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Sol, España y grupos de interés

lunes 10 de octubre de 2016, 09:20h
De la larga lista de reformas que el gobierno de Mariano Rajoy no ha acometido, una de las más urgentes es la del mercado energético. La capacidad instalada dobla las necesidades de consumo y el Gobierno, desde Rodríguez Zapatero, ha optado por fuentes que son especialmente caras. El resultado es una factura excesivamente cara de la que se resienten las cuentas de las familias españolas y la competitividad de nuestra economía.

Las renovables se han usado desde el comienzo del dominio del hombre sobre la energía, y tienen una ventaja evidente sobre otras fuentes por su carácter potencialmente inextinguible. Hay que abrirle las puertas al mix energético, pero sin comprometer el bienestar de la sociedad, como se está haciendo. El modo en el que se han introducido estas fuentes en nuestro mercado perjudica en exclusiva a los consumidores, a quienes impone costes presentes y futuros, pero no a la industria.

Esta situación ha sido denunciada por múltiples voces desde hace años. Últimamente se produce una situación contraria. La carestía del petróleo ha azuzado la inversión en fuentes alternativas, y una de las más beneficiadas es la que mayor potencial tiene: la energía fotovoltaica. El resultado es que el coste por kilovatio se ha desplomado, y está en unos niveles competitivos. Aunado con el espectacular desarrollo tecnológico de las baterías, las placas que captan la energía del sol se han convertido en una opción atractiva para el autoabastecimiento. Hay otros desarrollos tecnológicos, como el blockchain, que facilitan el establecimiento de mercados alternativos al impuesto por el gobierno y las grandes empresas energéticas, y permitirían un intercambio de usuario a usuario. La llegada del coche eléctrico, que ha dejado de ser una promesa para instalarse con firmeza en los garajes españoles, subraya la importancia de esta fuente energética.

La actuación del gobierno, con el llamado impuesto al sol, ha logrado eficazmente paralizar la implantación de esa tecnología en nuestro país, famoso precisamente por el manto de energía que recibe de nuestro astro. España ha pasado de ser la segunda potencia mundial en este campo, a la décima. Cuando los clientes se convierten en potenciales competidores, cunde la alarma. Pero seguir por ese camino nos va a alejar de un desarrollo tecnológico que estamos llamados a liderar. Y lo que perdemos como país va mucho más allá de los onerosos costes impuestos a empresas y familias.
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