Preliminarmente la actual campaña electoral en los Estados Unidos me sugiere dos reflexiones. En primer lugar, lo razonable que suenan las propuestas de reforma constitucional planteando la necesidad de limitar los gastos electorales contra la posición del Tribunal Supremo que piensa que ello va contra la libertad de expresión (caso Citizens 2013). Tiendo a creer, por el contrario, que llevar a cabo un cambio constitucional en relación con esta cuestión equivaldría a seguir a Madison que, sin ser, ni mucho menos, partidario de la igualdad económica, consideraba que era esencial en la República “establecer la igualdad política entre todos”. En segundo lugar, no deja de parecer anómala una tendencia dinástica en la selección de los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos: ayer los Bush, hoy los Clinton; mañana quizás los Obama, que sin duda favorece cierta desigualdad de oportunidades, ahora no de condición económica, sino, podríamos decir, institucional, dando pie a pensar que el disfrute anterior del poder por parte del marido, como del padre, da indudables ventajas a los candidatos en cuestión sobre los demás. No se trata naturalmente de negar el derecho de cualquier ciudadano, incluidos los plutócratas y los parientes de quienes han ocupado la Casa Blanca, de disputar la presidencia, sino de señalar que la limpieza de las elecciones, como exponente por antonomasia de la salud del sistema político, exige un esfuerzo por asegurar la verdadera competitividad de los comicios, que debe resultar ímprobo en circunstancias como las descritas.
Pero superado este estadio la pregunta a hacerse es ¿cómo se ha llegado a esto?¿Cómo es posible que un candidato de la naturaleza de Trump, grosero, demagogo, ignorante, xenófobo, racista, vanidoso, tenga oportunidades reales de convertirse en el próximo presidente de los Estados Unidos? He intentado hallar una respuesta a esta cuestión en el análisis que diversos colaboradores de la New York Review of Books dedican a las elecciones en el número último de la publicación. La primera constatación es que la descripción que acabo de hacer no responde a mis prejuicios ideológicos, sino que es compartida por varios de los articulistas. Russell Baker: “Las horrorosas opiniones que Donald Trump ha ido sembrando en su sorprendente exitosa marcha en la carrera presidencial nos recuerdan el lado oscuro de la democracia” “¿Cómo entender, se pregunta Elizabeth Drew, que alguien manifiestamente negado para la presidencia ganase la nominación de uno de los dos partidos principales y que, al menos por algún tiempo, fuese apoyado por casi tantos votantes como su oponente”. Benjamin Friedman: “La pregunta más importante es cómo una persona que no tiene cualificación alguna para el oficio, quiero decir, ni experiencia, ni preparación, ni condiciones personales, puede llegar a ser presidente”.
La segunda constatación es que una situación parecida, al menos en lo que toca a la incompetencia, no es la primera vez que se presenta en los Estados Unidos, como lo mostrarían el ejemplo de los presidentes Nixon y Bush junior. Tampoco el caso, si el punto de vista que se adopta es el del populismo o la demagogia, es infrecuente en Europa, según lo prueban Marine Le Pen, Nigel Farage, y diversas figuras de extrema derecha, con apoyo creciente en Alemania, Hungría, Polonia y otros lugares. Se trata, dice Diane Johnson, de figuras menos llamativas, “pero quizás más peligrosas”. Russell Baker busca precedentes al fenómeno Trump en la Grecia Clásica, emparentándolo con el demagogo Cleón, que estuvo a punto de conseguir que los atenienses causasen la muerte de los varones de Mitilene, y la esclavitud del resto de su población, finalmente impedida por Diodoto que consiguió que los atenienses rectificasen. Precisamente el temor a los demagogos llevó al establecimiento del ostracismo, institución que permitía desterrar por diez años a una figura pública depositando seis mil piedras (ostraka) con su nombre. En los diversos artículos se muestran ejemplos de las afirmaciones de Trump durante la campaña, poniendo en cuestión la nacionalidad americana de Obama, o prometiendo acabar con la inmigración, construyendo el muro mejicano, adelantando la expulsión de los musulmanes o denunciando los acuerdos internacionales suscritos por su país, o haciendo consideraciones soeces sobre las mujeres. Se trata de pronunciamientos basados en la falsedad y el prejuicio, hechos sin respeto por la garantía de las exigencias legales y con desprecio manifiesto de los valores constitucionales.
Desde esta perspectiva la actitud de Trump ha causado un perjuicio al sistema político americano de difícil reparación que trascenderá al momento actual. Dice por ejemplo Nicholas Lemann: “Si se produce la derrota de Trump lo celebraremos de verdad, pero su campaña ha desatado emociones que hasta ahora se habían mantenido cuidadosamente guardadas en las disputas por la presidencia: el miedo en la economía, el resentimiento racial, la hostilidad al imperio de la ley, la indiferencia por la verdad de los hechos, los insultos o la retórica incitando a la violencia…De modo que la restauración de la confianza en el sistema constitucional será una tarea que habrá de afrontar inevitablemente Hillary Clinton”.
Trump perderá por sus excesos, pero su base es la alienación de muchos respecto del sistema, que todavía pivota sobre el racismo y el odio al otro, crecientes en la época Obama, en donde no hay consenso sobre materias vitales como el género, la sexualidad y el matrimonio, rechazando su presentación convencional desde lo políticamente correcto. Además millones de personas se sienten abandonadas en la crisis económica por lo que apoyan a quien promete desmantelar el tinglado y poner en prisión a su oponente. Tampoco están de acuerdo con la corrupción del sistema electoral, tras su sanción en el caso Citizens United, ocurriendo que el entretenimiento y el dinero son más importantes en la política que la atención a la política pública, lo que es aprovechado hasta la desvergüenza en la televisión y otros medios. Lo curioso es que se pueda pensar que la solución a los males del sistema político pueda venir de la mano de un hombre de la calaña de Trump, con su simplismo, arrogancia y rudeza. Pero la denuncia del demagogo, pues Trump aunque se presente como el liquidador de la podredumbre y el estancamiento encarna al amasador de dinero que ha causado la desgracia a los económicamente vulnerables, viene a decirnos Mark Danner, no debería hacer olvidar la profundidad de la crisis de la que es exponente.