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TRIBUNA

Nicanor Parra: “Sólo los viejos sobreviven”

miércoles 12 de octubre de 2016, 18:31h
Hay quienes conciben a la poesía como el ejercicio mecánico de una habilidad, o como una mera actividad artesanal destinada a rimar palabras. En tales casos el resultado más común suele ser un simulacro; las obras de esos autores, por lo general, son fruto de una casualidad más relacionada con el oficio periodístico (que “peligrosamente se parece al arte de la literatura”, como apuntaba Borges), o de la empeñosa elaboración que poco o nada tiene que ver con la delicada creatividad. Así, por más que haya empeño en borrar los remiendos, siempre se nota alguna costura. Pero hay casos en que la literatura es un don natural y aunque luego haya un borrador detrás para perfeccionar el texto, todo parece ser la iluminación de un instante. Los casos de Shakespeare, Quevedo, Walt Whitman, Robert Browning y Rubén Darío, junto a los de Borges y Neruda, más cercanos a nosotros, son paradigmáticos; hay otros, obviamente, y mencionarlos nos llevaría demasiado espacio. No podemos, sin embargo, pasar por alto el nombre de Nicanor Parra, el poeta que para dar más credibilidad a su ruptura, se asumió altaneramente como el “antipoeta”. Aunque demuestra con sus impecables endecasílabos que es uno de los grandes de nuestra época.

Juro que no recuerdo ni su nombre,
Mas moriré llamándola María,
No por simple capricho de poeta:
Por su aspecto de plaza de provincia.
¡Tiempos aquellos!, yo un espantapájaros,
Ella una joven pálida y sombría.
Al volver una tarde del Liceo
Supe de la su muerte inmerecida,
Nueva que me causó tal desengaño
Que derramé una lágrima al oírla…

Artista de la raza de los Villon y de los García Lorca, de los Quevedo y de los Darío, todo empezó cuando en 1954 se publicaron sus primeras composiciones rupturista en un libro que se tituló Poemas y antipoemas. El concepto había madurado y desarrollado entre 1949 y 1952, años en que Parra estuvo en Oxford para tomar cursos de cosmología (Nicanor es profesor de mecánica avanzada). Allá, en Inglaterra, nuestro físico y poeta pudo introducirse en la literatura de Pound, T. S. Eliot, Blake, Kafka y Donne, en el psicoanálisis freudiano, en las películas de Chaplin y en el surrealismo; todas estas influencias, sin descontar al Siglo de Oro, sobre el que había indagado vastamente, sumadas a sus experiencias y reflexiones personales, le fueron revelando nuevas técnicas en el manejo del verso y una consciencia acerca de su oficio como poeta, que acabó materializando de regreso en Chile.

La antipoesía de Parra, opuesta a la poesía tradicional, se caracteriza por el uso de un lenguaje directo, antirretórico y coloquial, a veces narrativo, provisto de frases hechas, dichos populares y lugares comunes, que se adapta a las contingencias históricas y a los nuevos recursos expresivos de movimientos artísticos y culturales emergentes, muchos de ellos difundidos por los medios de comunicación de masas. Se trata además de un lenguaje subversivo, que, sin ser militante, asume una función crítica a los tradicionalismos y que desacraliza a la poesía y al poeta, a través de la ironía, el humor (en especial el negro) y el sarcasmo; pero también a través de sensaciones de soledad, desamparo, alienación social y agresividad. En oposición a los poemas tradicionales, que desarrollan una idea o un sentimiento de manera continua, los antipoemas suelen tener una estructura fragmentaria o bien romper con la continuidad, evocando de esta manera al montaje o al collage. Los antipoemas suelen incluir un antihéroe que frecuenta espacios públicos y urbanos, donde escenifica su discurso.

Largos años viví prisionero del encanto de aquella mujer
Que solía presentarse a mi oficina completamente desnuda
Ejecutando las contorsiones más difíciles de imaginar
Con el propósito de incorporar mi pobre alma a su órbita
Y, sobre todo, para extorsionarme hasta el último centavo…

Hacia 1965, en uno de mis primeros viajes a Chile, conocí en la ciudad de Santiago a Nicanor Parra. Eran los días previos a la candidatura presidencial de Pablo Neruda, que competía con el otro postulante, Salvador Allende. Fue un encuentro casual en la Plaza de Armas. Parra caminaba apurado protegido del sol por un aludo sombrero de guaso y yo, que lo reconocí, lo detuve para saludarlo. “Así que argentino –se interesó-. Yo soy un lector empedernido de Roberto Arlt y de Macedonio Fernández. ¿Y qué es de la vida de Borges y de Julio Cortázar…?”. Hablamos un buen rato y cuando le pregunté qué opinaba de la postulación de Neruda, puso el grito en el cielo: “¡No, por favor… Te imaginas un poeta presidente de Chile! –y se cubrió la cara con las manos-. Es un disparate, los poetas no sirven para políticos, apenas para chapurrear versos”.

Me invitó a su casa del municipio de La Reina, al pie de la cordillera, y poco tiempo después, trepé hasta allí en compañía de Enrique Lihn, ese otro gran poeta de Chile, uno de sus amigos más cercanos. Amable, entusiasta, Nicanor era un niño abundante, que derrochaba imaginación al prodigar sus asombrosas teorías, hacía chistes, rompía las paredes con su risa contagiosa y transformaba sus travesuras en verdaderas obras de arte. No es común ver tanto histrionismo, tanto derroche de inteligencia y tanta hidalguía patriarcal en un hombre. Ese seductor era también el artífice de la antipoesía, donde angustia, ternura, ironía y dramatismo se entrelazaban hasta fundirse en versos tan emotivos como contundentes. Ese gran travieso hasta se permitía gastarle bromas a Neruda y conspirar de manera imprudente contra el gran gurú de isla Negra.

Luego yo, como corresponsal de un diario argentino, viví en Chile todo el gobierno de Salvador Allende y con Nicanor y Enrique Lihn nos encontrábamos, casi todas las semanas. El cruento golpe militar me alejó por años de ese querido país. En la década del ’80 reanudamos nuestra amistad. Y cada vez que pisaba Chile me encontraba con mi viejo amigo.

El pasado 5 de septiembre Nicanor Parra cumplió 102 años que no son pocos. En 2011 fue distinguido con el Premio Cervantes. Varios poetas españoles, entre los que se contaba Luis Alberto de Cuenca, desde hacía tiempo lo habían propuesto; Justicieramente, como correspondía, se lo otorgaron.

La última vez que lo vi, en víspera de su centenario, fuimos a almorzar a un restaurante ubicado muy cerca de su casa de Las Cruces, en el llamado “Litoral de los Poetas”, frente al Océano Pacífico (allí están ubicadas las casas y las tumbas de Pablo Neruda y de Vicente Huidobro). Caminamos un largo rato por la playa y Nicanor, recordando a sus viejos amigos, orgulloso de sus ya largos años, me comentó risueño: “Aquí sigo yo, Roberto, pisando todavía sobre estas arenas; sólo los viejos sobreviven”.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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