; su actividad y comportamiento a menudo amorales generaban un tábido clima que esterilizaba gran parte de la vida de una nación, ya altamente centralizada debido al irrefutable éxito alcanzado por la imitación hispana del jacobinismo galo. Con ligeras variantes y las consiguientes adaptaciones temporales y ambientales, el mismo discurso se escucha, a las veces, ad nauseam, en la Catalunya hodierna.
Madrid, claro, como símbolo de una determinada España, circunscrita para los carlistas a la de las grandes ciudades, en las que incluían, por supuesto, al Bilbao de la mocedad de D. Miguel de Unamuno antes de su partida definitiva a Salamanca. Un siglo y medio más tarde, ¿contiene alguna exactitud la denuncia de porción muy amplia de las gentes que habitan el Principado?
Pese a la hondonera en que se encuentra el país por la conjunción de diversas y maléficas causas, entre las que la profunda depresión económica no es ni de lejos la menor, la salud moral de la ciudadanía, del pueblo español observado desde un mirador o enfoque global, si no roborante es, desde luego, notable e invita, en una proyección a medio y largo plazo, más que al pesimismo al optimismo. Esta afirmación, como todas las de igual índole hecha a título personal, se nutre de experiencias y datos por entero pertenecientes a la esfera individual e íntima, por lo que resulta muy arriesgado otorgarla o revestirla de caracteres generalizadores. El testimonio de un anciano cronista, encanecido en el análisis e indagación de la conducta de sus compatriotas a lo largo del tiempo, no posee, por supuesto, mayor valor que el de la inmensa mayoría de sus conciudadanos. Pero aun así, la tan traída y llevada hoy en la España de Podemos transversalidad acaso la haya podido introducir algún gnomo juguetón en sus juicios y opiniones, haciéndolos coincidir parcial o, lo que ya es más hipotético y altamente dudoso, íntegramente con los de un considerable contingente de sus compatriotas.
En cualquier supuesto, erigido ocasional y furtivamente en médico de urgencia de los sectores de la sociedad hispana por él conocidos, se reafirmará en la muy espesa y fibrosa densidad ética, y en la envidiable capacidad de superarse cuotidianamente en el servicio a los demás de una cifra muy elevada de españoles y españolas que consumen su biografía en este inicio del siglo XXI en el solar entrañable de la antigua Iberia.