A Duchamp le preocupaban las barreras que separan y por eso buscaba las relaciones de las cosas. En cambio, en Podemos están ahora en pleno proceso de divorce transparente, con la comedia de lo infraleve en marcha: Pablo Iglesias ha dicho el otro día que hay que politizar el dolor y así se ha puesto muy en plan Susan Sontag y le ha dicho a Íñigo en el programa de Ana Pastor, “El Objetivo”, entre segundas, terceras y aun cuartas que el número dos es un tibio, un prudente y un dubitativo, y ha dado a entender que, en lo personal, se ha sentido traicionado ante las inquisitivas cuestiones planteadas por Ana. Solo le ha faltado decir que se siente engañado como dijo González –el de las manos manchadas de cal viva con los huesos de los muertos– de Pedro Sánchez, encendiendo la mecha del polvorín que acabó con los restos del hombre-traje esparcidos por la calle Ferraz.
Pero Íñigo, el novio y no-novio a la vez de Rita Maestre, el demócrata con cara de niño asombrado al que el PSOE guiña el ojo desde el hundimiento y la orfandad de líder, hace tiempo que ha asumido la melancolía como propuesta política, el diálogo de besugos que es nuestra política y cierto es que se ha ido alejando del tono agresivo de su líder. Entonces Íñigo, que ha creado movimiento filosófico, el de los errejonistas, se mueve entre el centroizquierda y la errancia, el cachi en los jardines de la Complu con la cabeza en los muslos de Rita y el filo de la navaja a lo Somerset Maugham, con su exilio en Londres cuando se amostaza tras tanto latigazo, tanta y tanta orden ejecutiva del número uno. Y esa es la tibieza que tanto enciende al líder supremo, que exige una mirada seca, como de tigre moviendo la cola antes de saltar sobre la yugular del adversario, anticipando el funeral de un elefante coruñés que no desfallece, fumando pausadamente su habano.
Y el niño dialogante y templado que tanto molesta a Pablo, que dice ser “más optimista”, sabe en cambio que tiene que atravesar las contradicciones para llegar a la conciencia del límite, algo que hemos aprendido otros a los cuarenta, tras mucho bregar por el dolor, el desengaño y la traición en el amor… y en lo demás. Y en medio del dolor que también admite, como Pablo, a Errejón le preocupa la suerte del pequeño hombre de Piranesi, y sabe que entre las ruinas de la derrota de las pasadas elecciones frente al rodillo de la derechona se encuentra el destino de la izquierda: “Y cuando el hombre luce pequeño en el paisaje no será porque una naturaleza mancillada regresa para socavar y aplastar la soberbia humana” como escribió Esteban Ierardo en esa maravilla que es El agua y el trueno.
Errejón, que parece una promesa del regreso de Peter Pan en mitad de un telediario, sabe que es en el contraste entre la inmensidad natural y la pequeñez del hombre donde se puede encontrar la fascinación del vivir dentro de los poderes sobrenaturales; y que, a veces y cuando le dejan, también halla ese sosiego en los senos de la portavoz del Ayuntamiento de Madrid, que ha reivindicado ayer mismo en Alcobendas un partido descentralizado y “feminizado”, que más no se puede ser ya, Rita, que todo es transversal entre el hombre y la mujer, entre los machos alfa de la formación morada y las chicas, las Tanias que todo lo ponen patas arriba y vuelven del revés, las Irenes y su fidelidad amorosa al líder –ay, ya nos hubiera gustado el amor perenne de una Montero–, las Teresas o la sonrisa eurodiputada, las Carolinas y los pechos que amamantan a los vástagos de la nueva izquierda delante del hemiciclo que no aparta los ojos de las ubres nutricias… La muerte clínica de Podemos el 26-J se plantea ahora como el nacimiento de la simetría, tan lejos ya de Moscú y más cerca de Venezuela, derrochando elocuencia sexy en la tele arremangados.
Más rojos son –dicen ellos– que todos los demás, que los clásicos José Antonio Pérez Tapias –profesor con medio catálogo de Trotta firmado por él– y Gaspar Llamazares –padre putativo de las criaturas y patrocinador de sus viajes latinoamericanos–, que están muy hartos de escucharles que ellos la tienen más larga. Por eso Íñigo, como los griegos, ha organizado la moderación, en los arrabales de la Unión Soviética y alejado del Kremlin de Princesa y próximo a la porosidad del cansancio, en ese reposar-en-si porque las cosas retornan siempre a la morada, a la esencia, a Rita y al descanso del guerrero. Pablo encuentra la viagra emocional en el poliamor del mitin político, como le dijo a Susanna Griso en la terraza madrileña este verano de sus pecados.
La esencia del pensar tiene que ver, según Heidegger, con la serenidad, “esa actitud que dice simultáneamente sí y no al mundo técnico”, porque el hombre sobrio es un hombre dejado y que suelta lastre. “Habla con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala” le aconsejó don Quijote a Sancho antes de convertirse en gobernador de la ínsula Barataria. Íñigo y Pablo o las heterotopías de un partido nada complaciente, ni siquiera y ante todo consigo mismo, negándose toda actitud triunfalista. Así que Iglesias terminó su entrevista diciendo ayer de su secretario de Política que “piensa que la sociedad española es más conservadora” y mucho nos tememos que así es, a la vista de los comicios y de la que se avecina –sin María Adánez–, con el asesinato del César y la sangre aún caliente con las 17 puñaladas de la Ejecutiva y mira que Calpurnia Begoña te había avisado de los idus de marzo, Pedro, cómo te gusta ponerte el traje, hacerte la foto con Marco Antonio Luena... y poco más. Tanto “no es no” a unos y a otros desde diciembre y cuando ibas a dar a Pablo el tierno “sí quiero” para el gobierno de progreso, Porcia Díaz, Bruto García-Page, Casio Lambán, Trebonio Fernández Vara y Casca Puig han hecho su carnicería del otoño contigo. Ay.
Lo que le pasa a Podemos, ese partido asambleario que vive el laberinto de la lengua, es que padece los vicios y servidumbres del resto de banderías, desde su obligada metamorfosis y sus pequeñas y grandes pasiones, a sus tibios, sus templados y sus incendiarios y frentistas políticos del dolor. Como en una Semana Santa pasada por vodka.
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