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NOVELA

Laurent Binet: La séptima función del lenguaje

domingo 23 de octubre de 2016, 16:32h
Laurent Binet: La séptima función del lenguaje

Traducción de Adolfo García Ortega. Seix Barral.Barcelona, 2016. 448 páginas. 21 €. Libro electrónico: 12,99 €.

Por Francisco Estévez

Al camaleónico género de la novela pudiera aplicársele la conocida frase: “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”, falsamente atribuida a José Zorrilla. Desde su nacimiento como género tardío en la literatura griega, y ya desde Hegel en adelante, se entendió como una epopeya de decadencia, como bien nos enseñó Carlos García Gual. Sin embargo, la novela es siempre un refugio para todos y sale airosa de los varios callejones sin salida a los que es conducida de continuo. Cuando más se habla de su muerte, más fértil es la producción de este múltiple fénix que no agota su extraña fórmula de perenne lozanía. A la muerte de la novela preconizada en 1968 por Roland Barthes le sucedió la muerte del autor descrita un año después por Michel Foucault en ¿Qué es un autor? El debate se puso en boga y aún no amaina alcanzando hoy día pespuntes apocalípticos. Y ya sin novela y sin autor, aceptadas y presuntamente superadas las anteriores reflexiones, el lector habitual se pregunta qué sentido, desde dónde surge y hacia dónde se dirigen textos como la actual novela de Laurent Binet, La séptima función del lenguaje, que relata la muerte del gran pensador que fuera Roland Barthes.

Su ópera prima, HHhH (2010), fue una elaborada elucubración sobre la operación Antropoide (título inicial de la novela), consistente en el plan de atentar contra Reinhard Heydrich, más conocido como “la bestia rubia” por su crueldad y jefe de las temidas SS. La exhaustiva pesquisa sobre la reconstrucción histórica arrancó un merecido aplauso general por parte de crítica y público. Aquella primera novela de extraordinaria calidad abordó una temática siempre de relieve sin evitar las espinas ni el estudio de la propia creación literaria. De alguna manera asemeja un ensayo que desvelaba, además, las costuras escriturales en la trastienda del escritor sobre la recreación de la verdad -una presunta verdad al menos, sin recurrir a la ficción. Pero, ¿acaso no es todo ficción en un discurso?

El francés pega golpe de timón y se sumerge en una desternillante ficción detectivesca para aventurar un futurible que no llegó nunca a ser: la muerte de Roland Barthes tras descubrir una séptima función del lenguaje añadida a las seis clásicas formuladas por Jakobson, consistente en una función mágica (performativa diría Austin) por la cual el “decir” se convierte en “hacer”, un hechizo discursivo que doblegaría voluntades. Esta burlona deconstrucción del legado cultural no deja títere con cabeza. Foucault, Sartre, Althusser, Julia Kristeva o Umberto Eco son puestos en escena con excelente representación de sus brillos y amaneramientos para deslavazar el misterioso asunto. La singular pareja formada por el comisario Jacques Bayard y un joven profesor de izquierdas, Simon Herzog (una suerte traspuesta, quiero decir a la inversa, de Sherlock Holmes y Watson) nos guiarán en busca de indicios, y qué otra cosa es en esencia sino eso la semiótica.

La parodia está servida, pero siempre se respetará la verdad de los personajes reales. El resto lo aporta la presencia de un misterioso y selectísimo Logos Club y una confabulación internacional por el extraño poder de la semiótica, la ciencia de la decodificación de los signos, de los indicios, es decir, aquello que seduciría a Sherlock Holmes. De tal modo, la conjunción entre la muerte de Barthes en circunstancias novelescas saliendo de una entrevista con Mitterrand y la semiología funden la novela por entero. Sí, es una historia policiaca en clave de sátira pues convierte aquella ciencia en un poder incalculable: “Los signos no tienen ya necesidad de ser señales: se han convertido en indicios… están por todas partes” y, por tanto “ la semiología está lista para conquistar el vasto mundo”.

La novela está trufada de escenas verdaderamente antológicas, y pocas veces se puede decir con propiedad el anterior adjetivo, la primera de ellas el simbólico interrogatorio en el hospital a un Roland Barthes moribundo que no puede hablar y debe comunicarse con signos, ladeando la cabeza o la presentación del final de una clase magistral de Foucault. O, por otro lado, las escenas ambientadas en el Café de Floré. También son de alabanza las intromisiones del narrador, menos tajantes y decisivas que en su primera novela: “¿Cómo se llama el café? Esos pequeños detalles… Es importante reconstruir el ambiente, ¿verdad?” o la genial aplicación de la semiótica aplicada a la vestimenta del comisario. La trama detectivesca revela la importancia del juego de signos ya propuesto como continua reflexión. De tal modo no resulta aparente la división de capítulos y no es azaroso, ¿acaso algo lo es en Literatura?, que llegado el capítulo 12 accedamos por fin tras largo interludio a la casa del semiótico francés. Advierta el lector la magistral confección de capítulos como el 24 y el 46.

En otras latitudes el lector esforzado podría recordar á a Philip Kerr con Una investigación filosófica (1992). Sin embargo, por debajo de la extraordinaria y mordaz novela de Laurent Binet planea una jocosa reflexión sobre la identidad nacional francesa, tema que, por otro lado, monopoliza con asfixia y falacia el ágora público transalpino. La revisión sin complejos, en sus flaquezas y virtudes, de lo más selecto de su intelectualidad de parte de la segunda mitad de siglo XX. Por si fuera poco las páginas de La séptima función del lenguaje alumbran metafóricamente ese camino moribundo que tiene la saludable novela, trascendido el género negro. Pocas veces puede decirse de una novela y su autor, entretenidísima e insoslayable.

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