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POCO A POCO

La victoria de Trump

lunes 07 de noviembre de 2016, 13:41h

No, no creo que este próximo martes se confirmen los peores presagios y el engolado candidato republicano se proclame presidente de Estados Unidos. Es más, me aferro a los más optimistas sondeos que dan a Hillary Clinton una cómoda ventaja rondando los 300 votos electorales (necesita 270).

Sin embargo, aunque la aspirante demócrata se convierta en la nueva inquilina de la Casa Blanca durante los próximos cuatro años, que tampoco es ninguna panacea porque hablamos de Málaga o Malagón, no podemos obviar que Donald Trump es, en muchos sentidos y sin lugar a dudas, el gran ganador de esta campaña electoral de 2016.

No olvidemos que estamos hablando de un hombre que antepone el show business por encima de cualquier cosa, por lo que el impacto mediático del que ha gozado en los últimos meses es descomunal, para millonario beneficio de sus negocios, no tan boyantes como nos intenta vender. Antes era una figura vagamente familiar para el común de los mortales. Hoy en día se le conoce en todos los rincones del planeta y, tiene narices el asunto, ahora se le tiene como una voz autorizada en política después de haberse bregado en una campaña presidencial.

Cabe preguntarse cómo una figura tan mediocre, populista y sin apenas formación ni experiencia política seria se ha llevado por delante a todo el aparato del Partido Republicano. No sólo se hizo con las primarias destrozando a una docena de pesos pesados del GOP, esperanzas presentes y futuras de la formación incluidas, sino que una vez lograda la candidatura supo plantarle cara a la oligarquía conservadora, que no sabía cómo hacer para que se plegara a la línea oficial, y salirse con la suya.

Le menospreciaron e infravaloraron durante demasiado tiempo, quizás porque al principio se le vendió con el bufón de la corte, la anécdota inocente, el verso suelto del proceso de selección, mientras él sabía hacerse un hueco entre el fango y las migajas que caían de una mesa con demasiados comensales y poco fundamento. Pero de aquellos polvos estos lodos y ahora los republicanos viven inmersos en un proceso errático de refundación tras el paso del Tea Party, primero, y Donald Trump, después. Un completo desastre para una vertiente política que en su haber cuenta con las presidencias, entre otros, de figuras de la talla histórica de Abraham Lincoln, Theodore Roosevelt o Dwight D. Eisenhower.

Pero es que Trump no sólo ha sabido medirse con los grandes factótum del conservadurismo, sino que encima se ha ganado para sí, para vergüenza propia y ajena, el apoyo de millones de estadounidenses que han visto en él -sí, precisamente en él- a una figura fiable y confiable, a un futuro presidente ilusionante y válido que sabría reconducir lo que para ellos es una deriva, tras dos legislaturas de Barack Obama, que le resta grandeza a la primera potencia mundial. De ahí su lema de campaña: "Make America great again!"

Millones de ciudadanos se han enganchado a sus mentiras, a sus manipulaciones, a sus insultos, a su discurso homófobo y sexista y a sus proclamas abiertamente racistas. Trump le ha sacado los colores a todo Estados Unidos retratando las inmundicias y la mediocridad de una sociedad vacía y prefabricada que ha dejado de contrastar realidades para darse al alpiste de un charlatán de medio pelo que afirma sin pudor ninguno que sólo reconocerá los resultados de este martes si le dan a él como vencedor. Terrible.

Para un tiburón de los negocios y de la vida en general como es Trump, hijo de inmigrantes, por cierto, poco importan los medios, porque el fin, léase su éxito, siempre está justificado. A nadie debe sorprender que su lealtad para con su electorado sea testimonial y cambiante, pues él sólo se debe a sí mismo y a sus intereses, y desde luego no está mirando por el bien de EEUU, sino por el rédito que de un modo u otro le va a sacar a esta campaña.

Trump ya ha ganado. Él buscaba saciar su ego infinito, y a fe que lo ha conseguido. Las bolsas de medio mundo han temblado ante sus opciones de victoria. Europeos y asiáticos, por no decir mexicanos, llevan meses preocupados, poniéndonos finos, ante sus rotundas promesas electorales. Se ha ganado el respeto que sus concursos de belleza y sus reality shows nunca le otorgaron. Poco le importa ya si logra hacerse con la Casa Blanca porque él ya ha ganado. Quería foco y quería caos, y ya tiene ambas cosas para siempre.

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