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AL PASO

Simplismo y democracia

martes 04 de octubre de 2016, 20:01h

Creo que el enemigo es el simplismo: el pensar que las situaciones difíciles, lo que podemos llamar crisis, tienen su explicación en una única causa y que lo que hay que hacer, una vez identificada ésta, es actuar con determinación: cortar, sajar y ya está. Creo, por el contrario, que la verdad está justo enfrente, pues las circunstancias tienden a ser de naturaleza intricada que necesitan reflexión en el análisis y moderación en la decisión, si se quiere acertar.

Así nuestras democracias son sistemas complejos, imposibles de reducir a un solo principio, por más que éste sea aparentemente evidente: la voluntad popular, expresada de modo inmediato, directo y claro. Las democracias tampoco responden a un ideal o tipo diseñado en el laboratorio de la teoría, que únicamente habría de traspasarse al plano de la realidad: son formas más bien históricas, que se han ido configurando de acuerdo con experiencias también diferentes de los diversos países, aclimatándose a sus propias características, reaccionado institucionalmente ante los avatares de su existencia como colectivos distintos. España constitucionalmente es una democracia lo que quiere decir que el ejercicio del poder, esto es, la ocupación de las posiciones de autoridad, es imposible sin la referencia a la voluntad del pueblo. Pero la designación de los gobernantes no es directa sino a través de la mediación de nuestros representantes: no otra cosa significa la condición parlamentaria de nuestra forma política. El principio democrático tiene muchas manifestaciones: una de carácter más bien plebiscitario, informal y no organizada: la opinión pública, que permite criticar al poder- también apoyarlo, por supuesto- y ofrecer alternativas; otras de carácter indirecto, y si quieren presentadas de modo paradójico, consistentes en lo que Rosanvallon ha llamado las instituciones de la reflexividad y de la imparcialidad, o sea la justicia constitucional y las administraciones independientes, que están al servicio de fines constitucionales, lo que quiere decir que sólo en parte se trata de instituciones aristocráticas, -lo son en la medida que se trata de colegios reducidos y desde luego no designados democráticamente-, pues están orientadas a la realización de los valores incorporados en la norma democrática por excelencia que es la Ley Fundamental. En España la complejidad del sistema se subraya por la descentralización del poder, que efectivamente lo divide verticalmente, y exige una labor de coordinación en su ejercicio: el resultado es evidentemente cierta indefinición-algunos preferirán hablar sin ambages de confusión- , de manera que es difícil encontrar un vector determinante o responsable, cuando son llamados diversos sujetos a intervenir en el mismo escenario o problema; pero con también evidentes ventajas: no se producen vacíos de poder, pues la omisión de una intervención es con facilidad suplida por el otro sujeto concurrente. La profesora Paloma Biglino en la reunión en Miraflores, de que daba cuenta en mi recuadro anterior, lo señalaba con acierto: el país sigue funcionando pasablemente a pesar de la interinidad del Gobierno, precisamente porque la vacante se produce solo en el nivel general, pero los ejecutivos de las Comunidades Autónomas actúan con regularidad.

La representación del orden democrático más lúcida a mi juicio es la que lo dibuja como un reloj o mecanismo plural cuyos elementos-manecillas, esferas- deben actuar de consuno. La organización del poder responde a la pretensión de sistema de Montesquieu, que buscaba que el orden y la asistencia mutua entre las ramas del Estado sustituyese al caos y arbitrariedad del poder del sistema del antiguo régimen, dependiente solo de un único punto, en su caso, de la voluntad, mejor dicho, del capricho del monarca.

La complejidad de las democracias como formas políticas lleva a dos consecuencias extraordinariamente importantes, a saber, en primer lugar la necesidad de que cada sujeto relevante en el juego tenga en cuenta en su actuación las necesidades del conjunto. Si entendemos la Constitución como la ley del sistema político, esto es, como la norma que lo regula, y tenemos en cuenta lo que se acaba de señalar, se entenderá fácilmente la pretensión de un gran constitucionalista de nuestro tiempo de que la interpretación constitucional se haga teniendo en cuenta el principio de la unidad y la garantía de la funcionalidad de la Norma Fundamental. Lo que quiere decir Konrad Hesse es que las normas de la Constitución, esto es, las reglas del funcionamiento del sistema, no pueden entenderse de modo que, aunque utilicen el pretexto de su apoyatura nominal constitucional, ataquen la unidad y utilidad del conjunto: así la regulación constitucional sobre la formación del gobierno (estoy hablando principalmente del artículo 99 CE) no puede comprenderse contra la idea constitucional del gobierno, atacando el sistema del que forma parte. En efecto, prolongar la duración de un gobierno interino por definición, como sucede en nuestra circunstancia actual, es contrariar la idea de gobierno de la Constitución, que está pensando en un órgano que dirija efectivamente el Estado, lo que se impide, cuando abusando de las posibilidades de la Constitución, se prolonga artificial y abusivamente la duración provisional del Ejecutivo.

La segunda consecuencia de la complejidad tiene que ver con el espíritu que esta característica de nuestra forma política impone a los agentes relevantes de la misma, también por cierto a los ciudadanos pues sin demócratas no hay democracia ya que las instituciones sin la cultura de la democracia no pueden funcionar correctamente. Naturalmente me refiero a la moderación que impide la exclusión existencial de los oponentes políticos constitucionales (¡abajo Maura! o ¡ el nada con el PP!) y la presentación de nadie como el salvador o el portador de la fórmula magistral del gobierno. Sin duda la referencia intelectual de la democracia aparece ayuna de dogmatismo político. La disposición de las mismas oportunidades de gobierno para todas las fuerzas políticas descansa en la asunción de la sustancial igualdad de las mismas para establecer lo que le conviene a la comunidad. Así la democracia no diferencia cualitativamente unas opciones políticas de otras ni estimula por tanto el fervor en relación con alguna de ellas. Por ello la democracia reposa inevitablemente sobre un cierto escepticismo. O sea que hay que tomarla en frío, o si prefieren que lo diga en términos cervantinos, sin afectación o exageración, que siempre es mala.

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