¿Por qué últimamente mucha gente sólo responde a los e-mails o devuelve las llamadas perdidas cuando te van a pedir algún favor? Tengo que confesarles que no salgo de mi asombro, en cuestión de unos pocos años hemos pasado de ser una sociedad colaborativa a una completamente interesada. Antes, colaborar era ayudar a un vecino, familiar o amigo sin interés económico alguno, pero ahora ‘economía colaborativa’ significa, sobre todo, alquilar o ‘compartir’ una habitación, un garaje, un coche o algún bien o servicio que nos sobra o que se nos da bien hacer, única y exclusivamente, por dinero. Hoy no quiero indagar en los motivos que están provocando un cambio radical en nuestras normas básicas de comunicación y que, poco a poco, deterioran nuestras relaciones sociales, el protagonista de hoy es el ego, el suyo y el mío, el mismo que se ‘indigna’ por estas y muchas otras cuestiones.
Cuando escuchan la palabra ego, ¿qué les viene a la cabeza? En latín, ego significa ‘yo’, en filosofía y psicología, el ego se ha vinculado a la conciencia del individuo y en el saber popular se relaciona con el exceso de autoestima que connota arrogancia y soberbia. También lo solemos utilizar comúnmente cuando hablamos de egoísmo, egolatría y egocentrismo, pero en esta ocasión, me gustaría presentarles de forma muy liviana a otro tipo de ego, su falso yo. Y no he encontrado mejor forma de explicar este ‘yo falso’ que parafraseando al maestro espiritual Eckhart Tolle.
Las palabras “yo”, “mi”, “mío” no solo son unas de las palabras más utilizadas, sino que quizás sean las más equivocadas, ya que conllevan una percepción errónea de quiénes somos. Conllevan una impresión de identidad ficticia. Esto es el ego, una sensación ilusoria del yo que se convierte en la base de las interpretaciones que hacemos de la realidad junto con los pensamientos y las relaciones sociales que desarrollamos. De hecho, la frase que seguramente más se utilice sea “yo, por ejemplo…”. Casi todos nos identificamos con nuestra mente compulsiva y entramos en bucles mentales, casi siempre inútiles, que vienen acompañados de todo tipo de emociones y sensaciones corporales. Muchas personas niegan que tengan una voz en sus cabezas, “¿de qué voz me hablas?”, dicen. Obviamente, es su ego quien lo niega.
Uno de los pilares de la estructura de nuestro ego es la identificación, es decir, cuando nos identificamos con algo lo hacemos nuestro, igual a nosotros. No es lo mismo que se caiga un reloj al suelo y se rompa, que se caiga ‘mi’ reloj al suelo y se haga añicos. Lo primero me resulta indiferente, lo segundo me hará sufrir. Es mío, parte de mí, yo mismo. Nos identificamos con las cosas, como un juguete, un coche y una casa, pero también hacemos nuestras -iguales a nosotros- identidades y cualidades profesionales (jefe, trabajador, exitoso, don nadie), personales (soltero, cariñoso, amante, impulsivo) o familiares (madre, víctima, aprovechado, primogénito), ideas y opiniones. Ser padre conlleva una identidad determinada con un comportamiento asociado determinado, pero también nos adueñamos de ideas u opiniones, normalmente copiadas, como si fueran nuestras: “yo siempre he pensado que…”, o decimos cosas como “yo soy de Apple, del Real Madrid, más de perros que de gatos, de campo, de pescado, etc.”, aunque quizás sea la frase “yo soy de ideas fijas” la que mejor parodie y describa la estructura del ego. El apego que hace que nuestra personalidad ilusoria vaya cobrando más y más rigidez.
“Tengo luego existo, y cuanto más tengo más soy”. El deseo mantiene al ego vivo, ya que desea más de lo que desea tener. Así la satisfacción de conseguir algo o de ser alguien en la vida siempre se reemplaza, casi de forma inmediata, por más deseo. Erich Fromm asociaba este mismo concepto con el de la “tensión penosa”, que es el deseo irracional provocado por una agitación psicológica que nos impulsa inconscientemente a adquirir cosas y logros, no tanto por el logro en sí mismo, como por la paz momentánea y efímera que experimentamos una vez conseguido. Justo después, la corriente de “deseo irracional” toma el control avivando nuestra “tensión penosa”.
Identificarse con el físico es más de lo mismo. Las personas, guapas o feas, vigorosas o débiles, atribuyen a su cuerpo una buena parte de su identidad, sea buena o mala. En realidad su identidad se alimenta del pensamiento del yo que asignan de forma equivocada a la imagen o al concepto que tienen de su cuerpo, el cual no es más que una forma física que comparte la realidad de todas las formas materiales: la impermanencia. Todos los atributos, los positivos y los negativos, tienden a desaparecer inevitablemente. Tolle no dice que sólo sean las personas con cuerpos hermosos las que tengan mayor probabilidad de equipararlo con su ser, sino que la imperfección, la enfermedad y la invalidez también puede convertirse en nuestra propia identidad. En este caso nos proyectaremos como víctimas y como tales intentaremos llamar y atraer la atención a nuestro alrededor.
No hay nada que guste más al ego que tener la razón y en este sentido se parece mucho al ego arrogante, soberbio y engreído del que hablábamos al principio. Para tener la razón es necesario que otra persona esté equivocada y al ego le encanta ganar este tipo de batallas mentales para sentirse superior, aunque como dice el maestro, “la verdad no necesita defensa alguna”.
Otras formas corrientes que realzan nuestra falsa identidad serían: buscar el reconocimiento por algo que hemos dicho o hecho y molestarnos al no recibirlo (no encontrar respuesta a nuestros correos o mensajes, por ejemplo); llamar constantemente la atención contando nuestros problemas laborales, personales o de salud; meternos donde no nos llaman para dar nuestra opinión sin aportar nada; tomarnos las cosas de forma personal en la vida pública (conduciendo, viajando, con la burocracia, con los políticos, con los impuestos, con las ‘injusticias’, etc.); defender nuestras creencias y opiniones con vehemencia e intentar desacreditar a los que no las comparten; mostrarnos importantes o aparentar que lo somos alardeando de las personas famosas que conocemos y los países y sitios que hemos visitado; preocuparnos más por lo que una persona piensa de nosotros que por ella misma, fortaleciendo así nuestro ego; impresionar a los demás con nuestros logros, posesiones, cuerpos, logros sexuales, cultura y sabiduría, posición social, fortaleza física o, incluso con nuestra espiritualidad, ya que una imagen mental de nuestra persona como alguien superior y más espiritual que los demás no es más que nuestro ego tratando de asegurar su supervivencia encontrando otra cosa con la que identificarse.
“¿Cómo desprendernos del apego a las cosas? Ni siquiera hay que intentarlo. Es imposible. El apego a las cosas se desvanece por sí solo cuando renunciamos a identificarnos con ellas. Entretanto, lo importante es tomar conciencia del apego a las cosas. Algunas veces quizás no sepamos que estamos apegados a algo, es decir identificados con algo, sino hasta que lo perdemos o sentimos la amenaza de la pérdida. Si entonces nos desesperamos y sentimos ansiedad, es porque hay apego. Si reconocemos estar identificados con algo, la identificación deja inmediatamente de ser total. "Soy la conciencia que está consciente de que hay apego". Ahí comienza la transformación de la conciencia”. Eckhart Tolle, “Un mundo nuevo, ahora”