La tregua suscrita por Estados Unidos y Rusia en Siria ha tenido el mismo resultado que las anteriores: un absoluto fracaso. En esta ocasión, además, hay que añadir el agravante del ataque norteamericano “por error” a un contingente de soldados leales a Bashir al Assad, así como el bombardeo de un convoy humanitario cuyo origen está aún por determinar.
Sin convicción alguna, Obama reclamaba ayer en la sede de Naciones Unidas “dejar paso al difícil camino de la diplomacia”. Una diplomacia que, dicho sea de paso, se ha mostrado totalmente inoperante ante la crisis siria, quizá la más grave desde la Segunda Guerra Mundial en lo que a éxodo de refugiados se refiere. Sirva como esclarecedor el dato de que la mitad de la población ha huido del país desde que se iniciaron las hostilidades hace casi cinco años.
Nadie parece querer la paz en Siria. El propio al Assad no ha permitido que la ayuda humanitaria fuese entregada a su pueblo, mientras que Estados Unidos y Rusia juegan su particular guerra de intereses sin medir los efectos que ello puede tener en una población civil cada vez más diezmada. Siria es, en todo caso, el fracaso de la comunidad internacional en su conjunto.